A eso de las nueve, comenzó un ruido que hacía eco de un edificio a otro en esa parte de la ciudad, tal como cuando gritamos el gol de Alexis en la final de la Copa América. La memoria tenía cara de ollas, sartenes, cacerolas, cucharones de aluminio y madera. Mientras caminaba debo haber pasado por tres o cuatro barricadas, y tengo el recuerdo de haberme sentido como en la playa, un recuerdo un poco absurdo, como cuando uno se sienta en una roca a escuchar los estallidos de las olas en la piedra, para estar a solas pero acompañado, acompañada. Así estallaba la memoria y la cuchara en la olla, pero no estábamos envueltos en el mar, Santiago no tiene mar. Estábamos envueltos en la historia”.

 

Pocas veces he participado en marchas en el marco de un colectivo u organización. Aquel jueves no fue una excepción y al mismo tiempo, jamás estuve tan colectivizada. Los movimientos respondían a una tácita táctica. Fue una convocatoria a dos marchas el mismo día. Los estudiantes secundarios habían llamado a estar en Baquedano a las diez o diez y media de la mañana, y los universitarios habían hecho el llamado para el atardecer.

Posiblemente esto ya era lo suficientemente ofensivo e insoportable para una ciudad pulsada por sobre determinados horarios de entrada, escapes y salidas. Una fastidiosa e insolente actitud y acto para uno de los gobiernos más pobres y ridículos en el ejercicio de propuestas, y que apostaba por una desvergonzada defensa del lucro en educación.

Por entonces, yo estaba terminando una carrera universitaria y participaba hace tres años de un colectivo de educación popular llamado “La Escuelita”, donde el año 2011 levantamos una investigación sobre historia local en una villa-población de Santiago. Habíamos acordado una reunión a eso de las siete de la tarde, hora en que se llevaría a cabo la segunda marcha. Luego de saber esto último, tuve dudas, y yo no soy alguien que duda respecto a responsabilidades contraídas. Decidí que asistiría a la reunión con mis compañeros y compañeras de equipo, y que entonces, participaría de la primera convocatoria por la mañana.

Llegado el día, ninguna de las marchas fue autorizada, pero entrañablemente llegamos varios, varias a distintos puntos del sector en donde fue pensada. El despliegue de carabineros era claro: reprimir todo intento de agrupación y posibilidad alguna de llevar a cabo la marcha, que no marcháramos ni por la Alameda ni por ninguna parte. Sin embargo, la feroz intervención sólo tuvo efecto de dispersión. Aparecieron carabineros al interior del metro, los vi en boleterías impidiendo el traslado de estudiantes para obstruir cualquier encuentro. Retornó un modo de represión que no sólo traía olor a lacrimógena y lumazo, adherido traía el hedor de prácticas que pasaban por encima de derechos fundamentales como el de expresión y el de reunión. Este intento de dispersión no trajo ni la disolución ni la renuncia de quienes llegamos, porque lo que no estaban advirtiendo era que ya no asistíamos a una marcha, estábamos asistiendo a una ocupación de las calles, con nuestra rabia, con nuestras palabras, nuestros cantos, gritos, y en nuestro tiempo, el tiempo de los hijos de los hijos sacudidos del espanto. Las callecitas aledañas a la Alameda no sólo nos recibieron en el heroico o torpe ejercicio de arrancar del guanaco, sino que por minutos podían ser intermitentemente marchadas y gritadas también.

A medio día y media mareada, no sólo por la dificultad que trae atravesar el aire con lacrimógena, sino también con la inédita agitación de memoria de ese año y de ese día en particular, en ese contexto ácido me di cuenta de pronto que iba con un grupo doblando por la calle Alonso de Ovalle. En esa calle estaba la sala cuna donde trabajaba mi madre. Miré hacia arriba, y estaba allí, justo, en la ventana con una guagua en los brazos, levanté el puño con una sonrisa intentando transmitir un mensaje así como “y bueno, aquí estoy”. Ella me mandó un beso desde la ventana, y algo le habló al pequeñito que tenía en los brazos señalándole hacia dónde yo estaba. Me llamó la atención la alegría en su rostro. Y sí, era posible que con este acontecimiento, la alegría al menos se asomara.

