En el Metro ya se vivía ambiente de movilización. Se notaba que la gente arriba de los vagones se dirigía a la marcha en Valparaíso, ánimos de revolución, cambios al modelo educativo, íbamos todos en busca de la alegría que nos prometieron, pero que no llegaría sola.”

 

Comienza el mes de agosto del año 2011, año del apogeo en cuanto a movilización estudiantil a nivel nacional, las demandas son claras e instauradas en la palestra de la opinión pública a punta de esfuerzo, valentía, coraje y mucha organización del estamento estudiantil. Se exige un cambio profundo al sistema educacional que heredamos desde la dictadura de Pinochet. Educación gratuita, laica, digna y de calidad son algunas de las principales consignas que resumen la demanda.

Si bien como en cualquier tema existe una multiplicidad de opiniones y alternativas para la manera en cómo se debe llevar la movilización y cuáles debiesen ser las respuestas que se quieren desde el poder Ejecutivo, existe un trabajo en bloque por parte de los dirigentes que manifiestan las síntesis entregadas por las bases en cada asamblea de las casas de estudio de manera loable, esto no se puede discutir, años más tarde estos mismos dirigentes se posicionarían dentro del Congreso Nacional como parlamentarios de la República, mientras que los más pequeños (secundarios) continúan dando la lucha hasta hoy desde su plataforma para continuar lo que un día empezaron.

El posicionamiento del movimiento estudiantil ya ha madurado en esta altura del año, paros y tomas de los establecimientos entre secundarios y universitarios marcan la agenda estudiantil. Con una propuesta oficial entregada por el Gobierno de turno en respuesta a las peticiones y rechazada por la dirigencia estudiantil, y con la segunda propuesta entregada ad portas de ser rechazada nuevamente, se aproxima una nueva movilización nacional para el día jueves 4 de agosto. Fuimos testigos de los nervios y las ganas de volver a tomar las riendas del control ya tambaleante cuando el por entonces Ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, entregaba la negatividad a realizar la marcha ya convocada para el día mencionado, diciendo que no se permitirían más marchas por el centro de Santiago. A estas amenazas se sumaron las palabras del entonces vocero de gobierno –y primo de Sebastián Piñera- Andrés Chadwick, afirmando que “los estudiantes no son los dueños de este país”. ¿Cuál fue el error de estos personajes? Que en la misma Constitución que realizó su mentor (Jaime Guzmán) se establece claramente en su contenido que las personas tienen “El derecho a reunirse pacíficamente sin permiso previo y sin armas” (Artículo 19, inciso 13).

El nivel de desprestigio a la movilización por parte de las autoridades era alto, desentendiéndose del derecho a la manifestación y libertad de expresión que poseemos intrínsecamente los ciudadanos. Nosotros lo sabíamos, así que nos organizamos igual como comunidad estudiantil para ir a marchar.

En mi colegio yo estaba cursando cuarto medio y a comienzos de ese año me tocó tener el cargo de Presidente del Centro de estudiantes, sin saber lo que el contexto nacional me permitiría realizar con la comunidad estudiantil. Yo estudié en el Liceo Juan XXIII de Villa Alemana en la V Región. Un liceo perteneciente a una fundación sostenedora de dogmas católicos, la FODEC. Históricamente, el Liceo siempre se mantenía al margen de las movilizaciones nacionales, más bien nosotros concordamos con mis compañeros y amigos del colegio que la realidad que se vive ahí dentro tiene que ver con una especie de burbuja, al interior es todo lindo, pero son muy pocas las veces que se nos había vinculado con el exterior y los hechos que marcaban pauta en educación a nivel nacional. Si bien para el año 2006 los cabros que cursaban en enseñanza media se tomaron el Liceo, yo no recuerdo que haya existido siquiera una jornada de reflexión por el tema estudiantil, para nosotros en la básica. Más bien nos parecía a todos como algo lejano, pero que comenzaba a abrirnos los ojos de una u otra manera al darnos cuenta que también éramos parte del problema.

