A la altura de Manuel Rodríguez, tres camiones militares avanzaban lentamente con dirección poniente. Envolvió la atmósfera una multitud de sensaciones y recuerdos. Esperanzas, miedos y miradas cómplices abrazaron nuestro ritmo. Este hito en el paisaje nos abrió el paso a una dimensión en la cual no habíamos estado nunca, un lugar de clímax colectivo. Creímos en ese momento que habíamos cruzado un punto de no retorno, que presenciábamos una rebelión que había logrado conectar en un relato histórico millones de instantes hasta ese entonces desconocidos. En ese momento no la podíamos comprender en su amplitud, pero la sentíamos. La abrazábamos”.

Sí, es verdad que la memoria no pertenece a nadie más que a la gente de carne y hueso, a la gente humilde cuando se junta, cuando se mira, cuando se ama. Y sí, es verdad que la historia es un invento que las pócimas judeocristianas enmudecieron en su potencial despliegue a través de siglos de sometimiento, de usurpaciones y sangre derramada. Y sí, es verdad que la inmaterialidad enmudece ante el poder de la vida, la materialidad y su velocidad, el tiempo y su verdad.

La verdad es que no hay más verdad que la que se construye narrándonos nuestras historias, en donde no fuimos más que lo que podemos decir por nosotrxs mismxs, negando la muerte y afirmando la vida, abrazándonos en los que fuimos y somos, aquí y ahora, con el dolor y el placer, más allá del bien y del mal. Una verdad inmanente a la vida espiral, todo vuelve y siempre iremos más allá.

¿Cómo comenzar una reseña de emociones y experiencias tan recónditas, tan intensas, tan penetrantes? ¿Cuántas dimensiones convergieron en ese instante?

Una de esas tantas dimensiones fue aquel sentimiento inefable de asumir una responsabilidad y el deber de ir construyendo colectivamente las capacidades necesarias para disputar un nuevo proyecto educativo. De ahí que la oportunidad de ejercer la acción política desde un sector de la sociedad civil caracterizado históricamente por tener una alta capacidad de movilización, se vio potenciada por la necesidad compartida socialmente de articularnos no sólo los estudiantes, sino todo aquel comprometido con un cambio social rápido. Así, no sólo fuimos estudiantes, sino también padres, abuelos, trabajadores.

En efecto, la posibilidad de los estudiantes de constituirse como actores políticos reales, capaces de incidir en la toma de decisiones y en la creación de un proyecto educativo igualitario y emancipador, se vio desbordado en muchas jornadas de protesta e intenso debate público sucedido por fuera de la institucionalidad neoliberal. En las calles, en las poblaciones, en los lugares de trabajo y en las universidades. Esto en conjunto, fue lo que caracterizó la movilización nacional y la euforia del movimiento social a lo largo de todo el año 2011.

Lo vivido particularmente aquel día 4 de agosto fue una expresión más de aquel sentimiento de tenacidad, certidumbre y amor al otrx. La expresión de la responsabilidad debía ser la construcción de una nueva educación, esta vez entendida como un bien común. Para ese momento, la presión de la violencia en la protesta callejera fue parte viva del camino justo.

El centro de Santiago fue uno de tantos lugares en donde se expresó violentamente el descontento. Ese día, varixs compañerxs llegamos temprano a nuestro lugar de estudio en la calle Ejército. Días antes habíamos preparado la cita y dibujado lienzos para llevarlos a la marcha convocada por los secundarios. Era imprescindible: juntarnos lxs de siempre, llevar guantes, una polera para taparse la cara, cambio de ropa, pintura en botellas y amoniaco, o en su defecto, algo de limón. De alguna manera sabíamos que lo que hacíamos era asumir nuestra responsabilidad y que, por lo tanto, la preparación de los enfrentamientos era mucho más que la sola sofisticación de prácticas de lucha callejera que habían generado los meses de movilización. Era una idea en un estado de compulsión, de formación, de materialización.

