Todo esto bajo un permanente sonar de miles de ollas que desde los edificios se hacían escuchar, digo miles sin exagerar, eran miles, sonaban y sonaban, no paraban de sonar, reforzando la idea de que aquí había un todo, una fuerza, una rabia, una solidaridad profunda y permanente, no paraban de sonar, tal vez sólo fueron minutos, pero su intensidad hizo que fueran horas o tal vez años.”

 

Quizás el cuatro de agosto no empezó el cuatro de agosto. Quizás comenzó mucho antes, el dos mil ocho en la conversación de pasillo con mi colega, quizás en la toma de la Universidad del dos mil dos, en la asamblea abierta, en la discusión por los coligües y su uso en las marchas, o tal vez en nuestros intentos de tertulias o debates universitarios en casas de diferentes amigos.

Empezó cerca de las seis y media de la tarde o un poco más temprano. Coordinamos con una entrañable compañera, con la cual nos habíamos decidido a levantar el comunal de profes con fuerza, con sentido de lucha, con sentido de transformación. Confieso que el cuatro de agosto me (nos) pilló, me (nos) alcanzó, sin pensarlo, fue imprevisto, y esto, para quienes hemos intentado pensar y racionalizar muchos de los procesos de organización, manifestación y protesta, fue algo no menor.

Nos decidimos a ir con la Ale. Primero con los profes y luego a lo que salga. Nos encontramos en Baquedano y me dijo que los profes del metropolitano –con quienes generalmente no marchaba porque se iban con la Dirección del Colegio de Profes- estarían en Plaza Italia, afuera de la sede del PC. Acepté bajo mi racionalidad, voluntad característica y la responsabilidad militante que me ha enseñado mi viejo y mi vieja. Nos dispusimos a salir del metro para intentar sumarnos al resto de los colegas, pero la nube de gas fue más fuerte. Los cuatro de agosto la noche aparece cerca de las seis y media o siete, ya era de noche y el gas blanco rodeaba al grupo de profes que intentaba avanzar. La Ale se quedó con ellos, intentamos caminar juntos, pero fue imposible, ella se quedó cerca de la sede del PC y yo me fui caminando hacia el parque Bustamante, poco se entendía, no era como siempre, corres por aquí luego por acá y en general, encontrabas un espacio tranquilo, esta vez la marcha no se había terminado, ese día había que volver cuantas veces fuera necesario a tomarse la calle, cuantas veces fuera necesario.

Mi amada decidió juntarse con sus amigas cerca del metro Bellas Artes. No saldrían a la protesta, o, mejor dicho, lo pensarían, o más específicamente, no lo tenían planificado, lo definirían en el momento.

Llamados, mensajes y encuentros pasajeros iban constituyendo un colectivo espontaneo. Algunos más adelantados, en una nueva geografía emergente, planificaban estratégicamente la ocupación del centro de la capital. Una manzana tras otra iban transformando a gran parte del centro de la ciudad en una protesta incesante, permanente. Contaban que las acciones se expandían, que en cada cuadra se levantaba una barricada, que los pacos estaban vueltos locos, que no daban abasto, que su capacidad se reducía a dar rondas y tirar agua y gases, pero no paraban, estaban disminuidos. Todo reforzaba esta idea, todo y todos. Cada esquina una barricada. Comandantes espontáneos, con una capacidad estratégica impensada. Mi amada junto a sus amigas habían decido salir. A esa altura de la noche la protesta se transformaba en gesta. Uno de los locales de la multitienda “La Polar” ardía en llamas. Era un permanente construir y destruir, levantar símbolos de protesta y destruir referencias de la indignación, que podía ser el local de la Polar o levantar una barricada efímera con la basura de la esquina. Todo esto bajo un permanente sonar de miles de ollas que desde los edificios se hacían escuchar, digo miles sin exagerar, eran miles, sonaban y sonaban, no paraban de sonar, reforzando la idea de que aquí había un todo, una fuerza, una rabia, una solidaridad profunda y permanente, no paraban de sonar, tal vez sólo fueron minutos, pero su intensidad hizo que fueran horas o tal vez años.

La intensidad del momento supero todo lo planificado. Fueron millones los mensajes, las llamadas cortadas, los anuncios y rumores de fuego y violencia que se recibieron. Mis colegas del comunal habían llegado a Plaza Italia, llegaron, fueron, creyeron, estaban ahí, con miedo, pero con fuerza, con miedo, pero superando la inmovilidad, mirando de frente. Es quizás eso lo que queda, el sonido de la protesta, la superación de miedo, la fuerza del colectivo, la esperanza, el futuro, la fuerza.

Caminamos por Vicuña Mackenna para volver. Quedaba poco. Por acá ya no había fuego, si repre, dispersa, incapaz y violenta, pero la cosa ya era un poco más predecible, doblas por acá luego por acá y ya estabas más alejado. Por acá incluso había espacio para quienes quisieron pasearse reproduciendo el último discurso de Allende montados en un auto con un gran parlante.

Esa noche todo fluyó en una escenografía de cambio(s). Se levantó un nuevo sentido común. Para todos/as, no sólo los que estábamos en las calles, todo lo que ocurrió fue valido, correspondía. Tal vez aún no tenemos un nuevo Chile, tal vez aún la fuerza de la rabia, eufórica, a veces ruidosa y otras silente, opresiva y generadora, es aún más potente que la capacidad organizativa del pueblo, quizás aún la rabia individualizada es el motor que mueve la protesta emergente y al mismo tiempo alimenta la esperanza del cambio. Pero sin duda hoy es distinto, somos distintos, todas, todos.