Los miré de frente a sus ojos, a todos mis compañeros y compañeras, todos menores que yo, sus ojos de convencimiento y de fuerza, pero de miedo, no hicieron más que confirmarme que todos estábamos igual de convencidos que hoy sería una noche histórica. Pero sus miradas… imposibles de olvidar.”

 

Hace unas semanas atrás vi en una página web el llamado a escribir que estaba haciendo un grupo de estudios de la carrera de Historia de la Universidad de Chile; guardé el link de la página para en algún momento escribir algo en torno a la temática solicitada: la experiencia personal en el 4 de agosto del 2011. Hoy, a solo días del cierre de la convocatoria, me senté a escribir…

Antes de empezar el relato del momento en sí, quisiera añadir, que desde ese año hasta el 2013 me la pasé escribiendo textos que alguna vez pudieran ser compartidos, unos los borré y otros fueron quedando guardados en carpetas y más carpetas. Después de varios años y hoy dedicándome a mi vida académica y profesional me cuesta sentarme a recordar sobre hechos que fueron tan importantes para el movimiento estudiantil de ese año. Sin embargo, iré mezclando parte de lo que hoy me recuerdo con cosas escritas por mí en aquel año. Esto de tal forma de ir entremezclando ideas y análisis de aquellos acalorados días con reflexiones fundamentadas a partir de otras experiencias políticas y personales.

Mi historia del 4 de agosto no comienza el mismo día, sino que algún tiempo antes. Esto comienza así:

(…) Estoy participando en la toma de la FAU1 desde su primer día, incluso desde una reunión previa de planificación.

Hacía ya un par de años que no participaba activamente del movimiento estudiantil. Es más, durante el 2010 habré participado en actividades puntuales que ameritaban algún comentario de un estudiante un poco más antiguo de la facultad. Esto lo aclaro porque durante mis 5 años de estudio, como estudiante regular de Geografía, participé activamente en asambleas, reuniones, comisiones, trabajos, movilizaciones y cargos de representatividad estudiantil.

Durante los 5 años que estudié las asignaturas regulares, no solamente tomaba apuntes de lo que los profesores hablaban en sus clases, como así tampoco leía solamente lo que se pedía leer en el curso, me esmeraba en NO conformarme con un tipo de paradigma de enseñanza. Durante 5 años me formé como un estudiante y no como un alumno, me formé políticamente, culturalmente, socialmente y claramente que profesionalmente. Tuve una formación capaz que me permitió ampliar mis horizontes y perspectivas en la disciplina geográfica.

Es así como conecté mi formación política con la disciplina, lo que claramente se relaciona con una ideología y una historia que me determina. Terminé dándome cuenta que el compromiso y la responsabilidad con ese trabajo era superior a mis intereses personales. Pero este tipo de pensamiento se fue desarrollando gracias a que en el camino me fui encontrando con compañeros que estaban en concordancia conmigo, como así también personas que no solamente eran sabios de una u otra disciplina, sino sabios de la vida y maestros en su práctica académica.”2.

Era el mes de junio del 2011, recién nos habíamos tomado la facultad y no había pasado ni mucho tiempo desde que los compañeros y compañeras de la toma decidieron que hubiera cuatro voceros de toma, entre esos estaba yo. Mi experiencia previa, sin ser mucho más que la de varios integrantes de grupo más político de la toma, fue valiosa para tomar esa responsabilidad. Cada uno de los voceros tenía un rol específico, algunos se hacían cargo de temas más internos y otros de comunicación externa, como así también había quienes tenían más tino para negociar con las autoridades locales.

La toma de ese año, tuvo momentos muy altos de participación, los cuales se iban matizando con varios talleres y actividades, a tal punto que durante varios meses funcionaron autónomamente distintas instancias que eran una propuesta alternativa de hacer universidad. Esto se materializaba en trabajos con comunidades y colegios de la periferia de Santiago; también con talleres de serigrafía que empapelaban la ciudad con consignas de la época; talleres de batucada y títeres gigantes que animaban las marchas; como también talleres y/o seminarios de discusión. Este era el escenario, una toma activa con una alta convocatoria y que era abierta a distintas organizaciones sociales y/o personas, que sin ser parte de la universidad, querían ser parte de ese momento histórico.