Santiago nos cobijó desde temprano. La lucha de la mañana fue intensa, aunque regular dentro de lo que había sucedido hasta entonces. Si bien nos agotó, durante el receso de la tarde tuvimos el tiempo suficiente para saber que había miles en todo Santiago, y tal vez millones en Chile, en el mismo estado de movilización. Muchxs se habían ido presxs, otros habían sido golpeadxs, algunxs hasta masacradxs sin ninguna justificación. Sabíamos que era la construcción viva de un relato hecho en la calle, en una lucha directa contra las fuerzas del orden y la inercia de la institución. Sabíamos que nos apoyaba la gran mayoría, que la causa era justa. Justa, porque habíamos comprendido el lugar de lo ético y lo normativo en el proceso de negación del vacío que nos había legado el fascismo.

La tarde pasó entre conversas y humos. La lucidez iba en aumento y la hora para la marcha de la tarde se acercaba. No son muchos los recuerdos que quedaron de tanta escaramuza, y un raro sentimiento de soledad. Estuvimos relativamente solxs mucho rato. Solxs por que no teníamos a lxs de siempre a nuestro lado, nos habíamos perdido en las primeras huidas, en los primeros gritos y arremetidas del guanaco o el zorrillo. Pero compartíamos pulsos, ondas, creo que la información viajaba de mejor forma a través de la luz anaranjada. Algo particular sucedió en esos momentos, las grandes calles dejaron de contener la presencia de la policía. Era como si de verdad hubieran pasado a otra dimensión. Las barricadas se tornaron calmas, como si la velocidad de la materia se redujera, se encendían cigarrillos y se conversaba a través de poleras. En Vicuña Mackenna, cerca de la FECH, se detuvo el tiempo.

En esa concatenación de momentos, la estética de la ciudad capitalista y sus flujos de aparente sin dolor parecieron vaciarse de naturalidad y descubrirse en lo que son: la evidencia de un espacio que, con todo lo anterior, y absoluta inmoralidad, nos transformó poco a poco en tranquilos observadores de la usurpación.

Había un sonido y una oscuridad anaranjada permanente: un golpeteo de aluminio, de ollas que colgaban desde los edificios, y de bocinas que acompañaban su pulsar. Era como si tal vez por un instante todos compartiéramos la lucidez del robo. Del saqueo. De la injusticia. Y fue como si todo ya lo hubiéramos vivido, como si siguiéramos en un sueño compartido del cual no volvimos por arte del caos. De la verdad del principio de semejanza y la huella dactilar de Dios. Fue necesidad volcarmos en el otrx para reconocernos como partes de un fractal ensueño, de una clase perdida y por recobrar, de un relato que nos junta y que nace de la simplicidad de un encuentro bajo el manto de estrellas que esa noche bajó para envolvernos. Para hacerse calle con su destellante pulsar.

Suenan los celulares, pudimos poner una hora para un encuentro. Eran las 9 de la noche. Cerca de la Casa Central de la Universidad de Chile nos juntamos otra vez. Eramos más que lxs de siempre. Entre tantas caminatas, de un liceo a otro, de una universidad a otra, en una búsqueda incesante por conversar, discutir y converger con aquellos y aquellas que estaban siendo participes de la calle a esas horas, se difunde que en el barrio Brasil y a lo largo de la calle Cumming estaban ocurriendo enfrentamientos entre la policía y estudiantes. Decidimos rápidamente ir hacia ese lugar.

El camino nos confirmó que cada instante es distinto de otro. Que la novedad existe dentro de ellos, no en el ya no es, o en el aún no es. Esa noche el tiempo pasaba más lento, tal vez la fuerza de la unidad y su gravedad nos había hecho pasar también a otra dimensión. Caminamos como flotando, sumergidos en silencio y en lo que íbamos viendo. Camino por la Alameda hacia el poniente se veían a lo lejos sirenas azules, muchas sirenas azules. Las barricadas en la Alameda habían quedado sin mucha gente, solo algunas sombras valientes parecían cumplir el rol de mantener el fuego en alto. Sin duda, hablaban por nosotrxs los antepasados fragmentos de cosmos.

