Esa noche sentí que lo imposible era posible, era como si el silencio acumulado durante años, se rompiera en un ensordecedor y a veces delirante cacerolazo. Probablemente y con la emoción de la coyuntura política sobredimensionamos los posibles resultados, pero ese cuatro de agosto las cosas cambiaron para muchos de nosotros.”

 

Tengo en mis recuerdos que ese jueves por la mañana marchamos miles desde “El Foro” hasta la plaza Perú, recorriendo casi todas las calles y avenidas principales de Concepción al son de las canciones de ‘La Tromba’.

Llegando a la ‘Perú’, las posiciones políticas se definían y, entonces, aparecían dos sectores: los que querían ‘jipiar’ se retiraban de la marcha y miraban desde lejos; y los que querían combatir, cortaban calles y armaban barricadas.

Ese jueves, sin embargo, la ‘repre’ se dejó sentir con mayor dureza de lo habitual. Confundidos entre la lluvia y la multitud, carabineros irrumpió con caballos en la plaza, atropellando y golpeando a mansalva. En esa trifulca callejera, vi cómo Marcelo, un amigo y compañero, quedaba encerrado entre un caballo y un quiosco y aleteaba defendiéndose con un inservible y roto paraguas. Recuerdo también la rabia que sentimos muchos, que además nos veíamos los fines de semana en el campamento ‘Porvenir’ a la entrada de Penco, en el recinto de refinería, montado en lo que fue la legendaria ‘Cancha del cura’, lugar donde se realizaban actividades sociales y campeonatos deportivos. Íbamos los fines de semana, pues con un grupo de amigos realizábamos reforzamientos pedagógicos a los niños del campamento desde hace algunos meses y donde Marcelo era uno de los ‘tíos’.

Por la tarde, muchos (la mayoría estudiantes) nos reunimos en el auditorio de la Facultad de Derecho de la Universidad, en una instancia que llamaban CGE (Centro General de Estudiantes), donde se congregaron centros de estudiantes y alumnos de todas las carreras, para discutir acerca de los hechos acontecidos esa mañana y escuchar al entonces presidente de la FEC, Recaredo Gálvez, que presidía la sesión. En esa oportunidad, hubo varias intervenciones del público, casi todas en un tono de reclamo o resignación. Sin embargo, hubo una intervención que abrió un estado anímico de contraofensiva. La verdad es que era un sentir generalizado en ese agosto… no sé bien qué lo generó, tal vez simplemente nos aburrimos.

El ‘Reca’, en ese entonces militante del FUR (Fuerza Universitaria Rebelde), un grupo político de la zona penquista con identidad “rojinegra”, fue increpado por advertir la necesidad de esperar comunicaciones desde Santiago y operar en una estrategia nacional. Sin embargo, el estado anímico del estudiantado era mucho más radical que el de sus dirigencias y el sentimiento localista, ya permanente en la zona, generaba respuestas cada vez más febriles. Luego de un par de horas de discusión, se comunicó que se hacía un llamado a un cacerolazo nacional en respuesta a la represión de la mañana.

Esa tarde-noche, entre los compañeros que trabajábamos en el campamento discutimos la posibilidad de apoyar con un cacerolazo en Penco. El desafío era mayúsculo, pues esta comuna de más de cien años, era para entonces un pueblo-dormitorio y, desde mi perspectiva santiaguina, veía a la población local más bien como conservadora. Sin embargo, los compañeros nacidos y criados en la ciudad confiaban en la movilización de los vecinos y aludían en sus argumentaciones a múltiples luchas que se habían llevado a cabo entre los pobladores a raíz de la tardía reconstrucción de viviendas por el reciente terremoto, a proyectos hidroeléctricos que amenazaban la calidad de vida de algunos barrios costeros y también de luchas de pescadores artesanales.

Recuerdo que esa noche, para variar, llovió, lo que hizo más ‘romántica’ y dificultosa la tarea de ir casa por casa en la aldea ‘Porvenir’ convocando al cacerolazo nacional. Los compañeros del colectivo por su parte, con más conocimiento y memoria de la historia del pueblo, echaron mano de todas sus redes, ubicando amigos, llamando parientes, ex pololas, todo el mundo era necesario y tenía que salir a la calle esa noche a protestar.

Con todas las ‘patas’, esa noche estábamos en la plaza de Penco no más de diez personas. Ver el desolador, húmedo y lluvioso panorama me angustió, me puse nervioso. Creí que no llegaría nadie. De repente, los diez se transformaron en veinte, en treinta, en cuarenta y recuerdo ver al Leo, un compañero cristiano y alumno de ingeniería encabezar una columna de estudiantes secundarios, amigos de la parroquia de Penco, que había sido el lugar natural de socialización de la mayoría de los compañeros que integraban la ‘Escuela Libre’ que levantamos. En ese momento, el alma me volvió al cuerpo.

Ya con la moral en alto, los reunidos en la plaza, más los recién llegados, nos dispusimos a comenzar nuestra movilización e hicimos una improvisada marcha que recorrió el centro, la plaza y algunas poblaciones. Al pasar por las calles, recorriendo las faldas de los cerros, la gente salía a saludar y a apoyar con ollas, gritos, aplausos y, en realidad, con cualquier cosa para hacer ruido. Luego de una pasada por la ciudad, salimos de ella en dirección a la autopista y los ánimos se encendieron aún más. Nos tomamos el ‘enlace’ y quedamos en el camino que une la población Desiderio Guzmán con Concepción, lugar estratégico, pues es donde se genera la comunicación entre Santiago y Concepción. En ese momento, Carabineros, que había estado custodiando la marcha, se fue contra nosotros y hubo un enfrentamiento cuerpo a cuerpo… debo confesar que tengo pocos recuerdos de este episodio, porque en realidad lo que se llevó todos los créditos fue la marcha, el cacerolazo y la movilización social Pencona.

Esa noche sentí que lo imposible era posible, era como si el silencio acumulado durante años, se rompiera en un ensordecedor y a veces delirante cacerolazo. Probablemente y con la emoción de la coyuntura política sobredimensionamos los posibles resultados, pero ese cuatro de agosto las cosas cambiaron para muchos de nosotros. Las movilizaciones se radicalizaron a tal punto, que unas semanas más tarde, sería asesinado un estudiante. A la muerte de Manuel Gutiérrez en Santiago, a fines de ese esquizofrénico mes, le siguió un resignado y ‘eterno’ luto.

Recuerdo que, en septiembre de ese año, casi un mes y medio después de aquellos hechos, con un grupo de conocidos “punkis” salimos el ‘once’ a cortar la carretera, en memoria de nuestros muertos… nada pasó.

Así como las ‘gomas’ de esa noche, las protestas de ese año se consumieron lentamente junto a nuestra ‘Revolución’, y la gran movilización de Penco se apagó mientras prendía…pero lo bonito del fuego, es que siempre tiene una chispa que lo aviva de nuevo. Como que no muere, solo toma siestas.