Hacía algunas semanas que se estaba reuniendo un grupo de personas que se organizaron en función de algunas cuestiones logísticas y operativas en apoyo de los movilizados: colaborar con alimentos, abrigo, propaganda, ayuda para las movilizaciones, organizar algunas actividades financieras. Ese fue el inicio de la Asamblea Social de Castro que se levantó con el eslogan “educación gratuita para todos”.

 

La noche del 4 de agosto del 2011 llovía intensamente en el archipiélago de Chiloé, como llueve gran parte del año. Eran cerca de las siete de la tarde y se reunían unas doscientas personas en la plaza de Castro. A medida que la hora avanzaba, se escuchaban cacerolazos, cánticos y gritos por distintos lugares de la plaza, mientras la lluvia seguía mojando a las personas reunidas.

Ese día, durante la tarde, habíamos visto por la televisión y por las redes sociales la fuerte represión que se había ejercido por parte de las FF.EE. de Carabineros sobre los estudiantes movilizados. La represión que se vivió nos recordó el operar de los servicios de seguridad de la Dictadura. Hoy, esa represión se ejercía contra los jóvenes movilizados, varios de ellos nuestros hijos y sus compañeros.

En Castro, por esos días, la totalidad de los colegios de educación media se encontraban tomados y controlados por los estudiantes. Colegios municipales, particulares subvencionados e incluso escuelas de educación básica se sumaban a este gran movimiento que demandaba educación gratuita.

La marcha, con mucho entusiasmo, partió pasadas las siete de la tarde. Los cánticos en apoyo a los estudiantes, en demanda de poner fin a la represión, como críticas al gobierno de Piñera y a la complicidad de la Concertación en la calamitosa situación de la educación, fueron la banda sonora de toda esta movilización.

Mientras la lluvia caía le dábamos más fuerte a la cacerola y al salir de la plaza rumbo hacia el norte por la calle San Martín, se recibía el apoyo de los vehículos que hacían sonar sus bocinas, de los transeúntes que salían de sus trabajos y caminaban hasta tomar locomoción, no sin antes hacer gestos de apoyo a los manifestantes.

El movimiento estudiantil y las demandas de gratuidad concitaban gran apoyo entre los habitantes del archipiélago de Chiloé, quienes además, por sus características de insularidad y distancia del continente, también demandaban universidad pública en el territorio chilote, una gran deuda del Estado chileno con el territorio insular.

En agosto del 2011, la totalidad de los estudiantes del archipiélago estaban sin clases, con actividades culturales y formativas en las escuelas. Los establecimientos estaban bajo el control de los movilizados, sin embargo, la ciudad seguía funcionando con normalidad y el movimiento estudiantil, si bien contaba con el apoyo masivo de la población, no lograba instalarse en los puntos neurálgicos de la ciudad.

Para varios de los apoderados y personas que apoyaban el movimiento estudiantil, se hacía indispensable organizar de forma más decidida el apoyo de padres, organizaciones sociales, artistas y otros actores a las demandas de los estudiantes, que hasta ese momento era reducido.

Esa noche mientras seguía cayendo la lluvia y avanzábamos por la calle San Martín, desde las ventanas y los locales comerciales que aún estaban abiertos, se asomaban personas con sus ollas para hacerlas sonar. Una y otra vez las cacerolas sonaban fuerte y a ratos no dejaban escuchar la lluvia.

Ya llegando a la calle Gabriela Mistral, desde el interior de un pasillo oscuro, aparece una abuela con una gran olla y en la mano una cuchara de palo con la que hacía que esa olla sonara con un eco ensordecedor. El entusiasmo y la alegría de esa mujer contagio a los manifestantes y llenó de esperanzas el trayecto.

Hacía algunas semanas que se estaba reuniendo un grupo de personas que se organizaron en función de algunas cuestiones logísticas y operativas en apoyo de los movilizados: colaborar con alimentos, abrigo, propaganda, ayuda para las movilizaciones, organizar algunas actividades financieras. Ese fue el inicio de la Asamblea Social de Castro que se levantó con el eslogan “educación gratuita para todos”. Pero esa noche, ante la dura represión de esa tarde, se concitó el apoyo de padres, apoderados y de un mundo adulto que hasta ese minuto no se había movilizado en respaldo de los jóvenes.

Avanzando por la calle Gabriela Mistral el entusiasmo de los movilizados no decaía. Las cacerolas sonaban más fuerte, se habían encendido algunas antorchas y el grupo que avanzaba por la calle crecía.

Las demandas de gratuidad en educación traspasaban el umbral de los problemas estudiantiles que se habían reclamado hasta entonces. La gratuidad era un problema político de la sociedad en su conjunto y era una demanda pendiente de las luchas truncas de los años ’80, una vez instalada la democracia y finalizada la dictadura.

Esa noche mientras los estudiantes estaban en las tomas de sus escuelas y liceos, fueron los padres, abuelos y amigos los que marcharon para poner el cuerpo en esta lucha que brindaban los jóvenes, una lucha que estaba pendiente.

Al retornar por la calle O’Higgins hacia la plaza de Castro el grupo inicial se había multiplicado y continuaban apareciendo familias que desde las puertas de sus casas manifestaban su apoyo. La lluvia no decaía, pero el grupo avanzaba con mucha alegría y haciendo sonar las ollas. No había espacio ni para los paraguas, ni para el frío. Entre cantos y saltos, los padres, apoderados, vecinos y familiares de los jóvenes movilizados, salían a la calle para defender la lucha por gratuidad que nos habían señalado los jóvenes estudiantes y que era una demanda pendiente del país.