A la altura de Manuel Rodríguez, tres camiones militares avanzaban lentamente con dirección poniente. Envolvió la atmósfera una multitud de sensaciones y recuerdos. Esperanzas, miedos y miradas cómplices abrazaron nuestro ritmo. Este hito en el paisaje nos abrió el paso a una dimensión en la cual no habíamos estado nunca, un lugar de clímax colectivo. Creímos en ese momento que habíamos cruzado un punto de no retorno, que presenciábamos una rebelión que había logrado conectar en un relato histórico millones de instantes hasta ese entonces desconocidos. En ese momento no la podíamos comprender en su amplitud, pero la sentíamos. La abrazábamos. No comentamos mucho más esto, todo lo contrario, creo que acrecentó el resguardo y el silencio. Los camiones se alejaron y prontamente otros hitos nos llamaron la atención.

En calle Brasil, se encontraban muchas personas, entre ellos niñxs, adultxs, y abuelxs con cacerolas que golpeaban con lo que pudieran encontrar (piedras, cucharas, palos). Mientras cumpliera el objetivo de hacer ruido, la acción cobraba sentido. El espacio se había hecho “público”, las familias de clase media acomodada arrimaban unidas material inflamable (maderas botadas, basureros, palos) para poder prender fuego y plasmar a partir de la intervención directa, una necesidad hecha carne. En estos espacios víctimas de los procesos de urbanización neoliberal, parecían convivir sin distinción las tan anheladas clases medias profesionales “creativas” y las clases populares más cercanas al Mapocho. No distinguíamos inmigrantes de nacionales, ni pobres de ricos. Era la utopía práctica de una ciudad hecha derecho para todxs. Todo esto ejemplo que los derechos de los desposeídos nunca han sido regalados.

Al lado, quienes concurrieron a la calle Cumming esa tarde, alrededor de las 21:30 hrs. fueron principalmente estudiantes secundarios y universitarios, pero también vecinos y vecinas del barrio, principalmente adultos jóvenes (entre 25 y 35 años) y adultos (entre 40 y 55 años aproximadamente). En esos momentos, se dio paso a aquellas discusiones (tan propias de aquel año) entre quienes, por un lado, estaban a favor del argumento de que las barricadas generan una alteración necesaria a la normalidad (a aquella cotidianeidad que sigue presente incluso en momentos donde miles de personas se encuentran reuniéndose incesantemente para transformar un modelo educativo excluyente y discriminador, que lejos de responder a las necesidades reales de las personas usufructa cualquier vestigio de comunidad, de reciprocidad). Y por otro lado, estaban quienes con mucho ímpetu recriminaban cualquier forma de violencia explícita y directa (entendiendo que la violencia se manifiesta de diversas maneras) aunque ésta fuera con objetivos claros y atendiendo a las necesidades del movimiento social. Cabe destacar, que dichas discusiones quedaron casi siempre en una disgregación y no en una armonización de las ideas.

Mientras fuimos y volvimos a buscar elementos inflamables, mucho otrxs sumaban esfuerzos para arrastrar, principalmente por Agustinas, desde la plaza Brasil hasta la esquina de Cumming, contenedores de objetos para el reciclaje, maderas, bolsas de basura, etc. Hubo momentos en donde imaginé a mi padre y a mi madre. No hubiera sido descabellado, si yo viviera en aquel lugar, verlos a mi lado arrastrando cosas “innecesarias” para quemar y mantener viva la comunidad. El fuego, de alguna u otra manera, siempre ha simbolizado la unidad y un recomenzar. La latencia del cambio constante y la comunidad sumando esfuerzos por dirigirlo hacia su bienestar. Imaginando, compartiendo, trabajando para vivir, y no viviendo para trabajar.

