La jornada comenzó temprano, en diferentes liceos, universidades y puestos de trabajo. Felipe se organizó con sus compañeros y, cerca de las 7 am, la Alameda, a la altura de la Universidad de Santiago, ya veía aparecer la primera barricada. Sólo una hora después, Diego, desde su casa, encendía la televisión para ver las imágenes de diferentes puntos de fuego repartidos por Santiago. Al poco andar, se ponían en marcha las múltiples columnas de secundarios que, desde distintos puntos de la capital, intentaban llegar a la manifestación no autorizada convocada en Plaza Italia. Ese fue el caso de Daniela quien, junto a sus compañeros de un liceo de Macul, buscó sortear el cordón de seguridad que, en cada esquina, les impedía el paso. Al igual que ella, Tomás, al intentar llegar desde Parque Bustamante a Plaza Italia, vio cómo los estudiantes eran golpeados y corrían entre motos y caballos que se alzaban sobre sus cuerpos, mientras las lacrimógenas nublaban una desigual batalla de la que eran testigos miles de manifestantes y, a esas alturas del partido, todavía más espectadores desde las pantallas de televisión. Ése fue el caso de José Miguel y Esteban, quienes con rabia observaron la brutal represión policial de ‘cabros chicos’ que no superaban los quince años. Ambos decidieron, a pesar de lo que ya se veía venir, asistir a la protesta convocada a las siete de la tarde, y marcharon junto a sus compañeros de toma y cientos de transeúntes que fueron sumándoseles, hacia el lugar donde sólo algunas horas antes parecía haberse librado una verdadera guerra. Mientras tanto, Pedro dejaba una reunión en un café en el centro de Santiago para caminar, ansioso, hacia el punto de encuentro acordado. Al igual que él, Alondra, y Eleanor intentaron, desde distintos puntos y junto a sus compañeros, llegar a Plaza Italia. Sin lograrlo, buscaron refugio en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, donde cientos de manifestantes, al igual que ellas, comenzaban a reagruparse. Allí, Diego, tras un amplio operativo preparado la noche anterior, buscaba coordinar la ayuda para todos quienes, hora tras hora, iban llegando. Bajo la luz de los helicópteros que sobrevolaban el perímetro de Portugal con Marcoleta, comenzó a circular el rumor: dos, tres y hasta cinco muertos parecía ser el saldo de la rebelión popular. Esa noticia, al igual que la de las barricadas que comenzaban a multiplicarse por toda la ciudad, llegaron también a los oídos de Pablo, quien con su amigo Mario comenzaron a transmitir lo que pasaba desde los parlantes de la Casa Central de la Universidad de Chile, en pleno corazón de la Alameda. Desde esa rudimentaria tribuna, y en medio del caos, hicieron sonar ‘El pueblo unido’ de Quilapayún, mientras cientos de personas coreaban la canción como un himno de guerra y de victoria. Entre el ‘público’ se encontraba Manuel, quien luego de vivir en carne propia la protesta del centro, ya se encaminaba a su casa en San Bernardo. En el camino, al igual que Rodrigo, Sofía y Roberto, vio cómo cientos de barricadas se multiplicaban en cada esquina, al son de las cacerolas que niños, madres, jóvenes y ancianos hacían sonar desde sus balcones, desde las esquinas de sus casas y en improvisadas marchas por las poblaciones periféricas de Santiago. Quince barricadas alcanzó a contabilizar Nahuel sólo en Villa Francia, mientras Camilo se sumaba a una espontánea movilización iniciada por sus vecinos, donde cerca de quinientas personas marchaban entre Walker Martínez y Los Copihues. De la misma forma, y a pesar del centralismo, el eco de las cacerolas y los gritos de la gente retumbaron, durante toda la noche, por todos los rincones del país. Pablo, desde Concepción, marchaba junto a un centenar de personas por el centro, la plaza de armas y algunas poblaciones. Luego de recorrer cuanta falda de cerro encontraron, la toma de la entrada a la ciudad, desde la autopista, fue el objetivo lógico. Incluso desde Chiloé, y bajo una incesante lluvia, Claudio vio cómo por avenida Gabriela Mistral, por O’Higgins y por San Martín, el pueblo entero se lanzaba a las calles a demostrar su descontento. Ahí, en cada esquina, en cada barricada y cada cacerolazo, se hizo sentir la explosión de las mayorías.

Ninguno de los personajes anteriormente nombrados se conoce entre sí, pero esa jornada estaban unidos. Algunos incluso se cruzaron una o varias veces en diversos puntos de la ciudad, sin conocerse personalmente, pero si reconociéndose como pares. Si pudiéramos cartografiar sus deambulares ‘inútiles y subversivos’, veríamos un mapa con múltiples líneas que se enredan. Ese movimiento y entrecruzamiento espontáneo fue su principal fuerza para vencer a la represión, pero solo es posible captarlo si uno se reúne.

