En aquel momento no podía creer cómo tras la reunión que tuvimos hace una semana y media en ese liceo del contaminado Santiago se habían concretado la mayoría de las cosas, dejándome bastante llorón, con escalofríos y retorcijones en la guata por evidenciar de que cuando un pueblo toma por sus propias manos cualquier cosa, esta se transforma en realidad, y que, cuando ejercemos por nuestras propias manos el poder de una manera organizada y colectiva, la realidad se transforma en algo distinto, cosa que hoy me digo y lo comparto siempre; si lográramos un jueves negro seguidamente, otro gallo cantaría”.

 

…Pero ya es hora de empezar en un nuevo canto, por eso no te quedes fijo esperando una quimera, que se levante todo el mundo en pie de guerra, pero ya es hora de empezar un nuevo canto…En cada calle, la lucha. Con fuerza hermano, la lucha. Con joven rabia, la lucha. Mi antiguo odio, la lucha. Bajo los puentes, la lucha. Con tantas manos, la lucha. Que no olvidamos, la lucha. Que no olvidamos, la lucha…”

(Paris Valenzuela)

En aquel momento no podía creer cómo tras la reunión que tuvimos hace una semana y media en ese liceo del contaminado Santiago se habían concretado la mayoría de las cosas, dejándome bastante llorón, con escalofríos y retorcijones en la guata por evidenciar de que cuando un pueblo toma por sus propias manos cualquier cosa, esta se transforma en realidad, y que, cuando ejercemos por nuestras propias manos el poder de una manera organizada y colectiva, la realidad se transforma en algo distinto, cosa que hoy me digo y lo comparto siempre; si lográramos un jueves negro seguidamente, otro gallo cantaría.

Ya han pasado cinco años de ese agosto entrelazado no sólo por la movilización, sino que por esos días conocí a la compañera que marcó un precedente en mi vida, entre reuniones territoriales, asambleas itinerantes por la ciudad y por el pais, tomas y marchas y esa chispa que nos hacían tener las cosas bastante claras y unidas por ese amor a flor de piel de dos cabros bien locos. Nos acompañábamos y nos nutrimos entre un amor marcado por aquel invierno con una cosa clara, donde estuviésemos, ya sea una barricada, en el techo de la toma haciendo la guardia, en algún foro o conversatorio, o en cualquier lugar teníamos claro de la película de lo que estaba pasando. Así que nuestras prioridades se hermanaron y se nutrieron al tenor de aquella lucha histórica y de que mientras dábamos la pelea y nos viéramos, siempre las estrellas y en especial Orión nos cuidarían y nos acompañarían en aquellas noches. Y ese día no fue la excepción, ella en su trinchera y yo en la mía, mientras ahí estaban las estrellas siendo cómplices de las barricadas y el ruido de aquella noche, memorable para algunos, olvidada para otros.

A pesar de la edad, entendíamos que las conversaciones anteriores de aquel día eran las más serias y responsables, respecto a la discusión urgente y necesaria de que, si no lográbamos dar un golpe fuerte a nivel nacional, de carácter popular, distinto, y que a su vez nos nutriera en todo sentido, el movimiento estudiantil decaería, trayendo consigo lo mismo o similar de lo que fue el camino del 2006, año marcado también por nuestras memorias y vivencias, por el precedente de los estudiantes secundarios dando una ardua pelea, pero donde se terminó pactando y negociando las demandas y donde acabó instalándose una política de maquillajes (la LGE) y no los cambios profundos que exigíamos. Pensábamos que, si no hacíamos un quiebre, este movimiento nutrido de calor popular, el movimiento estudiantil se empezaría a mediatizar en la farándula o simplemente terminaría en algún proyecto pactado por los sectores más reformistas del movimiento. Nosotros entendíamos esta tarea de dar la pelea, y que esta lucha indiscutiblemente se debía (debe) ganar en la calle y sin permiso, pues es ahí donde nace la necesidad de trabajar en la tarea urgente de dotar y nutrir este movimiento, dentro del cual pensábamos en algo que fuera mucho más allá de la simple educación gratuita: se trataba de cambiar nuestras vidas, entendíamos (entendemos aún) que el enemigo se llama capitalismo y que nosotros estábamos regidos por el mercado, donde lo único que se garantiza es la deuda, y que ni éste ni ningún gobierno se va a atrever a transformar este sistema, ya que también sabemos y entendemos un poco de nuestra historia y sobre todo de las caídas, así que ya sabemos qué ocurre cuando un presidente trata de cambiar un poco este mal vivir, y dotarlo de algo propio como el mismo lo llamaba; “a la chilena”. La burguesía nacional, en conjunto con los magnates internacionales, no permitirían aquello, un burgués enojado es un dictador. Y nosotros, los que tampoco tenemos nombre y somos una masa, los cabros chicos, esos hijos de la democracia capitalista neoliberal, cibernética y globalizada sin ningún miedo a perder algo, porque nuestros abuelos ya lo perdieron todo y nosotros nacimos con nada, solo mercancía y deuda, y como dice una canción por ahí, “somos los nietos de los obreros que no pudieron matar” (referente a la dictadura militar), por lo que ya teníamos en nuestros cuerpos bastante experiencias y vivencias de traición y de mentiras, así que esta vez no la íbamos a dejar pasar.

