Fui el único de mi pasaje en salir con mi olla golpeando y con cánticos por una educación para el obrero. Muchos vecinos abrieron las cortinas para mirar de dónde provenía el ruido. Fui el único, por más de media hora, que agité la noche de mi pueblo en el paradero que se encuentra en la esquina del pasaje”.

 

Las semanas previas al 4 de agosto fueron muy agitadas: por todas partes se levantaban asambleas de generación, de carrera, de facultad. Los foros sobre educación gratuita, sobre el rol represivo del Estado en las marchas, se tomaban las salas y los patios de las facultades. Se respiraba autoeducación por todos lados. Fue una semana difícil y, en medio del paro, con un grupo de amigos decidimos realizar un partido de futbol en la cancha del parque San Borja, el día escogido, el 4 de agosto.

La CONFECH había llamado a marchar ese día y la intendencia no había autorizado la marcha y, lo que fue peor aún, no autorizo ningún recorrido alternativo: la idea era evitar a como diera lugar la marcha. No presté atención a la negativa de las autoridades, ya nos habían negado marchar por la Alameda una vez anterior, pero nos habían autorizado a última hora gracias a la masividad de la gente reunida en Plaza Baquedano. Pero yo, la verdad, estaba preocupado del partido en el San Borja, viendo los detalles de los asistentes, de las camisetas y de cómo nos formaríamos el día del partido. Ir a marchar ese día era algo secundario. Desperté temprano para ir a jugar, no me preocupé de encender la televisión y menos ver el Facebook. Agarré mi bolso con toda mi indumentaria. Iba lo más bien en el metro cuando el carro del metro para en la estación Irarrázaval, y el conductor habla por los parlantes advirtiendo a los pasajeros que las estaciones siguientes se encontraban cerradas por los desórdenes en la superficie. Me bajo raudamente del metro y subo a la superficie. Para desgracia de todo el mundo, el aire estaba irrespirable por culpa de las lacrimógenas y las barricadas. No quería pelear con los pacos, sólo quería llegar al san Borja para el partido. Corrí por la calle Portugal y luego por otras calles chicas para evitar a los pacos y las barricadas que cerraban todas las calles. Luego de correr y buscar diferentes caminos llego al Parque, pero se encontraba cerrado y rodeado de pacos. Trato de entrar por un rincón y soy sorprendido por estos últimos. Me agarran, me quitan el bolso y se dan cuenta que iba a un partido. Me quedan mirando, se ríen y me sueltan. Me voy con toda la rabia por la actitud de los pacos y por no haber jugado, me vengo a mi casa, otra odisea más, porque todas las estaciones de metros se encontraban cerradas, así que tuve que tomar la 210 para poder llegar.

Mi casa queda en Pirque, una comuna muy retirada y con una identidad campesina y servicial al patrón muy arraigada. Desde que tengo conocimiento, los alcaldes son de derecha. Al llegar, enciendo la televisión para ver lo que había sucedido y por lo que vi la represión fue brutal. Abro mi cuenta de Facebook y había un evento que se viralizaba por todas las cuentas de mis amigos: un ‘cacerolazo’ en protesta por la represión. Fui el único de mi pasaje en salir con mi olla golpeando y con cánticos por una educación para el obrero. Muchos vecinos abrieron las cortinas para mirar de dónde provenía el ruido. Fui el único, por más de media hora, que agité la noche de mi pueblo en el paradero que se encuentra en la esquina del pasaje. Cada vez que pasaba una micro, los pasajeros me quedaban mirando. Quedé conforme con uno que otro bocinazo de los automovilistas dándome ánimo.