Ese fue el pretexto de este libro…

***

Cuando muchos recuerdos logran constituirse en un entramado común, cuando las hebras se hilan y luego se tejen, aparece la memoria. Por lo mismo, siempre es colectiva. Requiere de las otras y los otros. Requiere de un ejercicio de reflexión, donde mi recuerdo -a veces inspirador, a veces confuso- logra reflejarse cual espejo en un recuerdo ajeno que empieza a caminar a su lado, para luego reflejarse con otros dos más, hasta ir copando una amplia avenida con recuerdos multicolores que de cerca parecen un caos pero, al alejar la mirada, se enredan entre sí hasta conformar imágenes, figuras, columnas en movimiento. Como en una marcha.

Pero la memoria, ese necesario ejercicio en el que una serie de recuerdos aislados comienzan a tomar coherencia, a hacerse luminosos, clarificadores; esa memoria que trae el pasado al presente, o que es el presente del pasado, es un ejercicio que debe ser constante. Su intermitencia, su interrupción, su descuido simplemente, confunde, desterritorializa, desune a las comunidades. Y eso, para una sociedad postdictatorial, es un peligro demasiado alto.

Seamos claros. La sociedad civil en su conjunto no ha tenido, desde la salida pactada a la democracia, instancias colectivas para hacer converger los recuerdos sobre su propio pasado. Entró a la transición cargada de experiencias muy significativas pero que no fueron adecuadamente procesadas, las que luego fueron requisadas en la aduana de la memoria oficial concertacionista. En el constante ejercicio de su (re)construcción, debió enfrentar el bloqueo persistente de la memoria oficial, que sólo toleró aquellos relatos donde la sociedad civil dependía de la clase política, donde la clase popular era catalogada como un constructo ochentero condenado a desaparecer vía integración al mercado y donde los sectores juveniles -sobre todo los jóvenes urbanos y populares- eran un peligro potencial para la democracia, sin voto, sin voz, sin memoria. Dicho en breve: para la sociedad civil en general, y para los sectores populares en particular, el costo de salir del espanto dictatorial fue debilitar su memoria social.

Las resistencias no tardaron en aparecer, y a partir de porfiados ejercicios de memoria subalterna, diversos sectores organizados de la sociedad civil levantaron trincheras del recuerdo, donde al calor de una mateada, en el color de un mural, tras el martillante sonido de una base hiphopera y un MC enrabiado o al ritmo de un tinku que recorre angostos pasajes poblacionales, la clase popular volvió a juntarse para recordar. A procesar lo vivido, masticando el pasado con calma, conversando más que escribiendo, derribando héroes nacionales y levantando referentes locales. Pero dichos ejercicios siguen siendo escasos y débiles para enfrentar de forma coordinada y consistente -como decía Mª Angélica Illanes- esta batalla constante de y por la memoria que se vive al interior de toda sociedad. Batalla que, por más que se quiera, no frena, se reactualiza y vuelve a emerger una y otra vez. Por ejemplo, ¿cómo hemos procesado colectivamente nuestra experiencia de esta interminable transición política? ¿En qué espacios, en qué momentos, nos hemos convocado soberana y afectivamente para mirarnos a la cara y cantarnos las verdades de lo que ha sido este proceso? No nos han facilitado las condiciones para hacerlo (lo que era esperable) y las iniciativas autónomas han tenido un alcance limitado. Suficiente para reconstruir sentidos comunes territoriales, pero no para confluir en relatos nacionales. Nuestra memoria del pasado reciente está, en ese sentido, sobrecargada de recuerdos, pero algo débil en análisis y, aún más, en síntesis.

Sin embargo, nacen propuestas interesantes. Por ejemplo, poco se ha analizado del proceso interno de construcción de memoria de las nuevas generaciones. Tras la oleada represiva que se inauguró con “El Mochilazo” del 2001, y se intensificó en la “Revolución Pingüina” del 2006 y su réplica del 2008, las y los estudiantes se refugiaron en sus colegios, liceos y universidades en toma. Ese gesto, leído como un repertorio de acción que buscaba presionar a las autoridades, tuvo una contracara poco analizada pero incluso más fecunda, históricamente hablando. A partir de ese ejercicio de ocupación, las y los estudiantes controlaron el espacio educativo y, en diferentes grados y niveles, lo autogestionaron. Decidieron qué querían aprender, para qué y de qué manera. Descubrieron, en la práctica, la intencionalidad política de la educación. Y parte importante de ese tiempo lo dedicaron a estudiarse a sí mismos. A analizar su pasado en diversos talleres de historia, charlas, foros y ciclos documentales. A analizar su presente a partir de talleres de formación política y de educación popular. Se apertrecharon de memoria para entender su propio recorrido y cartografiar el camino que los había llevado hasta ahí. Y volvieron a salir a la calle. Una y otra vez.

