En eso, llega una compañera golpeando un tarro con un palo, y nos comenta que estaba la cagá en Santiago, que la gente estaba tocando las cacerolas y que se había encontrado con diversos cortes de calle en el camino al liceo. Salimos a la puerta, pusimos atención y efectivamente se escuchaba un tic-tic-tic lejano y proveniente de muchos lugares. Nos sentimos muy emocionadas y fuimos corriendo a buscar los fondos de la JUNAEB. Llegaba a ser gracioso el tamaño de nuestras cacerolas”.

 

La jornada del 4 de agosto fue un día álgido en términos de la movilización, hablando para nosotras. El día partió temprano, en la marcha convocada por secundarios para la primera parte del día.

Nosotras, como todos los días de marcha, salimos rumbo a Plaza Italia, tomamos la micro llenas de banderas, consignas, ganas y emoción. El punto de llegada, como siempre, era la Plaza Salvador. Nos bajamos y fue poco lo que pudimos avanzar, la calle se encontraba cortada por los pacos, había olor a lacrimógena y había piquetes en todas las esquinas.

Intentamos bajar a la calle, juntarnos con los otros piños de gente. La gran mayoría de secundarios que ya estaba en el lugar venían desde Providencia junto a los otros liceos y las universidades. Pero fue imposible, los pacos nos forzaban a seguir en la plaza, acorralados, intentando correr del zorrillo que se subía con ímpetu a la plaza. Los piquetes avanzaban detrás del zorrillo, intentando llevarse detenidos. La cara que podíamos dar era poca, éramos pocos y estábamos claramente superados en número, sentíamos que era un exceso de fuerza policial, la represión se dejaba caer con todo.

Entre tanto y tanto, avanzábamos un poco, nos hacían retroceder, nos dispersaban, nos volvíamos a juntar, avanzábamos otra vez y así toda la mañana. No pudimos nunca llegar a Plaza Italia, por lo que luego de mucho rato, decidimos volver al liceo. Ya era bastante tarde y el día era largo aún, había que estar con ánimo para llegar a la marcha de la noche.

Pasada la tarde, nos preparábamos para volver a salir, esta vez a la marcha convocada por la CONFECH, también en Plaza Italia.

Si pensábamos que la represión en la mañana había sido un exceso, esta vez fue mucho peor, por lo que tampoco logramos llegar a Plaza Italia, otra vez nos dispersaron antes. Sin embargo, esta vez fue diferente, la violencia fue mucho más simbólica, más amenazante.

A diferencia de la mañana, esta vez, estuvimos siempre en la vereda. La Plaza Salvador estaba sitiada, poco se lograba ver, pero se sentía como corrían y pasaban los pacos en caballos, se lograba captar que estaban ahí, que eran muchos y que se imponían. Éramos más que en la mañana, con personajes más diversos, había adultos, escolares, universitarios, y aún así, lejos lo que más había era pacos, y muchas patrullas. Las lacrimógenas eran lanzadas por montón, tanto que el suelo estaba repleto de latas a medio explotar, era casi un juego llevarse algunas de evidencia.

El helicóptero pasaba cada 20 minutos alumbrando desde muy cerca la plaza y los alrededores, también pasaba un zorrillo. Después, muchas lacrimógenas venidas desde la plaza y los pacos a caballo. Corríamos junto a la gente tratando de llegar a Plaza Italia pero era imposible, estaba sitiada también y cuando avanzábamos nos encontrábamos con gente que venía arrancando desde allá. Cualquier intento de agruparnos y avanzar era fuertemente reprimido.

Pasado el rato, y ya un poco más cansadxs, nos propusimos aguantar un ratito más. En eso pasaron por la calle alrededor de 20 patrullas de pacos con las balizas encendidas, era una escena realmente chocante y la reflexión fue que habían sacado a todos los pacos a la calle, y que la represión estaba más fuerte que nunca. Aún así no nos dábamos cuenta de la real magnitud de lo que estaba pasando. Volvimos al liceo, con la moral baja ya que no logramos llegar a Plaza Italia ni en la mañana ni en la tarde, y no fuimos capaces de dar cara, solo logramos aguantar lo que más pudimos. Estábamos cansadas, llegamos y nos servimos un té conversando y compartiendo experiencias acerca de lo que había sucedido. En eso, llega una compañera golpeando un tarro con un palo, y nos comenta que estaba la cagá en Santiago, que la gente estaba tocando las cacerolas y que se había encontrado con diversos cortes de calle en el camino al liceo. Salimos a la puerta, pusimos atención y efectivamente se escuchaba un tic-tic-tic lejano y proveniente de muchos lugares. Nos sentimos muy emocionadas y fuimos corriendo a buscar los fondos de la JUNAEB. Llegaba a ser gracioso el tamaño de nuestras cacerolas.

Salimos y caminamos hacia Los Leones con Providencia. Había gente en esa esquina caceroleando también, además de las muchas personas que estaban en los edificios, lo que daba una sensación especial de Santiago sonando fuertemente.

Pasamos un rato ahí y luego volvimos al liceo, ya con mucha convicción y con la moral un poco más alta nos dimos cuenta del suceso, de lo fuerte que había estado la represión para que Santiago comenzara tocar las ollas o lo que fuera en pos de manifestar el descontento.