Después de recorrer la Facultad de un lado a otro, me acerqué hacia la reja que daba al edificio y me detuve a escuchar cómo se generalizaba el caceroleo en las alturas. Mientras tanto, abajo corría la noticia de que dos jóvenes habían sido muertos durante la jornada de protesta. Aunque la desesperación reinó por unos minutos, luego se comprobó que fue una confusión (…) De todos modos pienso que dicha situación radicalizó la lucha contra los esbirros de la autoridad, pues no cesaban las fogatas, ni las lacrimógenas, ni los camotes por el cielo, ni las ollas, sartenes o cucharas percutiendo”.

El 4 de agosto del 2011 no puede ser un día más en el calendario. Las emociones que brotan al recordar aquel episodio se mezclan, se acentúan y se refuerzan, sin duda alguna, desde las muchas otras ‘vivencias’ asociadas a las movilizaciones sociales que acontecieron durante ese año. Por eso, cuando hablo del 4 de agosto se me hace imposible ignorar las reiteradas, extensas y cada vez más agudas protestas en Macul con Grecia, en la Villa Francia, afuera de la Casa Central o en cada convocatoria de marcha por la educación en el centro de Santiago. Lo mismo sucede con las valiosas sensaciones de aprendizaje colectivo que, a través del tiempo, sirvieron para ir dibujando nuevos desafíos e ir suscitando añoranzas por creer en cambiar la historia como creímos en ese momento. Pues se trata de un proceso, no de hechos aislados. El 4 de agosto puede ser leído, porqué no, como un primer punto de inflexión del 2011, dado el alto nivel de radicalización y masificación de la protesta social-popular. Afirmar algo así, en todo caso, no se debe a una mera cuestión de cifras ni a la amplia cobertura mediática -por supuesto que ellas son su expresión más objetiva-; más bien, lo que me hace pensar eso se sostiene, todavía sin la potencia necesaria, en las percepciones compartidas que permiten esbozar un relato común entre quienes vivimos y sentimos en carne propia dicha experiencia. El siguiente ejercicio, entonces, espera aportar un granito de arena a esa tarea propuesta, es decir, a la reactivación y al fortalecimiento de nuestra memoria social.

Ese día jueves ya circulaban cerca del medio día noticias sobre la fuerte represión policial a la manifestación no autorizada de los secundarios, convocada por la ACES. Recuerdo estar en casa, con cierta certeza de que la jornada de la tarde, citada por la CONFECH sin tampoco conseguir autorización, tendría un desenlace bastante similar. Los hechos, efectivamente, parecieron recrudecer los ánimos por manifestarse sin importar mucho las consecuencias. Era la tónica de ese período, pero aquel día tornó hacia un escenario no visto antes, al menos por mi generación, la de la post-dictadura.

Tomé mi mochila y salí de la casa. Me despedí como siempre de mi abuelita, que me recordó que tuviese cuidado y no llegara tan tarde. Afuera estaba un poco fresco y bien nublado. En el camino intenté ponerme de acuerdo con algún amigo o amiga para juntarnos, pero nada de ello tuvo resultado. Al preguntar dónde estaban decían que era imposible llegar a Plaza Italia, que los pacos habían dispersado replegando a distintos puntos la concentración. Sin más, me bajé del metro en Santa Lucía y caminé por Diagonal Paraguay hacia esquina Portugal. En el trayecto veía cómo la multitud se dirigía, aunque media confundida, en la misma dirección. Algunas personas ya gritaban que venían los pacos y cruzaban las calles aglutinándose en pequeñas plazas y callejones del sector. Claro que yo también lo hacía, persuadido por una sensación de vértigo e incertidumbre, sin aún saber la situación real de la manifestación en otras partes. Entre caminando y corriendo avanzábamos un grupo no menor hasta llegar a Vicuña Mackenna, pero allí el guanaco y la lacrimógena nos impidió el paso. Bien aturdido, me encontré con una amiga, aunque no duró mucho ya que la represión seguía haciendo lo suyo. La pequeña pañoleta y el par de limones que espontáneamente alguien solidarizó conmigo no fueron suficientes para contrarrestar los efectos de los gases, así que sólo atiné a devolverme hacia Portugal, donde se hallaba más gente reunida.