El resto es historia conocida. La explosión del 2011. Las multitudinarias marchas que volvieron a copar las grandes alamedas y avenidas del país. Y, claro, la represión. Un sistema político que, administrado por una clase deslegitimada y -como comenzó a comprobarse con un caudal de casos- internamente corrompida, no pudo ni quiso procesar las demandas estudiantiles y jugó al desprestigio y la guerra sucia, al montaje mediático y a la utilización desmedida de su poder monopólico sobre el uso de la violencia legalizada. Su democracia, como rezaban los rayados juveniles, estaba “pasada a lacrimógena”.

Dicha escalada de violencia estatal tuvo su punto cúlmine en la jornada del 4 de agosto de 2011. Dos marchas brutalmente reprimidas dieron rápido paso a una espontánea respuesta solidaria de importantes sectores de la sociedad civil, lo que se tradujo en la multiplicación de focos de manifestación y violencia popular, de la marcha al corte de calle, de la cacerola a la barricada. Una respuesta que no era esperada por el gobierno -lo que implicó la renuncia temporal del responsable político de la represión, el entonces Ministro del Interior Rodrigo Hinzpeter- y que, paradójicamente, tampoco era esperada por los mismos manifestantes, lo que quedaba de manifiesto en las conversaciones que brotaban en cada esquina ocupada y en esa mezcla de rabia y euforia que hacía arder las redes sociales.

Es ahí donde entra en juego la memoria. ¿Cómo fue procesada la inusitada represión de esa jornada y el posterior estallido popular de aquella noche por sus protagonistas? Y, sobre todo, ¿cómo fue leído por la facción más activa de ellos, es decir, las y los estudiantes? Desde una mirada histórica, de mediano plazo, la jornada de protesta era una fisura más en el moldeado orden postdictatorial, pero no una novedad. A fin de cuentas, la convocatoria a realizar un cacerolazo se montó sobre un recuerdo socialmente procesado, transformado en repertorio de acción y grabado a fuego en la memoria popular: las Jornadas de Protesta Nacional desarrolladas entre 1983 y 1986 y que obligaron a la Dictadura Cívico-Militar a negociar una salida pactada. Sin embargo, para los hijos de la transición esto fue una novedad abismante. Una gesta brillante, como fuego de barricada, pero que a ratos se volvía difusa e improyectable, como las siluetas detrás del humo blanco de una lacrimógena.

Por lo mismo, el punto más alto de desobediencia civil experimentado en la postdictadura, la expresión más visceral y radical de descontento frente al modelo, no pudo trasformarse en programa, ni iluminar como bengala el avance de las huestes populares. Quedó brillando en lo alto, como una estrella suspendida. Lo suficientemente brillante como para admirarla, pero fugaz como para seguirla u ocuparla como orientación. Y, desde ahí, volvemos al problema original. ¿Cómo y dónde podemos, como sociedad civil, procesar lo vivido, traer ese pasado al presente para mirarlo, admirarlo, desarmarlo y rearmarlo en función de las necesidades e intereses del presente?

A partir de esas preguntas nació esta convocatoria. De la necesidad de responderlas y de clarificar cuál era nuestro rol, como historiadores e historiadoras, en ese proceso. El cuchicheo constante de cientos de testimonios que, cotidianamente, escuchábamos sobre esa jornada iba transformándose en una pesada mochila para nosotras y nosotros y, convencidos que tenemos que cumplir la compleja tarea de recopilar, sistematizar, preservar y difundir la historia de nuestra clase popular, el 4 de agosto se transformó en un problema: por más que intentábamos retener en la memoria los detalles, memorizar la entonación, los énfasis, los silencios, las risas y las penas de nuestros testimoniantes, para ir compartiendo esos relatos en todo lugar donde hubiera un oído atento, siempre nos quedaba la sensación de que no podíamos ser simplemente guardianes de esos recuerdos. Era necesario que tanto testimonio, y tanto testimoniante, tuviera la oportunidad de mostrarse, de compartirse, de contaminarse mutuamente. Era necesario convocar a una asamblea de recuerdos, con miras a que, de tanto verse y reconocerse, fuera configurándose la memoria subalterna del proceso. Una memoria urgente. Una memoria para la acción.