Por más que intento, no puedo recordar en qué momento me senté a almorzar, debo haber pasado al departamento de César, es como si tuviera sólo el registro de los desplazamientos. A eso de las cinco de la tarde estaba nuevamente en la calle, decidí tener un tiempo para recorrer antes de ir a la reunión. En el trayecto por la Alameda hacia el oriente, pocas micros y autos transitaban por la entonces reposada avenida. Sí, era como cuando la marea ha comenzado a bajar. Pero llegando a metro Santa Lucía, a una velocidad poco usual pasó un zorrillo y sin amenaza visible, expulsó el gas. El malestar entre los que estábamos surgió de inmediato. Se armó una discusión entre personas que subían y bajaban la escalera, dos hombres que se toparon, se gritaron en un tono de insulto y necesaria ubicación: ¡Eres un Comunista! ¡Cállate vo’ Fascista! Yo estudiaba en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, donde era probable escuchar estas categorías, pero en la calle a las cinco de la tarde me parecía que ni tanto. Era probable que luego de la jornada de la mañana, efectivamente la marea había bajado, y nos devolvía palabras y vivencias secuestradas

Llegué a calle Seminario, a la casa de Felipe, donde llevaríamos a cabo la reunión. A nuestro modo fuimos llegado de a poco, y cada uno comentaba cómo había vivido la jornada de la mañana. Comenzamos un poco incómodos, desde las calles se escuchaban ruidos, sirenas, gritos. No recuerdo quién ni en qué momento surgió la propuesta, al fin de suspender la reunión para sumarnos a lo que estaba ocurriendo afuera. Por un momento estuvimos juntos, pero como era la tónica de la jornada, pronto nos comenzamos a dispersar.

Estoy segura que muchos y muchas dijimos en algún momento de ese día: “Nunca había visto tanto paco junto”. Por aire y tierra, el mapa de Vicuña Mackenna al oriente, era desconocido para mí, pero esa noche era como si a la ciudad le surgieran nuevas calles, callecitas, pasajes. Recuerdo en una esquina haber encontrado a ex compañeras de colectivo, compartir un momento con ellas, y luego perderlas en el recorrido. Llegué a una calle sin salida, con una bomba lacrimógena encima, junto a dos mujeres más, una de unos treinta y cinco años que llevaba a un niño, y otra de unos veinte. Nos cuidamos y alojamos en un rinconcito atrás de un auto estacionado bajo un árbol con grandes ramas. Una de ellas repartió el limón que le quedaba para hacer entrar un poco de aire a los pulmones. Vimos que estábamos recuperadas y nos despedimos.

Me sumé a un montón que logró agruparse por calle Bustamante y me incorporé al grito: “¡Oh, veintiséis por ciento! Y en la calle ¡somos cientos!”. La encuesta CEP había anunciado el porcentaje de aprobación más bajo obtenido por Piñera, más bajo que Frei con la crisis asiática. Sólo tres veces alcancé a gritar junto a otros y otras, luego de nuevo la dispersión.

A eso de las nueve, decidí iniciar el camino a casa, que por entonces se ubicaba en San Bernardo, y era probable que encontrar transporte no fuera nada fácil. Decidí caminar desde Bustamante hasta calle San Francisco con Tarapacá donde salen unas pequeñas micros, antiguamente llamadas “liebres”, interprovinciales. A eso de las nueve, comenzó un ruido que hacía eco de un edificio a otro en esa parte de la ciudad, tal como cuando gritamos el gol de Alexis en la final de la Copa América. La memoria tenía cara de ollas, sartenes, cacerolas, cucharones de aluminio y madera. Mientras caminaba debo haber pasado por tres o cuatro barricadas, y tengo el recuerdo de haberme sentido como en la playa, un recuerdo un poco absurdo, como cuando uno se sienta en una roca a escuchar los estallidos de las olas en la piedra, para estar a solas pero acompañado, acompañada. Así estallaba la memoria y la cuchara en la olla, pero no estábamos envueltos en el mar, Santiago no tiene mar. Estábamos envueltos en la historia, ahí seguimos.