Pese a que la ola represiva nos disgregó con facilidad, un importante grupo logró avanzar de la mano de la comparsa de la USACH. Ahí estuve junto a algunos amigos. Caminando decididos y cantando las cumbias por la educación, veíamos como en el aire los helicópteros seguían nuestro paso. Partimos diez y terminamos siendo quinientos. La gente se asomaba por sus balcones tocando las cacerolas con cucharas de palo, haciéndose escuchar por todas partes la rabia”.

 

Habían sido meses completos en los que miles de estudiantes nos habíamos convencido de la necesidad de cambiar la educación. Sin embargo, nada de eso pasaría si no existía movilización. Si no nos tomábamos las calles para que el país entero supiera que los jóvenes nos habíamos cansado de tanta promesa vacía.

Ese 4 de agosto, la Intendencia no había autorizado la marcha y el Gobierno manifestó que si los dirigentes insistían en hacer el llamado, las fuerzas policiales iban a actuar. Y así fue. La jornada de protesta inició con el centro de Santiago completamente sitiado por los monigotes de Hinzpeter. De esquina a esquina podíamos ver a los hombres verdosos sosteniendo sus armas represivas, con postura seria y desalmada, esperando atacar cuando fuera necesario.

Con los y las compañeras del colegio, ya buenos amigos, nos asomamos por la salida poniente del metro Parque Bustamante. Los estudiantes corrían entre motos y caballos que se alzaban sobre sus cuerpos, mientras la lacrimógena nublaba la batalla desigual de la que éramos testigos miles de manifestantes. Corrimos mojados por el agua del guanaco a buscar algún lugar donde refugiarnos y, en el intertanto, decenas de compañeros caían detenidos en las manos furiosas del piquete. Más tarde, los medios reconocerían la jornada como una de las más violentas, nunca antes vista.

La impotencia, propia de la represión, me saturó. Pese a lo vivido en la mañana, los universitarios llamaron a manifestarse de igual manera en la noche. Decidí ir. En la misma salida del tren, esta vez a oscuras, el guanaco me empapó. Pese a que la ola represiva nos disgregó con facilidad, un importante grupo logró avanzar de la mano de la comparsa de la USACH. Ahí estuve junto a algunos amigos. Caminando decididos y cantando las cumbias por la educación, veíamos como en el aire los helicópteros seguían nuestro paso. Partimos diez y terminamos siendo quinientos. La gente se asomaba por sus balcones tocando las cacerolas con cucharas de palo, haciéndose escuchar por todas partes la rabia. El grito valiente por la nueva educación.

Las cacerolas aún suenan, aunque con menos frecuencia. Después de casi cinco años, seguimos siendo varios los que no abandonamos el sueño. El sueño que nos arrebataron, y que, por eso, como muchas veces gritamos, no los dejaremos dormir. Algunos dicen que no hemos ganado nada, otros preferimos decir que las experiencias nos servirán para el mañana. Somos los que van y los que vienen, con la rabia incontenible y el deseo de crear. Por lo menos aquí estamos y mientras brille el sol no nos cansaremos de estar.