En ese sentido, el rol de los voceros y sobre todo de los más antiguos dentro de la toma, apuntaba a no perder el horizonte e ir haciendo dialogar distintas posiciones políticas que se encontraban dentro de ese espacio: miristas (o de alguna organización símil), anarquistas, autónomos, muchos no militantes y uno que otro militante de alguna organización política de la izquierda institucional. El tema era complejo, no solamente por la diversidad política (y por tanto de estrategias políticas), sino también porque la gran mayoría era de generaciones más nuevas dentro de la universidad. Esto hizo que muchas veces los más antiguos fuéramos tomando un cierto protagonismo en determinados momentos de mayor efervescencia.

El 4 de agosto fue un día de efervescencia política. La noche del 3 de agosto nos juntamos todos los integrantes de la toma en nuestra sala de reuniones: la cocina. Había una tensa calma, muchos sabíamos que, al igual que muchas marchas anteriores, la gente después de la represión se iba a ir a proteger a la FAU, debido a que quedaba en el centro y podíamos desplegar una contraofensiva por la entrada de la facultad, mientras otro grupo hacía su retirada por las puertas traseras. Sin embargo, esa noche debíamos coordinar todo para que no se nos fuera de las manos la entrada de muchas personas, por dos razones: los sapos y los que querían quemar todo tipo de representación institucional, entre ese tipo de representación estaba la FAU. Por tanto, “la noche del 3” dejamos claro los puestos, roles, espacios de circulación y los espacios restringidos. Formamos grupos de contención, de coordinación general, enfermería, comisión de “materiales” y de defensa. Todo preparado para los dos llamados, el de la mañana y el de la noche.

La mañana del 4 de agosto, un grupo de personas fue al punto de convocatoria, mientras otros preparábamos todo para el recibimiento de los “reprimidos y reprimidas”. Antes del mediodía teníamos el patio central de la FAU lleno, algunos heridos, otros ahogados y alguno que otro detenido. Hubo algunos enfrentamientos por la puerta de adelante, pero nada que no estuviera en lo planificado, un grupo importante por mientras iniciaba su retirada por las puertas traseras de la facultad. De todo ese momento no tengo mucho recuerdo, solamente que pasó todo muy rápido.

Para el llamado de la tarde, ya sabíamos que la situación se venía compleja, había mucha gente en la FAU, la ola de represión estaba en todo el centro de Santiago, pasaban los helicópteros por encima de nosotros y el paseo de furgones era constante por el frontis de la toma. Empezamos a recibir rumores de que ya había dos compañeros caídos, uno en la USACH y otro en el sur (cosa que al otro día sería desmentido), la efervescencia estaba al máximo. Teníamos en la portería de la toma una pequeña tele, desde la cual transmitíamos las noticias y llamados de la CONFECH por los altavoces de la FAU. El llamado era a marchar sí o sí, el llamado a las familias era a sacar la cacerola y el llamado a Chile era a mostrar el descontento.

En medio de esos momentos de emociones, de agitación social y política se me empieza a llamar por los altavoces. El llamado era a que fuera a la asamblea de toma. Entro a la sala donde generalmente hacíamos las asambleas, estaba atestada de gente, no cabía un alfiler. Las posturas eran dos: no salir a marchar para cuidar la FAU y salir a marchar a mostrarnos presentes ese día. No sabía muy bien por qué me hacían entrar, pero me llamaron para ponerme frente a todos y todas, el silencio se hizo latente… una compañera me interpela: “tú todo el tiempo nos dijiste que había que seguir siempre adelante, que debíamos luchar y no temerle a nada, qué vamos a hacer ahora”. Otro compañero la interrumpe: “está la cagá en todo Santiago, la represión es dura, los pacos están disparando”. Se escuchó por ahí: “pero por algo hemos llegado hasta este momento”. “Pero yo no quiero marchar, no por eso soy amarilla y estoy menos comprometida con la toma” dijo la compañera. “Yo tampoco quiero marchar y no tengo vergüenza en decir que tengo miedo” la apoyó otra compañera. “Ya, pero dinos qué opinai tú pos”, me interpela otro compañero.