Es por este mismo motivo que una vez que el movimiento empezó a crecer a nivel nacional el 2011, nos organizamos como Centro de Estudiantes junto a un grupo de compañeros(as) que, motivados(as) por concientizar al resto del universo estudiantil al interior del colegio, tuvimos que remar contra viento y marea en un principio. Al paso del tiempo, los directivos del Liceo se interesaron en la forma como estábamos manejando el tema, y conseguimos jornadas y más jornadas de concientización y reflexión para todos, desde séptimo básico hasta cuarto medio, así todos tuvieron la posibilidad de romper la burbuja y conocer sobre lo que ocurría a nivel nacional: cuáles eran las demandas y lo que se exigía. Hacíamos comparaciones con el modelo educativo previo a la reforma del 81 y el cambio de paradigma que se generó con éste, entre otras cosas. Si bien fue un poco desgastante el proceso al interior del colegio, pudimos abarcar un buen grueso de estudiantes que se interesaron en lo que estaba ocurriendo y así pasar al siguiente nivel: salir a la calle.

Marchar es un acto cívico poderoso que tiene como herramienta la ciudadanía, para incidir en la construcción política de la nación. Es manifestar un descontento social por el contexto político imperante en el que se desarrolla el país. Así lo entendíamos y cada vez era importante ir aumentando la correlatividad de fuerza en la calle para emplazar al gobierno en ese momento.

Nos conseguimos permisos con los directivos del Liceo y pasamos avisando sala por sala, curso por curso, que se aproximaba una movilización nacional. El 4 de agosto era la fecha, y el que quisiera asistir tenía que llevar una autorización firmada por el apoderado para dejar el colegio a las 09:15 AM ese día jueves. Fue así como llegó el día y los ánimos de caminar por el plano de Valparaíso junto a miles de estudiantes, padres y apoderados, funcionarios y profesores, eran enormes. Recuerdo que hice un conteo más o menos rápido para saber cuántos estudiantes llevaba el piño del Juan XXIII a Valpo ese día. 100 compañeros alcancé a contar. Nos íbamos rumbo a Valparaíso, desde el interior de la región.

En el Metro ya se vivía ambiente de movilización. Se notaba que la gente arriba de los vagones se dirigía a la marcha en Valparaíso, ánimos de revolución, cambios al modelo educativo, íbamos todos en busca de la alegría que nos prometieron, pero que no llegaría sola. Fue así como al adentrarnos por el plan de la ciudad dentro del metro notábamos la fuerte represión policial que se venía, se dejaban ver los zorrillos y guanacos transitando por Av. Errázuriz. Lejos de amedrentarnos, nos bajamos en la estación Bellavista para caminar hacia la plaza Sotomayor, punto donde comenzaría la marcha. Unos compañeros subieron a la pasarela de Bellavista y desplegaron el lienzo que llevábamos, que había acompañado años atrás en la Revolución Pingüina a los cabros de la toma anterior del colegio. “Si el presente es de lucha, el futuro es nuestro”. El Che Guevara se hacía presente. Bocinazos en forma de apoyo fue la reacción de la gente que pasaba y nosotros, animosos, seguimos caminando hacia donde se encuentran sepultados nuestras glorias navales.

Una vez en la Plaza Sotomayor descansamos un rato mientras seguía congregándose la gente que participaría de aquella jornada marchando. Mientras esperábamos, conversábamos y tirábamos una que otra talla entre amigos, se me acercó una periodista de la Radio BíoBío para entrevistarme rápidamente sobre qué se esperaba aquel día en la marcha de la ciudad y cuál era mi opinión sobre la negatividad de Hinzpeter a dejarnos marchar (lo que tuvo réplicas en las autoridades de Valparaíso, ya que el Gobierno Regional de Valparaíso tampoco había autorizado la manifestación), y la periodista igual aprovechó de avisarme que, a esa hora -11 AM más o menos- ya estaba la cagá en Santiago entre los estudiantes y los pacos.

El temor era que no nos dejaran comenzar a marchar y la represión se hiciera parte de la jornada desde un comienzo, pero esto no ocurrió y el carnaval por la educación arrancó a eso del mediodía. Había unas 10 mil personas manifestando su descontento al modelo actual, rechazando la propuesta oficial de Gobierno, demostrando que en regiones también éramos parte del movimiento, semana tras semana, esta marcha no era la excepción.

