Buscando la forma de poder llevar más allá nuestra movilización, decidimos con los diferentes piños políticos realizar una asamblea a la mitad del día en mi casa. Si bien era un lugar pequeño, se presentaba como un lugar estratégico a la hora de asistir a las marchas territoriales convocadas por la tarde.”

El 2011 me encontraba estudiando Sociología en una universidad privada jesuita, la Universidad Alberto Hurtado, y si bien, en Chile existe el prejuicio de que en las privadas estudian los cuicos, la verdad es que universidades como la UAH distan mucho actualmente de ser un vertedero de niñitas y niñitos de la cota mil como la Universidad de los Andes o la del Desarrollo. A los institutos de formación técnica y algunas universidades privadas entran aquellos estudiantes que no tuvieron la oportunidad de sacar los más altos puntajes PSU, porque su colegio no era un privado de Elite o un emblemático, es más bien, lo que la ola de la segregación deja en el camino. Me resulta fundamental hacer hincapié en eso, porque fue bajo el contexto despolitizado que consumía el sector estudiantil privado lo que culminó en una serie de eventos para organizarnos y reconocernos entre nosotros. Ese año, la federación era inexistente tras una serie de situaciones desafortunadas para nuestra organización estudiantil, estábamos aglutinados a través de nuestros centros de estudiantes y coordinadoras, y además, con el intento exhaustivo de que los diferentes colectivos políticos nos pusiéramos de acuerdo para poder hacer algo. El control político que se ejerce en universidades privadas o IP llega a ser tan fuerte, que muchas veces los pocos espacios que teníamos, se reventaban tempranamente. Sin embargo, llevábamos varias semanas movilizadas y no sólo desde lo que aglutinaba el movimiento nacional. De alguna forma, estábamos descubriendo que podíamos ser seres políticos más allá de la urna y lo formal y frente a eso, nacía de nosotros y nosotras, distintas historias y capacidades de revolucionarnos. Probablemente, en ese tiempo, nuestros hogares comenzaron a llenarse de relatos guardados por años, nos comenzamos a comprometer con nuestros paros y tomas para cambiar las cosas y vimos también, quienes eran nuestros padres: los que lucharon, los que temieron, los que se fueron y los que nunca llegaron a ser, y quisimos de alguna manera, crear otra forma de relacionarnos entre nosotros mismos. Y fue bonito dejar de tener miedo.

Yo creo que la mañana del 4 de agosto, no teníamos idea de lo que sucedería en la tarde. Sin embargo, la intuición de saberse capaz de todo por la justicia que reclamábamos, nos tenía de alguna forma hiperventilados a la espera de poder reivindicarnos en el llamado a protestar de la tarde. Buscando la forma de poder llevar más allá nuestra movilización, decidimos con los diferentes piños políticos realizar una asamblea a la mitad del día en mi casa. Si bien era un lugar pequeño, se presentaba como un lugar estratégico a la hora de asistir a las marchas territoriales convocadas por la tarde. Con un grupo marchamos por la Alameda hasta llegar a la FAU, y en un ambiente que comenzaba a inquietarse por la represión, escuchamos que unos estudiantes de la Chile le contaban a otros que alguna autoridad de la universidad le pidió a los estudiantes que defendiéramos la universidad. No sé si eso fue tan así, pero lo escuchamos y nos fuimos a dar cara a Portugal, y no teníamos mucho más que un arranque violento y hermoso de dignidad y aunque nosotros juntábamos piedras, eso fue lo de menos esa noche, porque ni siquiera eran los vecinos y nosotros por separado. Eran las ollas, los sartenes, las rejas golpeadas por piedras, los gritos, la memoria colectiva que se volvía nueva y futuro a la vez.

Y caminamos, caminamos y nos unimos a muchos vecinos, no de un sólo barrio, recorrimos por Bustamante, hicimos una barricada con los hípsters de Lastarria, nos reíamos y seguíamos caminado porque queríamos llegar a la Brasil. Y al final no éramos un sólo país carcomido por las consecuencias de una dictadura de derecha, porque en las calles los vecinos de Perú, de Colombia, Bolivia y varios países más, salían de a poco a la calle con diferentes pancartas de apoyo al Movimiento Estudiantil y con banderas de los movimientos indígenas. Y las mujeres ya no estaban a la espera de que el caos se apagara, salían incendiarias de sus casas a lanzarse con las ollas y lo que hubiera en la mano contra las camionetas de los pacos que se atravesaban con su represión infértil por Huérfanos. Y los viejos ya no quisieron ver las noticias de las nueve, porque guardaron una generación entera en sus casas y ese día se pararon del sillón al fin y se emocionaron y rabearon con nosotros y con ellas y al final era eso: la calle era nuestra.

No sabría decir que pasó después de toda esa efervescencia, pero teníamos una nueva forma de ver las cosas al otro día. Sé también, que vinieron días terribles, como lo fue en el siguiente paro nacional, convocado por la CUT, donde un paco asesinó a Manuel Gutiérrez. En Chile se acostumbra a asesinar en “democracia” y se culpa siempre a las balas locas.

Lo que sí, aunque rozábamos el idealismo fuertemente, en la universidad algunos comenzamos a buscar otras formas de organizarnos, de creer en nuestros procesos y modos de presión. A propósito de las experiencias vividas ese año y los anteriores, un año después, en la Hurtado, un grupo de mujeres nos autodenominamos Mujeres organizadas por la autodefensa y la lucha UAH, a raíz de unas salidas y cortes de calle donde empezamos a agotarnos de las actitudes paternalistas de nuestros compañeros, de las reacciones sexistas en los espacios políticos y los temas tabús que existían en esa universidad. Hicimos un llamado abierto y a la reunión llegaron 80 compañeras, éramos muchas, que si bien teníamos nuestra propia militancia, los procesos políticos nos habían llevado a repensarnos en el espacio y así, con el trabajo de hormiga que involucra la formación de una organización, nos juntábamos a conversar y definir esta nueva ventana de rearticulación del movimiento feminista, declarándonos los Úteros armados de la Alberto Hurtado, queríamos dejar de ser invisibles y muchas cargábamos con historias que encontraban cause en nuestra nueva militancia, en la mitad de ese proceso nos bautizamos a nosotras mismas con el nombre de Pelea como mujer. Y si bien hoy en día ese colectivo no existe como tal, creo que para muchas de nosotras fue un proceso de empoderamiento que hasta el día de hoy deja luces de transformación-

Hoy, tras cinco años de aquella jornada de protesta, de vez en cuando miro un video que grabaron en Pudahuel, entre Teniente Cruz y Laguna Sur, donde salen todos mis vecinos caceroleando. Y si bien esa noche no pude estar ahí, es uno de los más bellos recuerdos del lugar donde nací. Asimismo, aunque nos sentimos a veces cabreados de los procesos que vinieron después, cuando me preguntan si ha servido de algo el movimiento estudiantil, me gusta sentir desde la guata ese sí. El sí rotundo de que poco a poco nos fuimos articulando colectivamente y que estamos construyendo constantemente nuestra propuesta de un Chile distinto al que quiere conservar la Elite de este país.