No sé qué hora habrá sido, pero ya en la madrugada se cortó la luz. El silencio al interior de la facultad era total. Pero, a lo lejos, seguían escuchándose cacerolas, gritos y canciones. Era el pueblo manifestándose. Eran los viejos que, desempolvando sus banderas de la Unidad Popular y las ganas contenidas desde las Jornadas de Protesta Nacional en los ‘80, se juntaban con los más jóvenes.”

 

Siempre que recuerdo el 4 de agosto me invade una agradable sensación de esperanza. En general, creo que el 2011 fue un año trascendental para toda mi generación, y que agosto, en particular, fue, para nosotros, el corolario de una movilización que necesitaba estallar. Aunque durante los primeros meses todos repetían lo mismo -“le doy dos semanas más a la toma, después seguro volvemos a clases”-, la realidad nos golpeó a todos en la cara: ya era agosto, y luego de casi seis meses de movilización, si mirábamos hacia atrás, habíamos marchado, nos habíamos articulado con las organizaciones aledañas a nuestro lugar de estudios -la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile-, habíamos hecho talleres de autoformación y cuanta actividad se nos ocurriera y, sobre todo, habíamos logrado un compromiso que difícilmente pudo borrarse en los años que siguieron. A todos nos daba la sensación de que el tiempo se había acelerado.

En ese contexto, el 4 de agosto marcó un hito. Se había convocado a una doble manifestación: secundarios en la mañana y universitarios en la tarde. Nunca entendimos esa absurda división, así que acordamos asistir de todas maneras a la marcha convocada por la ACES. Todos sabíamos que íbamos a ser, a esas alturas del año, carne fresca para los pacos, pero también era un acuerdo tácito pensar que “algo tenía que pasar, o el peso del desgaste y la pasividad iba a caer sobre nosotros”.

Favorable o lamentablemente ese día desperté, luego de varias semanas durmiendo entre mi casa y la toma, tarde. La marcha de la mañana ya había comenzado, así que sólo pude observar, impávido frente a la pantalla, los golpes, las detenciones y la brutalidad policial en su expresión más cruda. Rápidamente, entre quienes lograron zafar de la represión de la mañana y quienes quedábamos en la toma, comenzamos a organizarnos para asistir a la marcha de la tarde. Nos bajamos en Vicuña Mackenna con Irarrázaval y comenzamos a marchar. En el camino, gente se iba sumando, y, los más indecisos, nos aplaudían desde sus autos, las ventanas de sus casas o los paraderos de micro. Cuando llegamos cerca de Plaza Italia, ya oscureciendo, la represión no tardó en llegar: cientos de efectivos de Fuerzas Especiales y una decena de pacos en moto nos empezaron a acorralar. Luego de varios enfrentamientos logramos, cuando nos vimos evidentemente superados en número, entrar al estrecho patio de la Fech para resguardarnos de las lacrimógenas. Al vernos ahí, comenzaron a lanzar más y más lacrimógenas, con la clara intención de crear pánico, pues no había manera de escapar de ellas. Entre las compañeras y compañeros asfixiados por el humo y la imposibilidad de permanecer ahí sin desmayarse, se encontró una rudimentaria solución: entre varias personas se derribó una reja que separaba la Fech de una cancha de entrenamiento de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile. Rápidamente todos comenzamos a saltar hacia allá, ayudando a quienes quedaban atrás.