La fogata se mantenía, las señoras discutían. Otros descansábamos en una cuneta. Y el tiempo parecía no correr. A nadie le importaba la tele. Hubo un momento en que pasó un grupo de secundarios (si mal no recuerdo eran del Instituto Nacional) dando la noticia de que habían muerto cuatro jóvenes, dos en el sur y otros no sé bien dónde. La noticia nos destrozó. Creo que hubo llantos. A los minutos, estando todavía en shock por la noticia recibida, en la misma esquina de Catedral irrumpe una camioneta antigua, estilo Chevrolet. De ella se bajan dos tipos y uno de ellos portaba un revolver. Nos amenazaron a todxs, nos gritaban garabatos, y daban a entender que lo que hacíamos no tenía ningún sentido. Algunos tuvimos miedo, y si no hubiéramos frenado a varixs compañerxs quizás hubiéramos presenciado una tragedia, una muerte.

En medio del despliegue de esas tensiones, irrumpe Fuerzas Especiales de Carabineros con el carro lanza agua, algunos escuadrones motorizados lanzando bombas lacrimógenas, y zorrillos. Muchos corrieron.

Las motos salieron persiguiendo a todos quienes se encontraban en ese lugar. No supimos a cuántas personas se llevaron detenidas, no supimos más de quienes se encontraban en dicha intersección de Cumming con Agustinas. Escapando de la policía, corriendo y corriendo, llegamos a la Plaza Brasil, cuando decidimos (nosotros cuatro, tres hombres y una mujer, compañeros de universidad que andábamos juntos aquel día) dirigirnos hacia el Galpón Víctor Jara, lugar de encuentro y de reunión de varias organizaciones sociales de aquel tiempo. Nosotros, quienes andábamos ese día habíamos creado ese mismo año un colectivo, una editorial que consistía fundamentalmente en la edición de libros autogestionados, con precios accesibles para quienes no poseen los medios económicos para poder adquirir dichos bienes y con el objeto de fomentar la organización político-social de los sectores populares, de toda la amplia gama de sujetos que están exentos de la política tradicional. El Galpón Víctor Jara nos facilitó una sala para poder realizar nuestras reuniones del colectivo. Por ello, es que no fue casualidad decidir entrar al Galpón. Una vez dentro, mientras nos encontrábamos con otra compañera, dijeron a viva voz que se confirmaba la muerte de cuatro o cinco compañeros a lo largo de todo Chile, producto de la represión policial. Si mal no recuerdo, dos de ellos eran de Concepción, otro compañero de Valparaíso, y otros dos de Santiago. En aquel momento nos envolvió un sentimiento de tristeza y de ira.

Nos quedamos todxs en la casa de una compañera que vivía muy cerca de la plaza Brasil. No recuerdo si pudimos dormir.

¿Cuántas miradas iluminaron esa noche anaranjada? ¿Cuánta esperanza reprimida se hizo fuego colectivo? Sin duda, esa noche volvimos a degustar, a oler, a respirar la vida. Esa noche fue una oda a nuestra condición inmanente, un homenaje a nuestrxs antepasadxs, a lo que fuimos y seremos mortalmente, hasta que nos volvamos a reunir en la nada. Volvimos a ser creadores y amantes de la luz, amantes de la noche iluminada por la esperanza que nos trajo el sentirnos parte de algo más grande, fragmentos de naturaleza, fragmento de humanidad, fragmento de clase, de fuerza, de animal. En esa condición de igualdad ontológica, nos sacudimos de la indolencia y la calma penetrante. Los flujos de la muerte se detuvieron y desplazaron a otra dimensión. En las miradas no había miedo, mas si verdad de nuestra condición. Fue magia rápidamente asimilable en ardor, en amor, en tristeza, en rabia. En pasión. En explicación.