Todos serían protagonistas de este baile, nadie iba a sobrar. Y salimos a la calle nuevamente, las madres, los padres, los hermanos, las hermanas, los vecinos, las vecinas, al mismo grito. Caminábamos por los pasajes sintiéndonos dueños, por primera vez, de nuestra historia”.

Solíamos traer el sudor de pasos cansinos, agobiados por la mecha represora que incendiaba el caminar de las grandes alamedas, donde el hombre libre despojado de sus sueños, era amedrentado por la ira insaciable del Dios-Estado, a punta de lumazos y patadas resonantes, que hacían iluminar el cantico más neoliberal de la razón o la fuerza.

El escape hubiese sido más sencillo. Huir por el paseo ahumada a alguna galería, esconderse en la casa central de la Chile, o simplemente correr, sin rumbo, hacia donde no llegara la perversidad del progreso y su aparataje de hombres nuevos uniformados, profetas iluminados del orden, y pregoneros de la patria desterrada, la misma que por años mintió con la falacia reconciliadora.

La bandera, testigo recurrente y preferencial de este espectáculo, ahorcaba de vergüenza a la estrella solitaria, porque si esta era la copia feliz del edén, el pueblo se convertiría en su peor enemigo.

Y tanto que habíamos resistido en la espera sin tregua del tiempo, hacia aquel día de agosto. Había que despertar, porque sabíamos que la melodía oxidada de la revolución, vería la luz sonando en las calles de la población. Todos serían protagonistas de este baile, nadie iba a sobrar. Y salimos a la calle nuevamente, las madres, los padres, los hermanos, las hermanas, los vecinos, las vecinas, al mismo grito. Caminábamos por los pasajes sintiéndonos dueños, por primera vez, de nuestra historia. Ante el asombro de los pacos que vivían ahí mismo, la lucha tenía más sentido que nunca.

Al ritmo de cacerolazos comprendimos que todos los temores, no eran más que los clamores olvidados del destino, pidiendo a gritos su libertad.

Aquella noche,

volvimos a tener fe,

porque supimos,

que nunca estuvimos solos.