Estaban todos mis vecinos. Algunos que no veía hace años, incluso la Camila, que estaba media asustada y escondida, porque su pololo era paco, y no quería pillárselo, fue con su abuela, la de la verdulería. Estaba el Claudio, un vecino con el que jugaba de cabro chico y que ahora apenas nos saludábamos. La tía Carmencita, que me cuidaba cuando mi mamá trabajaba, con su hija, la Andrea.”

Partimos a la marcha convocada por los secundarios, que creo fue citada a eso de las once de la mañana, como habían sido convocadas las anteriores. Yo sabía que en la tarde había otra convocatoria hecha por los universitarios y ambas no habían sido autorizadas. Teníamos fresco en la memoria una marcha que no había recibido autorización y que, sin embargo, tuvo tal convocatoria que las Fuerzas Especiales se vieron obligadas a dejarnos marchar.

No recuerdo los detalles de la marcha, o al menos su orden. Andábamos con las caras pintadas como mimos. Recuerdo haber intentado cruzar Plaza Italia como tres veces, correr por Providencia, haber terminado con unos cien marchando por Bellavista, para luego correr por el parque Forestal. Creo que la idea era lograr llegar a la Alameda en un punto más cercano a la Moneda. Este último grupo con el que estaba no superaba las 200 personas, en algún punto cercano a Bellas Artes, nos trataron de interceptar dos furgones de pacos. La mayor parte del grupo se detuvo y empezó a rodear a los furgones. Arengando, gritando que éramos más que ellos, armados con algunos palos, otros con piedras. La duda estaba en el aire, todos estaban considerando un mano a mano. Finalmente, ellos, algo asustados, dispararon primero. El grupo se dispersó.

Más abajo, llegando a Estación Mapocho, nos hicieron una encerrona luego de otro corte de calle. En ese punto ya eran cerca de las cinco de la tarde y con mis amigos estábamos cansados, por lo que decidimos devolvernos. Yo fui al Preu. En la clase de Lenguaje todos estaban comentando que estaba la cagá en todos lados. Por primera vez nos poníamos a conversar con mis compañeros de preu, a comentar lo que estaba pasando, sobre los controles de identidad en todas partes, sobre que te revisen la mochila.

Termina la clase, me voy a tomar la micro o el coleto al 14. Y no sé cómo terminé hablando con un colectivero sobre las protestas, él me empezó a decir que ellos también se iban a movilizar, y que debíamos hacerlo juntos para pegar más fuerte. Luego de un par de tallas sobre la política y los trotskistas, que en ese momento no entendí, me dijo que para dónde iba, y que él me llevaba, que iba a terminar el turno ahora. Le dijo a otra señora que venía a tomar el colectivo que la llevaba no más.

Nos fuimos conversando de política, de que hay que cambiar las cosas, y en eso, siendo entre las ocho y las nueve, cuando recién tomamos Walker empezamos a ver algunas señoras con ollas a las afueras de sus casas, luego familias enteras, padres e hijos. No era una concentración, sino que eran distintos sujetos en las distintas cuadras de todo Walker Martínez. Con el colectivero no lo podíamos creer. Cuando llegamos a avenida La Florida, vimos que se estaba aglomerando gente en la esquina. Entonces me despedí, y me fui corriendo para la casa, le grité a mi mamá y a mi hermano que salieran, mi mamá estaba como asustada, pensó que me pasaba algo. Les dije que fuéramos a la esquina, que estaban todos los vecinos allá.

Era extraño, tanto rato siendo uno el que protestaba, y no saber qué se hacía en esta. Con mi hermano sacamos las primeras ollas que pillamos, que eran las más grandes y más nuevas. Apenas llegando a la esquina una vecina nos dijo que cómo sacábamos esas, que fuéramos a buscar las más viejas. Nos devolvimos.

Ahora sí. Estaban todos mis vecinos. Algunos que no veía hace años, incluso la Camila, que estaba media asustada y escondida, porque su pololo era paco, y no quería pillárselo, fue con su abuela, la de la verdulería. Estaba el Claudio, un vecino con el que jugaba de cabro chico y que ahora apenas nos saludábamos. La tía Carmencita, que me cuidaba cuando mi mamá trabajaba, con su hija, la Andrea. Me encontré también con mis ex compañeros del colegio que vivían por ahí, compañeros de entonces también, unos ex vecinos, algunos cabros que cachaba de las marchas territoriales o que nos veíamos en las asambleas del Cordón.

Éramos como trecientos y seguían llegando. Bajaban desde Walker, venían desde los Copihues. Ya no cabíamos en las esquinas, así que nos tomamos la calle, una esquina tras otra. Teníamos las cuatro, y al medio se armaba un carnaval, se formó una batucada espontánea. Ahí andaba metido mi hermano chico, que con su caja incluso la llegó a dirigir en un momento.

Cuando ya bordeábamos las quinientas personas, los pacos empezaron a acercarse más. Recuerdo que desde México empezó a subir una patrulla de a poco quedando como a un paradero de avenida. Hasta allá los fuimos a buscar, debimos de ser cien personas. Todas caminando hacia el auto, este arrancó. Se celebró la primera victoria.

Se empezaron a prender las barricadas. En ese momento, si mal no recuerdo, el Benja estaba en toma, por lo que ellos deben de haberse hecho cargo de la fogata de Walker a la costa. Cerca de Chacón Zamora había una, otra al lado del Santa Isabel, y la última por ahí donde empiezan las canchas por avenida hacia el Sur. En total eran cuatro y en medio estaba toda la gente en una especie de carnaval.

No recuerdo muy bien cómo fue que llegaron los pacos, sólo recuerdo que eran tantos los camotazos que no podían ni bajarse de la micro. Eran primerizos en esto, nunca habían tenido protestas de estas dimensiones en La Florida. De la puerta de la micro salía una mano que tiraba una granada de lacrimógena, luego arrancaba en medio de una lluvia de piedras. Los cartuchos que nos disparaban, la gente los tiraba al paso bajo nivel. Esto se repitió hasta muy tarde en la noche.

Después de aquel día, todos los jueves, que empezaban con una marcha en el centro, terminaban con un cacerolazo en la casa. Inaugurando un nuevo lugar de protesta, y de encuentro. En mi casa refugiábamos a vecinos, amigos y heridos, se guardaban bicis, mochilas o lanzapapas. También se tomaba tecito, se conversaba harto, se atendían heridos o se reagrupaba gente. Y al final siempre nos quedábamos con alguna paila o sartén guacha, la mayoría ya inútiles para algo que no fuera cacerolear.