Mientras corría, el espectáculo de las calles era asombrosamente desolador, había escuchado las historias de los cacerolazos en la dictadura. Y me pareció que por un momento estaba perdido en el tiempo, y que había retrocedido en la historia. Pues sí, todos los edificios del centro de Santiago asomaron una cacerola que sonaba en señal de protesta y apoyo a los estudiantes”.

 

Era mi primer año en la carrera de sociología en la Universidad de Chile. Sabía que estaba luchando por la educación gratuita y de calidad, como se gritaban en las consignas de las marchas callejeras por la Alameda. Ya eran 5 años de lucha, en los que me tocó sacarme el uniforme escolar y luchar por los cambios en la educación desde la Universidad. En otras palabras, dejar de ser un pingüino.

Tengo que admitir, que no sabía mucho sobre la represión policial que podía ejercer el orden estatal. Siempre me refugiaba en mis compañeros más altos en la enseñanza media, pero ahora en la universidad, mis nuevas amistades, algunos militantes y compañeros de primer año de sociología, manifestaban un directo interés en manifestarse en las protestas y fue así que como buen estudiante de sociología viví mis primeras marchas durante el 2011.

Recuerdo bien que la Casa Central de la Universidad de Chile la tomamos con la ayuda de muchos sectores educativos, fue una verdadera fiesta. Entre la alegría, y el no saber lo que estábamos haciendo. Es que es verdad. Esos sentimientos quedan grabados en el alma, recuerdo el sonido de los bombos, el color de las bengalas, y de nuestra bandera gigantesca que gritaba: Educación gratuita y de calidad.

Me sentía en la Francia revolucionaria, tomándonos La Bastilla, pero no, era nuestra preciosa Casa de Bello, que sería ocupada nuevamente por los estudiantes, además, siendo un ejercicio profundamente simbólico, pues desde la dictadura no realizábamos actos de tamaña consideración, por lo menos desde sector de los estudiantes.

Cuando pienso en el 4 de agosto, recuerdo que fue un día realmente caótico, los ánimos de radicalizar nuestras posturas se podían sentir en cada barricada que se planificó desde la noche anterior hasta la mañana. Mis compañeros salieron a las barricadas que cortaron la Alameda, yo me uniría a ellos más tarde en la marcha. Esa situación se alargó demasiado, lo que presuntuosamente parecía un día de movilización más, fue tomando un color de rebeldía intenso.

La policía, dirigida en ese entonces por el Ministro del Interior Rodrigo Hinzpeter, se vio sobrepasada con la gran cantidad de estudiantes que aglutinaban nuestras marchas. Pero, ¿cómo iba a ser de otra manera? Si ni siquiera teníamos pase escolar para todo el año. El malestar era generalizado, el sobreendeudamiento de las familias para educar a sus hijos era realmente alarmante. Además, el lucro desmedido por las instituciones educativas, y el grito fuerte y al unísono de una educación de calidad, logró que muchos se armaran de valor y salieran a manifestarse y pelear por sus derechos, ya que nadie más lo haría por nosotros, y considerando además, que nos encontrábamos en un momento crucial y delicado en tanto respecta a los cambios que se le harían a la educación. Nos tuvimos que atrincherar en una posición política y defenderla a como diera lugar.

Esa mañana se prolongó más de lo previsto, y por la tarde, las alarmas de las Fuerzas Especiales de Carabineros se dieron a conocer por los medios de comunicación. Yo miraba esto sin saber específicamente lo que significaba. Mientras seguía avanzando por la Alameda, me di cuenta de que esta situación iba de mal en peor. La ciudad de Santiago comenzaba a ser sitiada por las fuerzas especiales de Carabineros, en cada esquina había un piquete de uniformados que lanzaban lacrimógenas a diestra y siniestra, sin discriminación alguna, que reprimiendo a los estudiantes movilizados, se amparaba bajo el uso de la fuerza institucionalizada estatal.

Tuve que refugiarme en algún lugar seguro, fue de ese modo, que acudí a la Casa Central de la Universidad de Chile. Apenas entré a la Casa, me doy cuenta que los ánimos de los compañeros estaban bastante alterados. Todos se escondieron como ratones, en un lugar que sabíamos que podríamos sentirnos seguros, o por lo menos, eso se creíamos.

