Volví a la casa de mi madre muy tarde, habiendo tenido el celular apagado en una de las jornadas que más le recordaron a la dictadura. Pero su enojo no duró mucho cuando me vio rebosante de felicidad, bailando mientras le contaba lo que había visto, y le hablaba de los cacerolazos y las familias en la calle, mi recientemente adquirida conciencia sobre el valor de la lucha callejera”.

 

El día 4 de agosto de 2011 tuvimos una asamblea en mi Escuela en la que por primera vez se habló de miedo. Miedo a los pacos, miedo a la represión desmedida, miedo al fantasma siempre presente de la tortura y la arbitrariedad del Estado y sus aparatos. Nos costó un rato largo de discusión armarnos de ganas para decidirnos a ir a plaza Italia. Nuestro espacio acostumbrado al privilegio no solía tener razones para pelear, pero ese día las razones eran de todos. No podían pretender quitarnos el derecho a tomar la calle. El autoritarismo se presentaba demasiado al desnudo como para pasarlo por alto.

Armamos un grupo y partimos, pero no pudimos salir en Plaza Italia, las redadas constantes hacían que fuese absurdo intentarlo. Nos bajamos del metro en Parque Bustamante, pero solo alcanzamos a avanzar un par de cuadras. Logramos contactarnos con otros compañeros que nos dijeron que fuéramos a la FAU1, donde había un punto de repliegue. Llegamos ahí, nerviosos y emocionados. Nos dijeron que una vez dentro no podríamos salir. Dudamos qué hacer (recuerdo a un compañero insistiendo en que quedarse encerrados sonaba muy mal), pero finalmente decidimos entrar. Estaba bullendo de gente y sobre los techos de unas edificaciones que había junto a la calle, un grupo de compañeros y compañeras se habían puesto capucha y se habían abastecido con una cantidad ingente de piedras y trozos de ladrillos. Recuerdo que en ese tiempo nuestra opinión general, en mi espacio social, era de rechazo a la violencia en la protesta.

Esa fue mi primera sensación también, al verlos. Pero esa sensación se borró de un plumazo cuando vimos venir a las Fuerzas Especiales, que no podían avanzar hasta la puerta de entrada gracias a esxs compañeros y compañeras y su despliegue. Peñascos iban, peñascos venían. Cuando vimos a los pacos tirar madera prendida hacia adentro de la Facultad, mientras escuchábamos y veíamos a los helicópteros volar sobre nuestras cabezas con el rumor de que había ya dos muertos, esas aprensiones sobre la violencia se desvanecieron. Apareció por primera vez en mi mente la palabra “autodefensa”. Qué sobreprotegida debo haber estado para no haberla pensado antes. Pero ese descubrimiento nuevo me llenó de emoción y de gratitud hacia quienes habían tomado la tarea de organizarse y oponer resistencia. Gracias a ellos y ellas pudimos salir a la calle después de pasar un rato convenciendo a lxs encargadxs de la puerta.

Salimos a Portugal, donde había una barricada cuyo fuego se elevaba varios metros. En ella, compartían personas de distintas edades, ayudando a levantarla o simplemente estando ahí, protegidas del avance de los pacos. Seguimos por Portugal hacia el sur pero no pudimos hacerlo mucho más: un chofer del Transantiago había dejado el bus tapando la calle. Recuerdo que al verlo reímos de emoción, y esa emoción se amplificó cuando empezamos a escuchar el sonido de las cacerolas haciendo eco por las calles del centro. Salimos corriendo y un par de veces tuvimos que arrancar del guanaco y las cucas. Por todas partes aparecía gente en las ventanas y en los balcones haciendo sonar sus ollas. Caminamos por lo que pareció mucho rato, pero no debe haber sido tanto. Llegamos hasta Santa Isabel, donde nos detuvimos a comer algo. Cuando salimos, nos encontramos con un grupo muy grande de gente en la esquina de Bustamente y Santa Isabel, bailando en el semáforo. En cuanto la luz cambiaba a verde, volvían a la vereda, y los autos pasaban lentamente, tocando las bocinas, y los conductores asomaban las cabezas sonriendo o diciendo cosas que no alcanzabámos a escuchar. Cuando cambiaba a rojo, volvíamos a bailar en la calle. Familias, estudiantes, viejos, niños. Me preguntaba si alguna vez me había sentido más cómoda en algún lugar.

Pocos minutos después llegó el guanaco y alcanzamos a escondernos. Nos dispersaron. No pasaron dos minutos antes de que estuviéramos en la esquina de nuevo, bailando en silencio. Esa rutina se repitió un par de veces más.

Volví a la casa de mi madre muy tarde, habiendo tenido el celular apagado en una de las jornadas que más le recordaron a la dictadura. Pero su enojo no duró mucho cuando me vio rebosante de felicidad, bailando mientras le contaba lo que había visto, y le hablaba de los cacerolazos y las familias en la calle, mi recientemente adquirida conciencia sobre el valor de la lucha callejera y todo el detalle de lo que había sido, y sigue siendo hasta ahora, uno de los días más felices de mi vida.

1 Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile.