Me dieron ganas de ponerme a llorar de la emoción, y sentí que las y los estudiantes éramos capaces de todo, que íbamos a conquistar la educación gratuita, que estábamos dando un ejemplo de dignidad, que íbamos a transformar radicalmente en conjunto con todo el pueblo el Chile que nos heredó la dictadura.”

 

Salí a marchar la tarde del 4 de agosto sabiendo que no podía quedarme hasta muy tarde porque tenía que ir a visitar a una de mis mejores amigas, que estaba de cumpleaños ese día. Todas y todos sabíamos que la marcha de la tarde podía ser peligrosa debido a que los antecedentes que teníamos de la marcha de esa mañana no habían sido muy alentadores: los pacos habían hecho uso de la fuerza extrema a lo largo del país, en algunas regiones habían salido los milicos a la calle (recuerdo haber visto circular una foto de los marinos acuartelados en Valparaíso) e incluso había rumores de cabros asesinados por los pacos.

Esa tarde logré reunirme con bastante dificultad en Vicuña Mackenna con Bilbao con algunas compañeras de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, lugar en el que estudiaba en ese entonces. La calle estaba completamente cortada y los helicópteros de los pacos pasaban constantemente sobre nuestras cabezas. A pesar de eso (o quizás debido a eso mismo), el ambiente en la calle no era de miedo, sino de rabia. Estábamos llenos de rabia por lo que había ocurrido ese día, en una de las mañanas más vergonzosas que habíamos vivido como estudiantes desde el 2006. Por esa rabia, comenzaron a encenderse barricadas en todas las esquinas del centro de Santiago.

La imagen del fuego era muy impactante. No sólo porque se repetía en cada esquina, sino porque las barricadas de ese día se armaron de manera espontánea como respuesta a un nivel desmedido de represión, sin que nadie considerara esa acción como algo inadecuado; por el contrario, todos coincidíamos, sin decirlo, en que era lo que había que hacer. Había en ese acto un sentimiento de comunidad que resulta difícil de explicar. Me recuerdo a mí mismo, en medio de la calle en la intersección de Portugal con Diagonal Paraguay, observando las barricadas y a las demás personas que estaban allí, y sentí, aunque no conocía a nadie, que esas personas eran mis compañeras y compañeros, y que nuestro único y necesario vínculo era la convicción de que la injusticia en Chile se iba a acabar.

Cerca de las diez de la noche comencé a caminar por Diagonal Paraguay hacia la Alameda porque tenía que llegar a la casa de mi amiga en Pudahuel. Iba caminando solo, pensando en todo lo que había ocurrido ese día y en lo que vendría después, cuando de repente empecé a sentir un ruido metálico agudo que no supe discernir bien. El ruido se hacía cada vez más intenso; entonces miré hacia arriba y me di cuenta de que en todos los edificios había personas asomadas a las ventanas caceroleando. En ese momento se me pusieron todos los pelos de punta, y todavía me ocurre cuando me acuerdo de esa escena, que es el recuerdo más nítido que tengo del 4 de agosto. Me dieron ganas de ponerme a llorar de la emoción, y sentí que las y los estudiantes éramos capaces de todo, que íbamos a conquistar la educación gratuita, que estábamos dando un ejemplo de dignidad, que íbamos a transformar radicalmente en conjunto con todo el pueblo el Chile que nos heredó la dictadura.

Pienso que luego del 4 de agosto tuvimos una oportunidad histórica que no supimos aprovechar. Y es comprensible, porque nunca nos habíamos enfrentado a un estallido social semejante. De hecho, han pasado cinco años y todavía no hemos vuelto a vernos envueltos en un escenario como ese. Y sin embargo hoy, a pesar de la decepción, la convicción de que crear un mundo nuevo es posible sigue intacta. En el 2011 como estudiante, hoy como trabajador de la educación, sigo creyendo firmemente que algún día, más temprano que tarde, recuperaremos todos los derechos que nos han arrebatado. Por eso seguimos luchando.