Sólo una vez dentro de la cancha, logramos dimensionar la cantidad de personas en nuestra misma situación. Debe haber sido un centenar de personas las que, tosiendo y apenas recuperándose, habían logrado “escapar” desde la Fech, y resguardarse momentáneamente en la cancha. Mientras tanto, en el cielo había al menos dos helicópteros que, continuamente, se paseaban por el centro e iluminaban de vez en cuando el lugar al que habíamos llegado. Después de algunos minutos, decidimos, con algunos amigos, pasar a la Facultad de Arquitectura y Urbanismo, saltando una reja. Nos habían dicho que allí se había “replegado” otro grupo importante de estudiantes que habían asistido a la marcha. Efectivamente, una vez ahí, nos percatamos de cientos de estudiantes que estaban en nuestra misma situación, y nos encontramos con varios compañeros y varias compañeras que habíamos perdido de vista en el camino. Con ellos y ellas, y tras recorrer de punta a punta la facultad, nos dimos cuenta que era imposible salir. Estábamos, literalmente, sitiados. Nos esperaban pacos por donde se nos ocurriera. El flanco más despejado era Portugal, pero sólo gracias a una barricada constante que se mantuvo, con dificultad, tras enfrentamientos permanentes. En medio de la oscuridad y el caos, comenzaron a rondar algunos rumores: uno, dos y hasta tres muertos se decía que era el saldo de la manifestación de esa noche. A todos nos invadió una sensación de escalofrío, pero también parecía ser generalizada la intención de seguir adelante. “Con mayor razón hay que darle pa’ adelante. ¡Va a quedar la cagá!”, dijo una amiga con la que conversábamos.

De ese último impulso nos tomamos para pensar, entre algunos amigos, cómo salir de ahí. Finalmente, y tras varios intentos fallidos, logramos llegar, a punta de saltar varias rejas, a Diagonal Paraguay, desde donde comenzamos a caminar rápido. Una vez fuera, y a eso de las 11 de la noche, logramos dimensionar en lo que se había convertido la Jornada. Producto de los cortes de calle, era imposible tomar una micro por Vicuña Mackenna, así que decidimos caminar desde ahí hasta donde pudiéramos llegar, de la forma que fuera, a Macul con Grecia, donde estaba la toma. El camino a pie fue, sin embargo, el espectáculo más hermoso que habíamos visto: no es exagerado señalar que, cada dos cuadras, nos encontrábamos con alguna barricada y que, todo el camino, desde el centro hasta Macul con Grecia, estuvimos acompañados del sonido de las cacerolas. Para sorpresa nuestra, no eran sólo estudiantes los que encontrábamos en cada esquina, sino también viejitos y viejitas, mamás con sus hijos y un sinnúmero de personas. En particular, recuerdo con especial claridad el momento en que llegamos a la Villa Olímpica. Ahí, un par de viejitos, de unos setenta años, junto a niños que no superaban los catorce, hacían rodar neumáticos desde sus casas hacia una barricada que, entre una veintena de vecinos, se había levantado en plena avenida Grecia. Con algunos de ellos intentamos evitar el avance de zorrillos y frenar a más de algún paco que llegó, infructuosamente, a intentar poner fin a ese verdadero carnaval popular. Hasta guitarras y música acompañó las cacerolas y las palmas de las vecinas y los vecinos.

Luego de casi una hora en ese lugar, seguimos subiendo por Grecia, y, casi a la 1 de la mañana, logramos llegar a la toma. Allí ya habían llegado varios compañeros y compañeras, pero otros todavía estaban cerca de Plaza Ñuñoa, donde se había convocado a un cacerolazo y a una ‘velatón’ durante la noche. Paralelamente, las barricadas se multiplicaron cerca del campus, donde el Cordón Macul demostró un importante grado de articulación.

No sé qué hora habrá sido, pero ya en la madrugada se cortó la luz. El silencio al interior de la facultad era total. Pero, a lo lejos, seguían escuchándose cacerolas, gritos y canciones. Era el pueblo manifestándose. Eran los viejos que, desempolvando sus banderas de la Unidad Popular y las ganas contenidas desde las Jornadas de Protesta Nacional en los ‘80, se juntaban con los más jóvenes. Era un pueblo que dio muestras, en cada esquina del país, de que no estaba dormido sino esperando el momento justo para dar esperanza y para mostrar, con todas las fuerzas de la historia, de lo que es capaz cuando organiza su rabia.