Los ruidos de balizas y el Khaos digno de sueños anárquicos era ahora una hermosa sinfonía que nos hacía imaginar en nuestras mentes la sociedad que despertaba de su letargo, que deseaba ver caer a quienes durante décadas eran culpables del miserable estilo de vida de consumo y muerte que gira en torno nuestro desde que nacemos y adquirimos conciencia”

 

Semanas de frío se nos venían acumulando en los huesos. Los fríos de otoño habían pasado y se quedaban en nosotros al igual que las experiencias vastas que nos iban llenando día a día de tareas llenas de compañerismo y solidaridad. Ahora, en el mes más frío del invierno, se hacía uno de los mayores llamados de protesta a nivel nacional que hace mucho tiempo no se hacía ver. Nadie se iba a quedar fuera de esto gracias a la ya acumulada rabia que se hacía sentir – y hasta se olía- en el ambiente. Entre los beligerantes de esta sociedad: los obreros, estudiantes, profesores, familias, pobres de nuestra sociedad chilena, e inclusive la facción de nuestra sociedad que comúnmente llamamos en la jerga como “desclasados” -y que, por lo general, terminan propiciando a la TV y los medios de comunicación masiva con comentarios idóneos para desprestigiar el arduo trabajo y organización del movimiento, colectivos y expresiones que lo impulsan-. Todos ellos eran quienes se hacían presente en las calles del centro de Santiago, desde los distintos puntos de la capital, que yacían preparados y montados, tal como un circo romano, para un inminente enfrentamiento con las fuerzas represivas dispersas de manera estratégica por las arterias de la capital, los que esperaban como leones aprisionados a que los gladiadores vinieran por ellos.

La cita era, como de costumbre, en el punto cero de nuestra caracterizada división social capitalina, la de los ricos y pobres, de los que tienen y los que no tienen, de quienes venden su fuerza de trabajo y quienes hacen de la explotación del hombre por el hombre lo que hoy en día y en toda nuestra historia desde los inicios del feudalismo e incluso muchísimo antes nos ha marcado como sociedades opresoras. La caminata por la Alameda fue el precalentamiento para una noche intensa, evadiendo al registro de los fascistas y los controles preventivos de los esbirros que trataban de poner en jaque y causar temor a quien osara desafiar el poder que se cierne sobre nosotros. Los primeros zarpazos se dejaron sentir para mi compañero, para las personas que nos acompañaban en grandes cantidades por la calle y para mí, mucho antes de poder llegar al punto de reunión, donde ya comenzaba el enfrentamiento en las arenas del circo romano.

Patear las primeras bombas, ayudar a quienes salían a la calle por primera vez y que no tenían experiencia evitando los gases y los balines e incluso los golpes directos, eran, como siempre, misiones difíciles que todo joven revolucionario debe afrontar en estas situaciones. La violencia como autodefensa se nos había aprehendido en los últimos meses, literalmente a duros golpes, y así lo haríamos valer esa noche una vez más, siempre sabiendo que esto podía significar una noche fría y muchos golpes más si es que alguna de nuestras acciones no era bien calculada, si nos separábamos en medio del pánico al correr o si nos quedábamos estúpidamente intentando ser héroes sin necesidad.

Ya no era posible avanzar ni una sola cuadra más y solo quedaba replegarse y ver qué deparaba la noche. Caminamos unas cuadras y, para nuestra sorpresa, la gente se agolpaba de repente en masa a las calles que se teñían de los colores de las fogatas, que una tras otra comenzaban a multiplicarse sin cesar. Los ruidos de balizas y el Khaos digno de sueños anárquicos era ahora una hermosa sinfonía que nos hacía imaginar en nuestras mentes la sociedad que despertaba de su letargo, que deseaba ver caer a quienes durante décadas eran culpables del miserable estilo de vida de consumo y muerte que gira en torno nuestro desde que nacemos y adquirimos conciencia. Eso, sumado a la sensación de unirnos gritando por las calles junto a niños, madres, padres y familias enteras, sin lugar a dudas era el mayor placer que en mucho tiempo habíamos sentido y del cual nos sentíamos los principales protagonistas luego de muchos meses de sacrificio.