“Mientras pasábamos por afuera de la casa central de la Universidad de Chile, en unos altoparlantes que pusieron en las ventanas, comenzó a sonar “El pueblo unido” de Quilapayún. Nos detuvimos ahí, junto a un grupo de personas de distintas edades, mientras sonaba la canción y viendo, también, como pasaban los carros lanza-agua y lanza-gases en ambas direcciones.”

Cuando leí sobre la convocatoria para estos textos recién noté que ya habían pasado casi cinco años de ese acontecimiento: el tiempo no pasa en vano, así que estrujaré al máximo mi memoria… espero que el resultado sea satisfactorio para todos/as. Recuerdo que, en estricto rigor, para mí esa movilización partió el día anterior. En esos momentos cursaba segundo año de Licenciatura en Historia en la Universidad Alberto Hurtado y me desempeñaba con un cargo en el –ya extinto— Centro de Estudiantes de la carrera. Para esa fecha aún nos encontrábamos de vacaciones, sumado a que la movilización en la universidad había decaído por el cierre drástico del semestre anterior, por lo que, al parecer, no hubo una convocatoria hacia los estudiantes en general, sino que se participó más bien de forma individual. Junto con mi pareja de ese entonces, que iba en primer año, fuimos a la universidad el día miércoles en la tarde para hacer algunas banderas que llevaríamos a la marcha del jueves con un par de sus compañeros/as. Ahí nos encontramos con gente de otras carreras que hacían lo mismo –creo que no eran muchos/as—, algo de ambiente había, aunque lejos de lo que fue la preparación de marchas anteriores. Dejamos algunas cosas hechas y nos fuimos para la casa: la idea era juntarnos en el metro Los Héroes temprano, para llegar a la Plaza Italia donde se haría la concentración.

El otro día, el jueves 4 de agosto, comenzó muy mal para nosotros. No recuerdo por qué motivo fuimos a comprar en la mañana –creo que nos faltó un PVC para las banderas— y, posterior a eso, junto a mi pareja y un compañero de ella tomamos una micro para ir a la marcha. Estaba lleno de carabineros de Fuerzas Especiales (FF.EE.), andaban por todos lados buscando estudiantes o a cualquiera que tuviera el aspecto de uno. Nos dimos cuenta de eso cuando íbamos en la micro, porque la detuvieron y entraron por la primera y segunda puerta: el chofer no mostró mayor resistencia y los carabineros fueron directo hacia nosotros para bajarnos. Estando en la Alameda con Manuel Rodríguez, donde estaba el piquete de FF.EE, nos pidieron el carnet de identidad y nos metieron a la patrulla que tenían estacionada ahí. Junto al compañero preguntamos cuál era el motivo de todo lo que pasaba: “Control de identidad”, nos dijeron. Insistimos: “¿Pero el control de identidad no lo pueden hacer por radio?”, a lo que nos respondieron: “No”. Ese fue el fin de la comunicación.

Después nos bajaron a los dos, mientras mi pareja discutía con los otros carabineros preguntando lo mismo que nosotros, y nos subieron a una yuta junto a unos estudiantes secundarios. Mientras íbamos rumbo a la comisaría, conversamos los “motivos” de nuestra detención o, como prefería llamarlo carabineros, “control de identidad”. Recuerdo que a uno de los secundarios lo emboscaron junto a sus compañeros/as cerca de Plaza Italia, en un callejón: le revisaron la mochila y encontraron una máscara anti-gas y rollos de cobre para vender –nunca entendimos porqué vendía cobre en las marchas—. Cuando bajamos de la yuta, en una comisaría cerca de la Universidad de Santiago porque la de Santa Ana estaba “llena” –según los mismos carabineros—, empezaron a dialogar con nosotros: “Entendemos lo que hacen”, “A mí también me gustaría no tener que pagar por la educación de mis hijos”, etc., etc., pero: “La marcha no está autorizada”. Posterior a eso, nos llevaron a verificar datos en un mesón al lado del calabozo, diciéndonos que si teníamos los papeles limpios nos soltarían en el momento. Recuerdo que cuando estábamos en eso, se escuchó por radio a un piquete de FF.EE. pidiendo a gritos auxilio y refuerzos, porque no eran capaces de contener a los estudiantes, momento en que cortaron la comunicación.

