Sólo al encender mis medios informativos lo comprendí. Pude ver claramente que esto no era nada. Que esta no era una golpiza más. Que esto ya había ocurrido ¡tantas veces! Pero ahora, ahora era distinto. Que recién estaba comenzando”.

Bañarse, maquillarse, tan banal y trivial cómo cualquier otro día. Salir, llegar. ¿Llegar o empezar? Qué, si ni recorrer me dejaron. Desde el primer encuentro quedé atónita, ¡Esos ojos! Esa mirada perdida, hurtada. Difícil es imaginar una familia tras tanto armamento, tras tanta frialdad. Intento conversar con él dejando de lado todo prejuicio y juicios del instante, casi apelando a la compasión (casi queriendo liberarlo). “Negativo”, me responde. Y tal cómo si la orden divina del tipejo que lo formateó se actualizara, la máquina esa me quitó de un tirón de su camino. La verdad, es que me quitó de MI camino. Temprano era para entender cuántos caminos más se me intersectaban, a los cuales las miles de máquinas llenaron de luces rojas y discos pare. ¡Arg! Si hay algo que realmente me emputece, es que se vea amenazado lo único que me pertenece por completo: MI LIBERTAD. ¡Qué rabia!  En ese instante fue cuando todo el descontento se desató en/con sonidos, en alaridos, en movimientos, en sensaciones, en olores, en lloriqueos y misiles; nos unimos, todos los detenidos. A los que sólo desean ver calladitos, bien bonitos y obedientes. Pero ¡al contrario! Se vieron acorralados, explotando animales. Ya no podían detenernos. Sus manos desprendían un goce inhóspito ante cada provocación. Perdiendo el miedo, ellos lo tuvieron. “Bájate del caballo mierda, ¡qué culpa tiene!”, y, casi irónicamente, el pobre ser vivo (obedeciendo a la autoridad que permanecía en su lomo) se me tiró encima. Gases, muchos. Ojos rojos, ahogo. “Corre conchetumare, el guanaco”. Mi hermana con su novio dos metros delante de mi maratón. Nos encerraron, y no, mi estado físico no ayudó. Ni siquiera pisé la Plaza Italia y ya sentía la bruma con olor a mierda en mis pies. “Cagué”, fue lo primero que pensé. Quedé entera mangueriá, lanzada contra el piso, con la conciencia por quién sabe dónde, con una hermana inexperta al borde del llanto y la desesperación, y con una lacrimógena a metros.  No podía respirar, ¡mierda! Sí, loco, la vi. Me encontraba yo ahí, sin entender mucho, y a la vez con los sentidos alerta, cuando fue interrumpida mi ‘milisegundesca’ supervivencia. Aquella sombra contundente que se plantó ante mí, camuflada por la espesa nube me hizo volver. Volver a mis ideales, a mis sueños, a mis principios. Y entre los últimos se encuentra (ocupando primeros lugares), el creer en la gente. Le tendí mi mano en señal de auxilio, al desconocido. ¿Ingenua? ¿Estúpida? No importa. La cosa es que me sujetó con firmeza y me giró bruscamente, como si de un paso de juego sadomasoquista se tratase. Y ahí estaba, nuevamente atrapada. ¡Qué engaño! ¡Qué descaro! 

La máquina ya ni máquina era, no obedecía a nada ni nadie. Yo, por supuesto, no me quedé atrás. Forcejeo constante, mientras toda la sangre retumbaba en mi cabeza. Sus brazos escudados me oprimían, qué asco, qué asco sentir su capucha, su escondite. Qué asco sentirme parte de él y de su dominio por ese instante. Asco sentí de él y no dudé en hacérselo notar, golpes iban y venían. También los gritos. No sé de dónde mierda saqué tanta fuerza y logré zafarme de sus garras. Sobrepasé sus límites. Me agarró por la espalda y me lanzó, descargando toda la frustración de una vida impuesta, de cara al piso. Me azoté y fui a parar unos pasos adelante del ‘defensor de la patria’. Me golpeé con tanta fuerza que mi torax no respondió y no podía respirar. Me quedé al menos unos 30 segundos sin aire, ni conciencia. Sólo sentía sus patadas y las ganas de escupirle en la cara. Fue entonces cuando sentí que me alzaban tan audaz y rápidamente, que me aturdí. Avanzamos mucho, mi cuerpo comenzaba a reaccionar. Mi segunda sombra me dio un limón y un “cómo te encuentras”. Yo sólo moví mi cabeza, al menos creo que lo hice. Luego, sólo me dediqué a caminar. Qué paisaje más desconcertante. Todos corren, todos luchan. Violencia en el aire, y las consecuencias de la gran golpiza se hacen presentes. Recordé a mi hermana, necesitaba saber cómo se encontraba. Fácilmente nos juntamos, sólo ahí me di cuenta de mi blusa rasgada y de mi abdomen ensangrentado. Ella y su novio se asustaron mucho, fingí un “si no fue tanto” a fin de la calma colectiva. Partí a mi colegio, me curaron. Siento que mi ánimo de “está todo bien” superó la magnitud del hecho. Me carga andar dando pena o no sé qué por ahí. Llegué a mi hogar empapada, congelada y destruida. 

Sólo al encender mis medios informativos lo comprendí. Pude ver claramente que esto no era nada. Que esta no era una golpiza más. Que esto ya había ocurrido ¡tantas veces! Pero ahora, ahora era distinto. Que recién estaba comenzando, que nos estamos perdiendo, nos estamos ganando, que nos liberamos y cometemos el error de no manejar ni controlar nuestro libertinaje. Que este día no sería cualquiera. Y, sobre todo, que si hay algo que quiero hacer en esta puta vida, es salvar a alguien de caer en esos ojos (putos ojos). En esas pupilas dilatadas que sin ningún reparo ejercen el control de la verdad, de los derechos y de los izquierdos. Doblándole la mano donde no podría manejarlo, dónde no podría dominar, o al menos no tanto. ¿Qué pasaría si le enseño a pensar? ¿Y si le demuestro que sólo creyendo en sí mismo son invencibles? ¿Qué pasaría si le enseño a amar y a respetar? Quiero liberar máquinas. O al menos que ellos puedan decidir si es que lo desean. Quiero ser la guía del fruto de mi abuso. 

Porque es ahí, en mi aula, donde yo crearé la GRAN revolución. Y un cuatro de agosto, bajo la sinfonía de cacerolas y el ardor de la povidona, al fin lo comprendí.