Uno de los recuerdos más vivos fue ver todas las calles de San Diego cortadas por los micreros del Transantiago, quienes tenían sus micros orugas cruzadas por la calle y al medio un fuego, una suerte de barricada que nos congregó a varios a conversar de lo que sucedía”.

 

Era la convocatoria a la segunda marcha del mismo día. En la mañana la represión se dejó caer con fuerza tomando detenidos y golpeando a mis compañeros/as que salieron temprano a marchar. Por mi parte, sólo pude asistir a la macha nocturna. Al llegar a los alrededores de la mítica Plaza Italia, con mis compañeros del liceo, vimos cómo el contingente policial estaba rodeando el sector, al igual como lo habían hecho en la mañana. Sumado a la morbosa cantidad de uniformados, es necesario agregar que la represión de noche fue aún más fuerte, y que había helicópteros rodeando el sector.

Nos lograron disipar, no logramos llegar a Plaza Italia, y tuvimos que arrancar con mis compañeros hasta el Instituto Nacional (camino no sin problemas), liceo en el cual no abundaba la paz, es más, debimos ingresar rápidamente porque un piquete, un guanaco y un zorrillo intentaban entrar a la toma, por lo que se debió actuar rápido: ingresamos. Los compañeros del IN nos dieron un pan y un té. Con el paso del tiempo, unos 30 min aproximadamente, decidimos retirarnos con unos compañeros. Nos fuimos hacia San Diego, calle que estaba cortada, pero no por estudiantes haciendo barricadas, sino por personas adultas, que fácilmente podrían ser mi papá o mi mamá, saliendo con sus ollas a hacer ruido, a mostrar su descontento frente a cómo el Gobierno había actuado esos días de protesta nacional. Era una marcha de ollas, que pasaban por el paso nivel que ahora está siendo objeto de construcción del metro.

Decidimos caminar por San Diego, en dirección hacia el sur. Uno de los recuerdos más vivos fue ver todas las calles de San Diego cortadas por los micreros del Transantiago, quienes tenían sus micros orugas cruzadas por la calle y al medio un fuego, una suerte de barricada que nos congregó a varios a conversar de lo que sucedía. Seguimos adelante, luego de conversar con los micreros, hasta que logramos encontrar una calle donde pasaba la micro que nos servía. Ya era tarde, y mis padres no sabían nada de mí, sólo lo que la tele mostraba del centro. Tomé la 301, y mientras ella se dirigía al sur de Santiago, voy viendo cómo mucha gente salía a las calles con sus ollas. El cacerolazo se dejó caer en todo Santiago.