Después del trámite, del “control de identidad”, nos indicaron: “Ustedes quedaron registrados y si son detenidos dentro del día serán formalizados, porque ya están advertidos… Así que váyanse a su casa”. Saliendo de la comisaría estaba mi pareja con una compañera de ella esperándonos por lo que tomamos una micro y llegamos cerca de Plaza Italia donde había enfrentamientos en todos lados. Estábamos los/as cuatro ahí en la Alameda –cerca del metro Santa Lucía— con gente que pasaba y que no podía seguir por los enfrentamientos y el aire contaminado por las lacrimógenas, sumado a los chorros del carro lanza-aguas que no diferenciaban entre niños/as, jóvenes, estudiantes o personas en general. Recuerdo una mujer de avanzada edad que tuvo que ser protegida por un carabinero de FF.EE., ya que al parecer hasta él lo encontró un exceso, sobre todo porque al verlo de cerca se notaba que las lacrimógenas no lo dejaban respirar bien y las lágrimas tampoco le permitían ver con claridad. Finalmente, nos quedamos ahí un rato más, hasta que avanzada la tarde los/as compañeros/as de mi pareja se fueron a sus casas y nosotros nos quedamos para la movilización convocada por los/as universitarios/as a las 19.00 hrs. –si mal no recuerdo—.

Caminamos por distintos lugares cerca del Barrio Lastarria –donde trabajaba la madre de mi ex pareja—, después comimos algo y, llegada la hora, caminamos hacia Plaza Italia para unirnos a la convocatoria. Mientras pasábamos por el Parque Forestal, vimos como una gran masa de estudiantes comenzaba a correr mientras aparecía el humo de las bombas lacrimógenas. Cuando ya había caído la noche, corrimos de una calle a otra huyendo de carabineros junto a los/as demás compañeros/as y personas que participaban de la movilización, hasta llegar a un hospital que se encuentra en ese sector. Pensamos, ingenuamente, que por estar cerca de un recinto como ese FF.EE. no lanzaría agua ni lacrimógena, pero no equivocamos: comenzaron a enviar de todo, haciendo que el aire se hiciera irrespirable. Ante esto, tuvimos que correr atravesando una nube tóxica mientras carabineros iba capturando personas para llevárselas detenidas, aprovechando que no podíamos ver ni avanzar bien por las lacrimógenas. Es aquí, no sé a qué hora, cuando con mi pareja comenzamos a caminar para buscar algún metro y poder volver a nuestras casas. En ese transcurso, pudimos apreciar calle tras calle con barricada tras barricada: todos los lugares aledaños al sector donde se realizaban los enfrentamientos tenían alguna fogata encendida.

Mientras pasábamos por afuera de la Casa Central de la Universidad de Chile, en unos altoparlantes que pusieron en las ventanas, comenzó a sonar “El pueblo unido” de Quilapayún. Nos detuvimos ahí, junto a un grupo de personas de distintas edades, mientras sonaba la canción y viendo, también, como pasaban los carros lanza-agua y lanza-gases en ambas direcciones. Cuando terminó la canción, escuchamos como desde la otra vereda de la Alameda nos comenzaron a disparar lacrimógenas: una rebotó en el suelo y me golpeó en la rodilla, por lo que comencé a correr cojeando ligeramente mientras se acercaban las FF.EE. Un poco más allá, por la misma Alameda, me detuve para revisarme la pierna y no tenía nada, solo un poco de dolor por el golpe en el lugar del impacto. Llegamos al metro Moneda y no se podía pasar, porque estaba cerrado el paso con vallas papales y carabineros, por lo que tuvimos que darnos la vuelta por el Paseo Bulnes hasta encontrar un paso hacia el poniente y así volver a la Alameda para que mi pareja pudiera tomar el metro en Los Héroes y yo la micro en Manuel Rodríguez. Finalmente lo conseguimos, por lo que los dos pudimos volver a nuestros hogares, aunque no recuerdo bien la hora: creo que regresé alrededor de las 23.00 o 23.30 hrs., después de un tranquilo y expedito, como pocas veces, viaje de retorno a mi casa en San Bernardo.