La convocatoria fue abierta y un poco apresurada. El avance demoledor del tiempo anunciaba el quinto aniversario de esta pequeña gran revuelta popular y se erguía como el momento preciso para hacer visible este ramillete de recuerdos. Historias que, como señalábamos en el relato que da inicio a este prólogo, nunca fueron individuales. La enorme masa de manifestantes reunida, disgregada y vuelta a reunir en cada esquina no fue la simple suma de individuos sino hebras que se enredaban y se distanciaban, que se cruzaban y se extendían, que se replegaban y se fundían, como una telaraña. Entonces, este libro no pretende ser más que un pequeño aeroplano que nos eleve y permita ver ese enredo desde la altura, dando la posibilidad de que cada uno y cada una vaya descubriendo los vínculos entre testimonio y testimonio, el entramado de rabia, utopía y rebeldía que se desplegó en muchas ciudades del país. Da lo mismo el orden, porque -aunque no fue premeditado, pero si sospechado- este libro tiene algo de circular. Por el testimonio que uno entre llegará siempre al mismo lugar. Pero ese giro no será vicioso, sino virtuoso, ya que -tal como en una ronda de presentaciones al comienzo de una asamblea-, le permitirá ver a los testimoniantes a la cara, conocer su historia y reconocer su propia experiencia en ella. A fin de cuentas, no estamos sino generando las condiciones básicas para que los recuerdos sueltos de ese día comiencen a transformarse en memoria social.

Sabemos los límites de una convocatoria de este tipo. Sabemos que la memoria, que fluye rápido a partir del lenguaje hablado, se resiste muchas veces a su traducción escrita. Sabemos que tiene sus tiempos y que la presión por responder a la coyuntura sólo permitió que un grupo altamente motivado enfrentara el desafío que implica encarar una página en blanco e intentar trazar -reloj en contra- una vivencia tan sentipensada que siempre da la sensación de que queda inconclusa. Sin embargo, el desafío que asumimos trascendía la convocatoria y este libro en sí, en tanto la apuesta como Núcleo de Investigación en Historia Social Popular y Autoeducación Popular es más ambiciosa: levantar, preservar y poner en valor un amplio archivo popular que vaya nutriendo constantemente a los sectores populares organizados de fuentes primarias y secundarias que sirvan como insumos para procesar nuestro pasado, comprender nuestro presente y proyectar colectivamente nuestro futuro.

Nuestra intención es que este puñado de testimonios, que fueron socializados por personas de diversos lugares del país, sea una invitación, una nueva convocatoria a nuevos relatos que irán completando -o enredando aun más- esta maraña que es la memoria popular. Por eso, este texto estará siempre disponible para su descarga libre y gratuita. Por eso, además, se anidará en un portal web donde, cual ventana, todo el que quiera podrá asomarse a mirar y remirar este pasaje de nuestra historia y, ojalá, aportar con su propio testimonio. Un ejercicio permanente de recuerdo colectivo que esperamos nutra a diversas instancias (auto)educativas, que se recree y difunda en nuevos formatos, que genere polémica y debate, rabia y esperanza. En resumen, que haga de esta recopilación un primer paso en el desarrollo de un ejercicio crítico y colectivo de memoria social popular.

Pero no quisimos quedarnos en eso y pensamos que sería adecuado aportar además con otras herramientas de nuestra disciplina. En particular, con un relato que permitiera leer estos testimonios desde una perspectiva histórica. Es por ello que abrimos este libro con un artículo original. En él, Diego Quintana, Nicky Cerón y Gabriela Ramírez, estudiantes de historia e integrantes del Núcleo, otorgan una lectura comprensiva que muestra la revuelta popular del 4 de agosto no como una jornada de movilización más, sino como expresión de un proceso histórico de mayor profundidad y complejidad. Así, insertos en el debate sobre la memoria y los movimientos sociales, los autores buscaron alejarse de la idea de un “reventón histórico” para leer y entender lo ocurrido ese día, y se acercaron, a partir del estudio de los momentos de latencia del movimiento popular, hacia una lectura donde la jornada del 4 de agosto es un hito dentro de procesos mayores de politización y praxis soberana. Así, posicionado explícitamente desde la Historia Social Popular, el texto de los jóvenes historiadores busca un debate fraterno, pero sin abandonar la necesaria crítica, entre las y los que apostamos por el empoderamiento popular.

Somos conscientes de que este proyecto, que hoy se materializa en forma de libro, y el archivo popular que inauguramos con él, no es, no será, ni debe ser el único espacio donde se articularán las memorias populares, pero sí apostamos a que se constituya en uno validado y consolidado, que aporte a la necesaria reflexión colectiva de nuestro pasado y que logre volver a tender los puentes entre la producción de saber académico y la de la clase popular organizada, en pos de un proyecto histórico común.

Si este libro -el primero que lanzamos como Núcleo– apunta y aporta en esa perspectiva, nos damos por satisfechos.

Daniel Fauré & Esteban Miranda (editores)

Macul con Grecia, agosto de 2016

Nucleo
dfaurep@yahoo.com

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