Nos topamos con varios ex alumnos de nuestro colegio que marchaban con sus carreras universitarias y que no escondieron su alegría de vernos como representantes del colegio sumándonos a la manifestación en la calle. Unos compañeros bien capos para la percusión llevaron un par de cajas e improvisaron una pequeña batucada que avivó bastante nuestra excursión por las calles de Valparaíso. Gritamos, bailamos, corrimos, saltamos y cantamos hasta el final, había que aprovechar la jornada en la ciudad Puerto.

El recorrido que empezó desde la Plaza Sotomayor, pasando por la calle Cochrane, Esmeralda y Condell para enfilar por Pedro Montt hacia la plaza del pueblo Salvador Allende, terminó para nosotros cuando íbamos entrando al Parque Italia, más o menos frente al Cine Hoyts. La masa de gente yacía detenida, limitada para seguir avanzando por las bayas papales. Ni bien pasaron tantos minutos desde que nos detuvimos hasta que empezaron a sonar las sirenas de los carros policiales. Guardamos nuestro lienzo y les dije a todos los cabros de mi colegio que estaban cerca que mejor era retirarse del lugar para evitar cualquier tipo de problema, mientras tanto hacía su entrada ese detestable olor y humo del gas lacrimógeno. Virar de ahí era la mano, algunos hicieron caso, otros más valientes y avezados se quedaron disfrutando de esa postal. Al terminar ese día en la noche y al día siguiente me habría dado cuenta que la mejor decisión había sido alejarse del lugar, cuando supe que se habían llevado detenidos a dos compañeros del colegio que se quedaron por ahí.

Bajar de Pedro Montt hacia Errázuriz no fue sencillo. Sólo eran cinco cuadras de distancia, pero el plan de la ciudad era un campo de batalla en ese momento. Los carros policiales no se encontraban sólo al final de la marcha sino también en los alrededores inmediatos del Parque Italia. Bajamos caminando con ganas de acabar la jornada de manera pacífica y que cada uno pudiera volver tranquilo al hogar, pero la represión policial diría otra cosa. Un Valparaíso casi sitiado por las FF.EE. nos complicaron la vida para transitar libremente de manera tranquila por las calles del Plan de la ciudad. Durante un momento hubo una especie de caos entre la gente que se encontraba en el lugar producto de querer alejarse de los gases lacrimógenos y no poder hacerlo en calma, siempre aparecía un nuevo zorrillo o piquetes de carabineros que atentaban contra las ganas de volver a la tranquilidad. Fueron unos minutos en los que simplemente tuvimos que correr intentando buscar un lugar para poder replegarnos en calma con el piño de mi colegio que corrió y del que, de cierta manera, me encontraba a cargo. Fue así como, luego de atravesar la Av. Brasil que parecía zona de trincheras tipo Primera Guerra Mundial y llegar finalmente hacia Errázuriz, retornamos a momentos de calma nuevamente, que no durarían demasiado tiempo. Nuestra intención era volver hacia Villa Alemana, así que caminamos a estación Francia para tomar el Metro. En esos segundos de marcar la tarjeta en el torniquete me doy cuenta que venía un grupo de estudiantes y encapuchados replegándose justamente hacia el interior de la estación y, detrás de ellos, un grupo de pacos que venían como estampida persiguiéndolos. Piedras iban y venían, por lo que rápidamente la decisión fue tomar el tren que venía llegando en dirección hacia Puerto y esperar que se acabara la guerrilla en la ciudad para salir en dirección hacia Villa Alemana. Ya arriba del vagón pudimos notar, mientras nos íbamos acercando a Puerto, que había varios y distintos puntos desde donde emanaba humo de barricadas y gases lacrimógenos, lo cual no era nada nuevo, pero sí llamativa la cantidad de zonas que había en enfrentamiento. Por lo demás, me pareció ver militares en los alrededores de las líneas del Metro, pero fue algo que esbocé de reojo y me quedó la duda. En la tarde de ese día escuché y leí testimonios de gente en las noticias y redes sociales sobre esto mismo.

