Mientras camino por el campo de batalla –que es en ese momento todo el centro- escucho el resonar de las cacerolas. Es ensordecedor. Logro pillar una micro y me subo. En todo el tramo veo gente en las esquinas haciendo ruido, familias, personas comunes y corrientes. Es realmente emocionante. Me bajo del Transantiago y en 5 de Abril ya hay unas 15 barricadas. Está lleno de gente, parece de día”.

El 4 de agosto del 2011, yo tenía 26 años y trabajaba como operario en una fábrica química en el sector industrial de la histórica comuna de Cerrillos, la misma donde surgieron esos incipientes embriones de poder obrero en los álgidos ’70: los Cordones Industriales. La pega era tediosa, pero habían perspectivas para hacer algo en el plano sindical y molestar a los jefes.

El ambiente estaba a años luz de aquella época heroica, pero las y los compañeros de trabajo –para nada politizados- comentaban lo que ocurría en las calles con las y los estudiantes. ¿Obvio no? Las y los hijos de muchos de aquellos obreros y obreras eran los protagonistas de una creciente oleada de luchas que no se veía desde los oscuros años de la Dictadura. Y a la que a muchos, a pesar de la experiencia militante, nos tomó por sorpresa.

Terminé mi turno a las 18:00 horas y me apresuré en dirigirme a Plaza Italia, ya que el movimiento había llamado a marchar en respuesta a la dura represión que habían sufrido las y los estudiantes durante la jornada en diversos puntos de la capital, pero por sobre todo, en el centro. Llevo en mi mochila una lata de spray y un montón de boletines que contienen un “análisis de coyuntura” de la organización política en la que militaba en aquel tiempo, la Federación Comunista Libertaria de Santiago –un pequeño grupo anarcocomunista-.

En la estación de metro Las Rejas me encontré con un compañero del barrio e intercambiamos algunas impresiones. Ya íbamos algo justos en la hora. Llegando al centro llamé por celular a otro compañero que se encontraba en Plaza Italia y me dice que ya todo es un caos, la policía reprime a diestra y siniestra, y que incluso montados a caballo dispersan a la gente que alcanzó a llegar. Son las 18:45 horas.

Como ya es imposible llegar al punto de inicio de la marcha me bajo del tren subterráneo en la estación Universidad Católica. Han lanzado gas lacrimógeno a las boleterías en donde se han refugiado algunos manifestantes. Los guardias nos impiden salir y cierran las puertas. Junto con una multitud forcejeamos una entrada y la logramos abrir. Salimos a la calle y está completamente llena de grupos de personas que comienzan a marchar en dirección a La Moneda. Me sumo a un grupo. Un helicóptero sobrevuela el lugar y nos alumbra con un potente foco. Nadie lo toma en cuenta, el ambiente es de alegría y de un entusiasmo desbordante. En medio de la multitud, veo a un amigo, militante del SINTEC –Sindicato clasista de la construcción-, conversamos un poco de la situación y luego nos separamos. Hay una enorme barricada incendiaria en Portugal con la Alameda. Yo sigo avanzando.

La policía está desbordada. Es una revuelta de proporciones. Las fuerzas especiales de Carabineros tratan de cortar el paso al grupo con el que camino, en San Antonio con la Alameda. Nos lanzan lacrimógenas al cuerpo, les lanzamos lo que tenemos a mano y corren despavoridos. A esta altura ya he repartido todos los boletines y ya he rayado unas cuantas murallas.

Llego al frontis de la Casa Central de la Universidad de Chile. Está tomada hace días y suena música de protesta a todo volumen por los parlantes que las y los ocupantes instalaron. Hay duros enfrentamientos con las fuerzas represivas, intentan quebrar la manifestación pero no lo consiguen. Hay rumores de muertos: “alguien en Plaza Italia”, “otro en la UTEM”. Eso da más ímpetu a quienes combaten a la policía. Decido que es necesario volver al lugar donde vivo y ver que sucede allá: Villa Francia.

Mientras camino por el campo de batalla –que es en ese momento todo el centro- escucho el resonar de las cacerolas. Es ensordecedor. Logro pillar una micro y me subo. En todo el tramo veo gente en las esquinas haciendo ruido, familias, personas comunes y corrientes. Es realmente emocionante. En el paradero para tomar la micro a mi casa, comienzo a golpear, junto a otros jóvenes que están allí, el metal con una moneda. Toda la gente en el lugar comienza a hacer lo mismo. Me bajo del Transantiago y en 5 de Abril ya hay unas 15 barricadas. Está lleno de gente, parece de día.

Me encuentro con conocidos, vecinos, compañeras y compañeros. Junto a un grupo nos quedamos a cargo de una barricada. La policía no llega, según la radio ocurre lo mismo en innumerables puntos, y no se lo esperaban. Nadie se lo esperaba.

Para matar el tiempo, jugamos a reventar latas de spray vacías en varias fogatas. Caminamos por dentro la población gritando consignas. Algunos militantes dan discursos en las barricadas para dar contenido al asunto. La gente está contenta. Nunca había visto tanta gente en una protesta nocturna en aquella población. Aparecen hasta fuegos artificiales.

Los más jóvenes se aburren y deciden saquear el servicentro Copec ¿Qué le vamos a hacer? Entran y reparten lo que sacan entre la masa de manifestantes: helados, galletas, bebidas, cervezas, pan, todo. Lo que no sirve para comer o beber, es lanzando a las hogueras. Repentinamente aparece un retén móvil de carabineros, se bajan dos aterrorizados pacos y disparan gas lacrimógeno. Nadie los toma en cuenta, les tiran devuelta sus bombas, y desaparecen. Son casi las 2:30 de la madrugada, hay que retomar la rutina del trabajo asalariado luego y estoy exhausto. Me voy a dormir con una sonrisa de oreja a oreja. El tumulto continua en la calle, quizás hasta qué hora.

Ha pasado el tiempo y aún sigo en la pelea. Hace 5 años vivimos una jornada inolvidable. Nos quisieron dar un golpe de muerte, pero sucedió algo inesperado: de pronto, toda la rabia contenida durante años, estalló “espontáneamente”. Nadie nunca supo cómo, pero la chispa se encendió, en todas partes, de manera simultánea. El terror con el que nos mantenían a raya, se esfumó de golpe. Esa noche fueron ellos los que no pudieron dormir tranquilos. Por primera y única vez las calles fueron realmente nuestras. Eso no sucede a menudo. Haber estado allí en aquella bella y caótica vorágine, es un privilegio, algo que nunca podrán quitarnos. En medio del fuego, el gas lacrimógeno, el estruendo de las miles de cacerolas, corriendo de un lado para otro hasta bien entrada la madrugada, en el centro y en las poblaciones olvidadas, vimos subir la luna por sobre las barricadas y esbozar una sonrisa en los rostros de nuestra gente. Ese día, por fin, todo pareció valer la pena y nuestros corazones se inflamaron de esperanza. Y todavía avanzamos hacia la vida.