Yo tenía miedo, mucho miedo a la represión, a que cayera algún compañero o compañera, tenía miedo de que lo que siempre pregonamos algunos se volviera en nuestra contra. Siempre habíamos sido consecuentes: “Toma FAU: ni un paso atrás, ni pa’ echar vuelo” decía un lienzo en la entrada, mis citas constantes al movimiento de la UNAM, entre otras cosas podían irse a la mierda. Los miré de frente a sus ojos, a todos mis compañeros y compañeras, todos menores que yo, sus ojos de convencimiento y de fuerza, pero de miedo, no hicieron más que confirmarme que todos estábamos igual de convencidos que hoy sería una noche histórica. Pero sus miradas… imposibles de olvidar.

Compañeros y compañeras, a nadie nunca se le ha obligado a hacer nada en esta toma, todo lo hacemos porque estamos convencidos que esta toma está marcando un hito y que somos parte de un movimiento estudiantil que está marcando la historia de nuestro país… hemos escuchado que ha habido ya algunos caídos, la cosa está dura afuera. Quienes se quieran quedar para cuidar la toma y esperar a los compas que vengan maltrechos, pues bien, que ese sea su rol hoy, necesitamos: enfermería, gente en la puerta, cocina, gente que reparta algodón con amoniaco y cuidar los espacios de la toma. Y quienes quieran ir a marchar, pues vayamos, pero sabiendo que hoy a la noche no sabremos que pueda pasar. Pero ojo, por seguridad, hoy todos y todas con capucha, anda mucho sapo y no queremos que nadie caiga… ¡ARRIBA LOS QUE LUCHAN!” fueron algunas de las ideas que intenté transmitir en ese momento.

Terminamos la pequeña asamblea y nos repartimos los roles, fui a otra sala donde tenía mis cosas. Mientras sacaba mi pañoleta, se me acerca una compañera y me dice: “¿Tenís miedo cierto?”.”, le respondo. “¿Para qué vas, entonces?”, me dice. “Porque ya no puedo echarme para atrás”, concluyo. Al salir al patio central estaba todo oscuro, muchos compañeros y compañeras esperaban a los que faltaban, los 50 metros que separaban ese punto con la salida se hicieron en silencio… mientras de las torres empezaban a sonar las cacerolas, la sensación era como cuando sale un equipo de fútbol del túnel y siente la barra que lo alienta, sólo que esta vez no era un juego.

El camino a la Alameda lo hicimos por los callejones internos, no queríamos salir a Portugal, sino que llegar directamente a la avenida principal. Al llegar a la esquina de Portugal con Alameda, nos esperaba un piquete de pacos, los cuales nos retuvieron unos 5 minutos. Nosotros, pacíficamente y por la vereda, les hacíamos ver que igual llegaríamos a marchar. Ese diálogo de sordos duró hasta que un “Fuerza Especial” tiró una lacrimógena a nuestros pies, eso disipó al grupo, que por lo demás había crecido bastante en el camino. Retrocedimos unos metros, y los pacos volvieron a tirarnos lacrimógenas. La respuesta no demoró en llegar…

Volví corriendo a la toma, di aviso que la cosa se venía peluda, fuimos a buscar el material preparado para la fogata. En ese trajín, de ir sacando las cosas, nos damos cuenta que los compañeros de otros lados ya habían comenzado la ofensiva: una caseta de seguridad ciudadana ardía en la mitad de Portugal, mientras nosotros empezábamos a hacer nuestra propia fogata en la intersección de Portugal con Marcoleta. Y las cacerolas que sonaban y no se detenían.

No sabría decir el tiempo transcurrido, pero después de harto rato levanto la cabeza y me fijo que por Portugal, en cada intersección, había una llamarada, cada grupo cuidando su esquina, cada grupo haciendo historia.

El 4 de agosto pasado en Chile ocurrió un suceso que no había visto hace mucho tiempo. Los enfrentamientos con Carabineros, las barricadas en las calles de las ciudades, los cacerolazos que se escuchaban por todos lados y la gran cantidad de gente demostrando su descontento, ese día marca un antes y un después en nuestro país: la violencia se legitimó en ese instante como una forma más de demostrar el descontento. Las calles no solamente estaban llenas de jóvenes, de lumpen o de estudiantes; sino que también había familias enteras haciéndose escuchar, mostrando que bajo este sistema es imposible que nos escuchen de otra forma”.

Las familias nos empezaron a dar su apoyo, mientras los pacos comenzaron su ofensiva. La cosa se puso muy violenta, tomaron a un compañero y lo llevaron a la micro, no era de la FAU, no sabemos que le hicieron adentro. Después, con el tiempo, sabríamos que recibió una tremenda golpiza y que al parecer pagó por todos esa noche.