A pesar de estar en cuarto medio, no me interesaba repetir el año. Si estábamos evidenciando y viviendo un cambio histórico y necesario, ya me habían echado de un liceo por la movilización, ya había repetido antes de curso, y en la familia ya me molestaban en la mesa cuando salían las tomas por la televisión. Así que ya entendía de que este año había que girar la historia, convencido por la fuerza, esa fuerza que se ejerce y que coordinada se transforma en ese monstruo al que todos los gobiernos tanto le temen, porque es ahí cuando su poder se siente desintegrado en muchos y no en los pocos que generalmente suelen contener y apropiarse del movimiento.

Sabíamos con las y los compañeras y compañeros de las cotidianidades, fogatas, pasillos, foros y toda oportunidad de compartir estos pensamientos que este año tenía algo distinto, algo que lo caracterizaría y que debíamos ponernos de acuerdo. Así se los hice notar antes de que 16 liceos comenzaran a ocupar sus establecimientos educacionales a los compas de los otros piños, así que cuando unos supuestos dirigentes me plantearon que este no era un año para movilizarnos y que nos debíamos resguardar para otro año, nosotros nos paramos de la mesa y nos retiramos con humildad y respeto y le dijimos: “este es nuestro año y si no se suman quedarán abajo, y que si se suman debiésemos estar bien organizados para que no nos pasara la vieja”. Ellas/os no nos creyeron cegados por su arrogancia vanguardista, y hasta el día de hoy les duele, primero fue el Benjamín Franklin junto al Liceo de Aplicación y el Inba, y ya para el 16 de julio eran más de 1550 liceos movilizados. Algo estaba ocurriendo, algo que empezó en un liceo periférico se estaba tornando un huracán para el gobierno de turno y todo este huracán se estaba preparando para dar y desbordarse con una contienda y una acción.

En esas fechas de agosto ya estaba todo ocurriendo, siendo cientos de compas organizados a nivel nacional, estando todos atentos al llamado a una protesta de carácter nacional, donde se realizaría una jornada extensa de protesta, es decir, estábamos haciendo un llamado y a la vez haciéndonos cargo de él, para nutrir al movimiento, fortalecer nuestra moral desgastada por las tomas, y que le dijera al gobierno que estábamos organizados y que ningún político nos vendría a vender una pomá e instaurar un maquillaje similar a lo ocurrido tras el 2006. Es por esto que como estudiantes de base y movilizados empezamos a organizarnos y a ver esto como algo serio y que ningún gobierno (como se dice en la jerga popular chilena) se pasaría la película con nosotros.

