No les vamos a aceptar lo que dicen, conozco a mi hijo y a mí no me vengan con estos montajes. Quiero verlo ahora mismo”, fue lo último que alcancé a gritar cuando uno de estos carabineros me toma por la espalda y me reduce, llevándome hacia el interior de la comisaría con exagerada violencia, sin dejar un solo momento de garabatearme.”

 

Comenzaba el día 4 de agosto con las noticias de diversos cortes de calle en la capital, Santiago y el país estaban movilizados. Mi día estaba completamente programado, participaría junto a estudiantes y funcionarios de la Facultad en la marcha de las 10:30, luego asistiría a mis actividades del Senado Universitario (comisiones y plenaria), y concluiría mi día participando en la marcha de las 18:30 en Plaza Italia. Pero mis actividades fueron interrumpidas por la llamada telefónica que hace mi hijo menor, Rodrigo, de 15 años, estudiante del Liceo de Aplicación, a eso de las 10:30 horas comunicándome -mamá estoy en la tercera comisaría-, por lo que debí hacer un cambio en mi agenda del día.

Cerca de las 11, llego en compañía de mi hijo mayor a la 3º comisaría, y con plena seguridad que allí estaba detenido mi hijo, me dirijo a uno de los 6 ó 7 carabineros que se encontraban al interior, señalándole mi intención de retirarlo. Éste carabinero me indica que “no hay detenidos”, pero frente a mi insistencia severa me indica que espere mientras confirma la información. A los pocos segundos aparece informándome que efectivamente se encontraba allí detenido “por porte de bombas molotov”; respuesta que obviamente no le acepté diciéndole “a mí no vengan con güeás”, e intenté abrirme paso para ingresar a la zona donde tenían a Rodrigo, sin dejar de gritarles ¡son unos mentirosos! y otras palabras poco reproducibles. “No les vamos a aceptar lo que dicen, conozco a mi hijo y a mí no me vengan con estos montajes. Quiero verlo ahora mismo”, fue lo último que alcancé a gritar cuando uno de estos carabineros me toma por la espalda y me reduce, llevándome hacia el interior de la comisaría con exagerada violencia, sin dejar un solo momento de garabatearme. Me tira sobre un escritorio (siempre con mi brazo izquierdo doblado tras la espalda) y a solicitud de un superior, zafa un poco mi brazo y me encierra en un calabozo. Todo esto transcurrió en no más de 10 minutos. Fui llevada a un calabozo donde no dejaron de grabarme, porque nunca dejé de gritarles lo fascistas que eran.

A eso de las 15 horas, gracias a gestiones realizadas por el Rector de la Universidad de Chile y la abogada que envió la Federación de Funcionarios de la misma Universidad, fui dejada en libertad acusada de “falta de respeto a carabineros”.

Hasta esa hora, aún no lográbamos conseguir el objetivo: sacar de la 3ª comisaria a Rodrigo. Se habían hecho presente en las afueras de la comisaria un sinnúmero de padres, hermanos, amigos, compañeros de los cientos de detenidos durante el día. El gimnasio que tiene esta comisaria estaba completamente lleno de estudiantes secundarios, universitarios, mayores y menores de edad y los furgones policiales no dejaban de ingresar con más detenciones.

A las 20 horas se comienza a sentir el “cacerolazo” convocado durante la jornada de movilización estremeciendo las calles del centro de un Santiago iluminado por las barricadas en cada esquina, incluyendo la salida de la 3ª comisaria.

Cerca de las 21 horas, comienzan a dejar en libertad a los detenidos. En uno de esos grupos, venía mi hijo Rodrigo con sus ojos brillosos de impotencia, manifestando con voz entrecortada que continuaría participando en todas las movilizaciones que se convoquen -porque nos les tengo miedo-, y así continuamos, ¡dando cara en la lucha por nuestros derechos!