En medio de los cacerolazos que bajaban de las torres, la música de batalla que había en los altavoces de la FAU y los gritos de nosotros en contra de la represión, carabineros empezó a disparar las lacrimógenas a la altura de la cara. Nos sentíamos cansados, pero con fuerza interna, ellos estaban cansados y con armas. Algo nos faltaba, una chispa… Por los parlantes empiezan a alentarnos, diciendo que en todo Santiago estaba la cagá. Además nos dicen que hay un muerto en la USACH: esa fue nuestra chispa.

Voy a la toma a buscar unos palos grandes, otros fueron a lo mismo, mientras caminaba de vuelta a la barricada, veo un compañero herido sangrando, le había llegado una lacrimógena al cuerpo. Las cacerolas, el amoniaco y la adrenalina hicieron el resto. Atacamos a los pacos con los palos, el grito de guerra: “por un caído nuestro, diez de ellos”. Los hicimos retroceder, el zorrillo no pudo avanzar, el guanaco ya no tenía agua y los gases ya no nos hacían efecto. Estábamos ganando, la ciudad era nuestra.

Cuando recuperamos la esquina, todo apuntaba a que teníamos la batalla ganada, reiniciamos el fuego de la esquina y empezaron nuevamente los gritos de apoyo de las familias. Todo parecía que habíamos ganado. La respuesta fue aún más dura, trajeron un guanaco que tenía pinta de tanqueta, nos tiró unos gases que eran distintos. Trató de romper la puerta de Marcoleta, una compañera y un compañero casi se desmayan, varios estaban vomitando, otros tuvieron un efecto laxante y otros sólo se ahogaron. Retrocedimos.

Un grupo pequeño continúo peleando, la mayoría nos entramos, ya empezaba a llegar el hambre y el cansancio del cuerpo. Quizás ya era muy tarde, quizás estuvimos más de 6 horas combatiendo, no lo sé, pero lo único que sé es que nuestras fuerzas eran mínimas. Teníamos poca comida en la toma, mucha de esa comida se la fueron dando a los que iban llegando, los últimos ya no teníamos qué comer. Ya no se escuchaban las cacerolas, tampoco los pacos, empezaba a bajar el ruido y a llegar el silencio. Es ahí cuando decidimos que había que ir a comprar, nadie quería ir, entre el temor y el cansancio era mejor esperar al otro día. Yo me ofrecí, tomé una bicicleta y fui a un lugar alejado de la Alameda.

Cuando voy avanzando me doy cuenta de todo lo que había pasado ese día, cada esquina una barricada apagándose, algunas personas aún las cuidaban, otras se apagaban solas. Lo que más me llamó la atención es que no eran solo barricadas estudiantiles, sino, sobre todo, familiares.

Cuando venía de vuelta de comprar cosas para comer, me empezó a seguir una camioneta, sin ningún tipo de símbolo, vidrios polarizados. No le di importancia y seguí mi camino, pero la camioneta empezó a acelerar, entonces yo también. Al llegar a Marcoleta doblé, la camioneta siguió derecho pero paró de golpe y empezó a retroceder, mis compañeros de toma no estaban en la puerta y empecé a gritar. Llegó alguien corriendo y entré asustado, la camioneta pasó por afuera. Me preguntaron qué pasaba, les dije si habían anotado el número de la patente, me dijeron que no alcanzaron… fue sólo un gran susto.

Al otro día fuimos a ver qué pasaba en las calles, solamente había basura y escombros, vidrios, el pavimento maltrecho y menos semáforos que antes. El día después del cuatro de agosto fue un día como cualquiera, pero donde en nuestras mentes algo había pasado.

Después de ese día, la sociedad se dio cuenta que la barricada como tal no era violenta, que el encapuchado como tal no era el violento, sino que dependía de lo que fuera su contexto. El provocar la violencia física es un acto igual de violento que el ejercerla, pero así también la provocación tiene sus matices. Para la fuerza pública la provocación puede ser un encapuchado como tal o una barricada como tal. Sin embargo, para el mal llamado lumpen puede ser simplemente cualquier representación del poder o que le recuerde el sistema en el cual vivimos actualmente”.

1 FAU: Facultad de Arquitectura y Urbanismo, queda en Portugal con Marcoleta.

2 Los párrafos en cursiva corresponden a escritos hechos por mí durante ese año.