La noche caía paulatinamente sobre el ruido de las batucadas, las sirenas de las fuerzas policiales, la hélice de los helicópteros y el pueblo vociferante. Las calles se veían siempre más controladas por nosotros, lo cual era algo extraño pues se percibía una notoria ausencia de la policía en el territorio. En realidad, creo que intuíamos su inferioridad numérica en vista de la esparcida y masiva concurrencia. Eso me dio confianza así que me ubiqué alrededor de las barricadas que había en Portugal entre Diagonal Paraguay y Marcoleta, al frente de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile. Estuvimos un momento hasta que se alertó la presencia de carros policiales que venían desde la Alameda. No tardó mucho para que empezara el enfrentamiento. Ahí, esforzándome por esquivar el chorro lanza-aguas y recogiendo piedras para arrojarlas, noté que la ofensiva policial no lograba disolver fácilmente el grueso de manifestantes. Fue después de un rato que obligó a muchos de nosotros a entrar a las dependencias de la Chile. Adentro, sin embargo, la protesta se mantuvo álgida; en respuesta a las bombas lacrimógenas que lanzaban los pacos hacia el interior, se les devolvían peñascazos, bombas de pintura e incluso alguna bomba molotov. Los gritos organizados, el bullicio ante la represión y la resonancia de consignas a través de megáfonos fueron acompañados, tímidamente, por las primeras cacerolas que sonaban desde algún balcón del edificio colindante. Después de recorrer la Facultad de un lado a otro, me acerqué hacia la reja que daba al edificio y me detuve a escuchar cómo se generalizaba el caceroleo en las alturas. Mientras tanto, abajo corría la noticia de que dos jóvenes habían sido muertos durante la jornada de protesta. Aunque la desesperación reinó por unos minutos, luego se comprobó que fue una confusión. Si no mal recuerdo, se trataba de dos cabros que fueron heridos por los pacos en Concepción. De todos modos pienso que dicha situación radicalizó la lucha contra los esbirros de la autoridad, pues no cesaban las fogatas, ni las lacrimógenas, ni los camotes por el cielo, ni las ollas, sartenes o cucharas percutiendo.

Luego de un rato, encaramé la muralla trasera y salté una reja para dirigirme a Vicuña Mackenna. Mucha gente trepaba por allí pues no había otra forma de salir, ya que el acceso principal estaba rodeado por la policía. Al llegar a la avenida grabé una de esas imágenes que no se olvidan, la de una calle cortada por barricadas de un extremo a otro, donde sólo a lo lejos se divisa el led policial. El eco de las cacerolas se amplificaba mientras algunos compas intentaban reanimar con sus gritos la protesta social. Caminaba con gran expectación, me sumaba a una que otra arenga aplaudiendo y si el zorrillo cruzaba a toda velocidad echando gases se recogía cualquier material con el propósito de impactarle.

Avanzada la noche comienza a invadir el cansancio, no faltaba tanto para las doce (u once tal vez) y aún quedaban fogatas encendidas, o al menos, las ganas por seguir prendiéndolas. Así sucedió con un grupo de vecinos que ofreció su container de basura como barricada, o con quienes mantenían una tranquila conversación o su posición de guardia alrededor de cada fogata. Finalmente, regresé tomando la micro a gran distancia del lugar. En el viaje, un poco agotado y pensativo, asumí que ésta había sido una experiencia de protesta especial. Pese a algunos rostros impasibles que se transportaban junto a mí, sospechaba que la jornada había cumplido un hito relevante en el movimiento social, puesto que parecía culminar un proceso de descontento y resistencia en un estado transitorio de ingobernabilidad. Fue la primera vez que sentí esa sensación, y no volvería quizás veinte días más tarde, con el Paro Nacional de dos días convocado por la CUT, jornada que sería recordada por intensificar la lucha territorial en contra de los aparatos policiales, quienes terminaron quitándole la vida a Manuel Gutiérrez.