Tan pronto subí a asomarme por el balcón, observé como las cuadrillas de carabineros llenaban la Alameda y dispersaban a los manifestantes con gases lacrimógenos. Algunos corrían peor suerte, eran detenidos y golpeados drásticamente por los uniformados. El guanaco y el zorrillo cumplían al pie de la letra sus funciones, dispersar sin discreción a la gran multitud que se encontraba manifestándose. De la tarde pasamos a la noche, y un llamado de alarma, a eso de las 21:00 horas alerta a los ocupantes de la Casa Central para defenderla, debido a que el Instituto Nacional estaba teniendo serios problemas con los carabineros, tras el intento de un piquete que trató de entrar a las dependencias del Instituto Nacional y desalojarlos por la fuerza. Por temor a que nuestra toma corriera la misma suerte, salimos a prestar ayuda a los institutanos, a través de nuestro patio que colinda con la entrada de su institución.

Fue de ese modo, que tomé una posición estratégica, me posicioné cercano a una de las puertas del patio y desde allí me dediqué a apagar las bombas lacrimógenas que caían cerca del lugar en el que estaba. Mientras transcurría el tiempo, las lacrimógenas llovían sin ningún tipo de discriminación. Advirtiendo esto, y con la velocidad de un relámpago, con toda la agilidad que pude emplear, atrapaba unas cuantas, de estas bombas con una bolsa de cemento, y las metía a un balde con agua con el fin de que ninguna expandiese sus gases. También hacia uso de la manguera que proyectaba el chorro de agua a las lacrimógenas que estaban más lejos de mi alcance, así tras unos 20 a 30 minutos, la situación comenzó a agravarse. Lo que al principio me pareció un juego, luego comenzó a preocuparme cuando vi que, por la puerta en la parte trasera de la Casa Central, un piquete entra y dispara directamente al rostro de un estudiante una bomba. Segundos más tarde, unos chiquillos salieron a tirar piedras con una honda, uno de ellos se quedó atrás, y vi uno de los espectáculos más dramáticos que haya visto en una protesta hasta ese momento en mi vida. No calculo cómo un estudiante de secundaria pudo resistir tanto lumazo, patadas y puñetazos directo al rostro, y después pararse, para luego ser auxiliado por sus compañeros.

Pensé que eso me podría pasar a mí, y sentí que se activó mi instinto de supervivencia, pero todo esto sucedió en un instante en el que puse en duda mi permanencia en la posición de hombre manguera. Corrí entonces, para ver cómo estaba el compañero del bombazo en el rostro, y me dio pena, rabia e impotencia, ver que la mitad de su cara presentaba desfiguramiento y sangraba. Las niñas que eran de la Facultad de Medicina, trataron de cuidarlo. Para mí, ese instante fue el momento en el que decidí salir de la Casa Central. Anuncié mi retiro, y en un segundo en el que las fuerzas del orden se distrajeron, salí corriendo sin mirar atrás. Mientras corría, el espectáculo de las calles era asombrosamente desolador, había escuchado las historias de los cacerolazos en la dictadura. Y me pareció que por un momento estaba perdido en el tiempo, y que había retrocedido en la historia. Pues sí, todos los edificios del centro de Santiago asomaron una cacerola que sonaba en señal de protesta y apoyo a los estudiantes.

Corrí desde metro Universidad de Chile, hasta la estación Toesca sin detenerme. Todo me parecía confuso, presentía que en cualquier momento me podrían detener, o que me podrían pegar como a los institutanos, o simplemente, ser abatido por una bala, o ser impactado por una lacrimógena. Me sentí solo, nervioso, quería desaparecer de ese lugar, encontrar un lugar seguro. Todo era caos. Las luces no funcionaban y los helicópteros intimidaban desde el aire. Al fin, y después de sentir esos 10 minutos de trote, me pude refugiar en la estación Toesca, que estaba a punto de cerrar sus puertas, le dije al guardia que me dejara pasar. Era una pequeña estampida de gente que entró empujando apenas vio la posibilidad de escapar del caos de la noche del 4 de agosto en el centro de Santiago.

Una vez adentro, me dirigí a hasta mi casa para resguardarme. Mis familiares estaban nerviosos porque desde la mañana que no sabían nada de mí, estaba incomunicado. Pero todo cambió cuando me vieron entrar a mi casa. Les conté la experiencia, y me dijeron: “ándate a dormir, revolucionario”. A la mañana siguiente, los medios de comunicación dieron cuenta del estado en el que quedó la Casa Central de la Universidad de Chile, llena de restos de cartuchos de bombas lacrimógenas. Recuerdo haber llenado dos baldes y haber apagado a chorro dirigido unas 100 bombas lacrimógenas. Solo espero constantemente que este terrorismo de Estado no se repita nunca más en democracia. ¡Arriba los que luchan!