Ahí nos armamos de valor y, escuchando ciertos ruidos de cacerolas, con mi hermana tomamos ollas y salimos a la esquina a tocarlas. En el camino animamos a unas vecinas a hacerlo, que salieron emocionadas a la otra equina”

El 2011, mi colegio particular subvencionado de Macul, de composición socioeconómica media baja, se encontraba inmerso en las históricas primeras movilizaciones desde su existencia. Habíamos efectuado unos cuantos días de paros culturales en julio y ya en estas fechas comenzaba a sonar la posibilidad de toma.

El 4 de agosto lo recibimos como un día normal de paro estudiantil. Votado en los distintos cursos, incluido mi tercero medio, nadie asistía a clases y en cambio, todos éramos convocados a marchar en el centro, en conjunto.

Como solía ocurrir con cada movilización nacional, fijamos como punto de encuentro la estación Pedrero de la Línea 5 (muy cercana al establecimiento), y desde las 9.30 nos comenzamos a congregar para ir a marchar en conjunto al centro.

A veces las convocatorias eran de 90 personas (nada mal para un universo de 400), pero esta vez, y por ser marcha no autorizada, éramos alrededor de 25. Cuando entramos al metro, como ya nos había ocurrido un par de veces en el año, el guardia nos preguntó dónde íbamos, como queriendo impedirnos el paso. No lo escuchamos y logramos subir igual y, juntos en un vagón, llegamos a Parque Bustamante. Nos bajamos ahí porque supusimos que Baquedano estaría cerrado. Desde ese lugar, caminamos en conjunto hacia la Alameda, pero en seguida vimos mucha gente en el parque congregada y los guanacos y zorrillos ya actuando.

No recuerdo muchos detalles, pero sí las constantes idas y venidas de ese día: acercarnos a la Alameda, que apareciera un vehículo para dispersar, y correr para que no nos alcanzara, marchar en conjunto con mucha otra gente para encontrar otras vías a la Alameda, gritando y corriendo, una vez más, de los pacos.

Intentamos alcanzar la avenida principal por muchos lados: Vicuña Mackenna, Bustamante, calles más pequeñas. Recuerdo cierto momento en que logramos por fin llegar, a través del Parque de la Aviación, a Plaza Italia. Justo al lado del obelisco, todos los canales de televisión tenían sus vehículos y equipos apostados. Por lo mismo, pensamos que no nos intentarían hacer nada, pero nos equivocamos. Aun cuando ni siquiera estábamos marchando, se estaban congregando muchos estudiantes en el parque y el guanaco logró llegar y mojarnos evitando afectar a la prensa. Corriendo de esa embestida, uno de los tantos manifestantes que se movía a mi lado se cayó fuertemente y, entre varios otros, lo pararon rápidamente y ayudaron a correr, evitando que el piquete de carabineros se lo llevara.

Ese día con mis compañeras y compañeros, y una vez confirmando que todas y todos estaban bien, nos devolvimos a las 14 horas, aproximadamente, a nuestras casas. La tarde pasó. A veces me fijaba en las noticias para saber qué pasaba. Desde la mañana caracterizábamos la jornada como la más represiva que hubiéramos presenciado.

A las 20 horas empezaron a llegar amigas y amigos de mi mamá a la casa, pues este día era su cumpleaños. Una de las últimas parejas en llegar nos contó que habían cruzado Santiago y gente de todas partes estaba caceroleando y que ellos no habían visto a casi nadie en las calles, que realmente el escenario era súper fuerte. Ahí nos armamos de valor y, escuchando ciertos ruidos de cacerolas, con mi hermana tomamos ollas y salimos a la esquina a tocarlas. En el camino animamos a unas vecinas a hacerlo, que salieron emocionadas a la otra equina. Cuando llegamos a la nuestra, ya había varias personas y de a poco fueron llegando más. A lo lejos, por la avenida, se veían en diversos puntos personas tocando y tocando. Todos y todas lo hicimos, un buen rato. Me encontré con caras nuevas y otras antiguamente conocidas, todos haciendo sonar nuestro descontento contra la represión. Incluso mi mamá y mi otra hermana llegaron a unírsenos un rato.

Tras una hora de tocar frente a los autos en cada semáforo y de conversar con las y los vecinos, nos entramos. Si bien la represión aquél día había sido dura, nos acostamos con una sonrisa y la alegría de experimentar de primera fuente la organización, el descontento y la certeza del bonito futuro al que podríamos llegar siendo tantos quienes estábamos aquél día y hoy, unidos y unidas, contra el mercado y el autoritarismo.