De ahí que estas conversaciones y estas reuniones estaban dando su propio fruto, era algo difícil de explicar ya que no lograba dimensionar hasta donde se estaba haciendo notar el descontento. Ese jueves negro del 2011 se hizo sentir el descontento que no se hacía notar hace años, nunca visto en la democracia de la supuesta alegría de mercado. Estábamos en plena protesta de aquel día, ya eran más de las 8 de la tarde y yo sólo pensaba mirando al cielo: “esto está bueno, está quedando la cagá, ojalá que estén todxs bien y no resulte nadie herido, pero esto es necesario para así ser al fin escuchados”. En un momento miré hacia plaza Italia ya con los pies hinchados de tanto caminar, y me percato que estaba lleno de barricadas, en cada esquina, en cada sector de los cuatro puntos cardinales mientras un helicóptero tirando bombas lacrimógenas pretendía que nosotros nos moviéramos de donde estábamos apropiándonos de las calles y paralizando el tránsito para que nadie ni nada se moviera. Entendía esta protesta no sólo como la guerra contra la educación de mercado, sino también como la guerra al tiempo que todo lo controla y nos roba este sistema para así transfórmalo en mercancía. Por eso este paro nacional tenía algo particular y distintivo, tenía un propósito; paralizar todo lo que se pudiera y que todo se desbordara.

Ese día había comenzado en la mañanita, desde bien temprano en distintos lugares de la ciudad, los accesos de Santiago, las arterias y avenidas principales. Después en la marcha se vivió una brutal represión, que ya la prensa suele naturalizar y justificar al tenor de la criminalización de la protesta, desviando y justificando y defendiendo la propiedad de la burguesía. Después sospechábamos que no iban a autorizar la marcha de la tarde y ya estábamos preparándonos para la noche, sabíamos que ocurriría de todo ese día, dormimos temprano la noche anterior y terminamos agotados viendo las noticias de las 1 de la mañana exhaustos de tanto, pero que hoy nos llama a pensar en qué ocurriría si tuviésemos la capacidad de organizarnos en tal magnitud, ya que la injusticia y la miseria siguen intactas. Pero la memoria es frágil, sobre todo para un país donde existió una dictadura que sepultó la esperanza de muchos viejos, y que quemó muchos pensamientos en la historia popular sellados por la tele y las cadenas comerciales.

Ya cuando era de noche no lo podía creer, esa noche miro plena avenida Vicuña Mackenna y estaba todo cortado, barricada tras barricada marcadas como un eterno camino nutrido al son de los cacerolazos. Todos estábamos contentos mientras charlábamos de que en todos los puntos de Santiago estaba pasando lo mismo. Mi madre me llamó por teléfono y me comentó contenta y emocionada que el llamado fue efectivo y que se escuchó desde Quilicura hasta san Bernardo. La Pintana, Maipú y Peñalolén no se quedaron abajo y de que todxs estaban con su cacerola o metiendo algún ruido que no se hacía ya desde tiempos inmemorables en nuestro republicano y explotado país.

Fue algo insospechado, memorable y digno de no olvidar, ese día y todo lo que pasó antes. Todo estuvo marcado por las coordinaciones con los/as cabros/as, y por su ‘después’ que me llenó el corazón de esperanza; por su ‘después’ que se transformó en ejemplo memorable de soberanía de un pueblo cuando protesta y exige lo que se quiere.

En este pequeño relato trato de aportar en reconstruir un poco las dimensiones del impacto en nuestras colectividades aquel día. También considero que es por eso que los medios jamás nos hablan de ese día, ya que, personalmente, lo entiendo como la mejor victoria de ese año marcada en los libros de historia y que las futuras generaciones irán citando, ya que después de aquella noche, la CUT llama a paralizar (24 y 25 de agosto) y fallece un joven, un niño como nosotras/os, Manuel Gutiérrez. Ése es el nombre del joven inocente asesinado días después. Es por esto que es importante no olvidar nuestras batallas, sobre todo cuando es el pueblo el que manda.

El 4 de agosto será recordado como el día en que la noche fue día y el día fue noche, donde la prensa no pudo hablar y criminalizar, porque fue el día en que los que nunca pueden hablar no se callaron y gritaron con las manos y los pies asustando y llenando de temor al poder. Que si bien ese año nuevamente lo terminó cooptando el gobierno con sus aparatos divisionistas (no logramos unificar lo dividido), parlamentarizando la demanda, integrando a algunos voceros al congreso, contó con un día para el recuerdo, consagrándose como el día en que un pueblo entero se organizó, y dijo algo, dijo basta.