Al momento de llegar a la estación Puerto pensamos que podríamos rápidamente esperar que ese mismo tren saliera hacia el interior y por fin viajar de forma tranquila a casa, pero cuando nos bajamos nos enteramos que se encontraba suspendido el servicio del Metro hasta Barón por los enfrentamientos entre protestantes y carabineros en las líneas férreas. Parecía un mal chiste, pero tuvimos que buscar otra opción para dejar la ciudad, tomar micro tampoco era opción porque el tránsito por Av. Errázuriz estaba cortado así que tuvimos que caminar desde Puerto hasta Bellavista. A esa hora ya teníamos hambre así que hicimos las monedas y nos fuimos almorzar al Telepizza. Ya había pasado alrededor de 2 horas y media desde que había terminado la marcha y la pizza, tiempo más que prudente como para que se apaciguaran los ánimos en la ciudad, pero nuestra sorpresa fue mayor cuando salimos del local de comida y nos encontramos con los enfrentamientos entre la turba de universitarios y fuerzas especiales a unas dos a tres cuadras desde donde nos encontrábamos en ese momento, mientras que a 200 metros al horizonte el humo que inundaba el limpio cielo de la ciudad-puerto nos hacía parecer que nos encontrábamos en una ciudad industrial. Tremenda fue la parafernalia que tuvimos que hacer para poder tomar micro en calle Independencia e irnos hacia la casa. Durante todo el trayecto en la ciudad seguíamos viendo humo y carros policiales: largo fue el aguante de los estudiantes en sus casas de estudio.

Si bien no se puede negar que hubo gran resistencia por parte de los jóvenes estudiantes, tanto encapuchados como a cara descubierta, la fuerza y prepotencia policial -ese día precisamente y ese año 2011- marcaron la pauta de cómo era la forma de dialogar para el poder Ejecutivo con la ciudadanía que se empoderaba de las calles para hacerlas parte de su canal de lucha. Esto no gustó nada en el Ministerio del Interior, que cada vez que pudo satanizó y desprestigió esta vía de protesta social. Esto se dejaba ver en la prepotencia de sus Fuerzas Especiales de Carabineros de Chile, los cuales a mí parecer han manchado su imagen a lo largo de estos años de movilización por la forma en cómo se ensañan contra el pueblo. La falta de respeto y abuso de poder la he palpado desde la calle.

Nos demoramos alrededor de seis horas poder dejar la ciudad desde que empezó la marcha, ya que, por cierto, el aguante de los estudiantes no terminó temprano, pues una vez que pude estar en mi casa y prender la tele para ver cómo contaban esta noticia en los medios, me enteré que siguieron enfrentándose hasta altas horas de la tarde-noche y que la marcha que se encontraba fijada para la tarde, por razones obvias, no se llevó a cabo.

El descontrol que se vivió ese día quedará en el recuerdo colectivo de quienes nos encontramos ese 4 de agosto marchando por las calles del Puerto. Una jornada que no se borrará nunca y que recordaremos como la histórica vuelta de los cacerolazos a las calles del país, para dejar atrás los lumazos del día que acababa. El llamado por parte de los dirigentes estudiantiles para manifestar nuestro descontento por la fuerte represión policial que se vivió tuvo buena acogida en el país. Hicimos notar, una vez más, que somos contrarios a todo tipo de represión y que no nos callaríamos, aunque así lo quisieran. No lo logró ese día, por más coercitiva que fuera, la fuerza de orden del Estado, pues la voz ciudadana se hizo más fuerte esa noche. Yo, por mi parte, me junté con mi amigo Francisco Hidalgo -alias el Nano-. Con nuestras ollas salimos a meter ruido a los paraderos de Villa Alemana y Belloto, esperando que la ciudadanía normal, la que trabaja día a día y se saca la cresta con tal de poder entregar lo mejor a sus hijos, se enterara que no estábamos conformes con lo que ese día en especial había ocurrido. Más aún luego de conocer lo que Rodrigo Hinzpeter, ex ministro del Interior para aquel entonces, había dicho a los dirigentes estudiantiles: “si marchan, los muertos serán culpa de ustedes”. Usted saque sus propias conclusiones. Yo al menos espero no tener que leer nuevamente mensajes tan fascistas como ése en el Chile que queremos.