En cierto momento ocurre lo más lindo que he visto en mi vida y que difícilmente volveré a ver: ponemos la famosa canción ‘El Pueblo Unido’ y se siente como un estadio de fútbol cantando un himno que trasciende fronteras.”

Desperté tarde ese día, como a las 10 am. Digo tarde porque hace ya más de dos meses que veníamos haciendo radio desde las 7 am con mi compañero de trasmisión, Mario Arredondo. Decían que los pacos estaban en las veredas filtrando el paso; me apuro en vestirme y dirigirme a hacia la marcha, y así fue. Controlando y no dejando pasar a cuanta persona anduviere con mochila, o con cara de ingenuidad estudiantil. En eso, decido que, en vez de ir a esa marcha o concentración (no recuerdo bien), volverme a Casa central y transmitir era la mejor opción. Me encuentro con el buen Mario, y como no nos dejaron estar en la acera de la puerta de la Casa Central de la Universidad de Chile, subimos los parlantes al segundo piso, y allí, desde el salón Eloísa Díaz, empezamos a transmitir noticias que corrían, poner música y, por supuesto, insultar a las fuerzas especiales.

No recuerdo muy bien cómo pasamos de la mañana a las 6 pm, pero sí me doy cuenta en un momento que ya estaba oscuro. Para ese entonces corría la noticia de que en el eje de FAU -Marcoleta con Portugal- estaba la escoba, así como también en el Campus Juan Gómez Millas y otros focos de protesta, donde abundaban las barricadas y la población apoyando desde los edificios. Empezamos a transmitir esto, mientras la gente que pasaba por la Alameda a nuestra altura empezaba a amontonarse. No era con mucha coordinación, pero transversalmente decidimos dejar de hablar y empezar a escuchar, y notamos que estaban insultando a las fuerzas especiales; y sí, hablo de ese trabajador de cuello y corbata que a esa hora sale del trabajo; al que vive entre tacos, micros llenas, metros llenos, salud pública en la desgracia misma, y pagando aun las cuotas del CAE de su educación superior. En realidad nunca encontraremos muy bien la respuesta a tal nivel de apoyo; que a diferencia de responderle a la Adimark que apoya al movimiento estudiantil, en este caso estaban tomando acciones concretas de apoyo, como cortar la calle o gritarle a los pacos. El evento era una hermosa pintura surrealista, donde los estudiantes estuvimos dentro de Casa Central y el trabajador del centro, afuera protestando. Mario y yo no nos demoramos en entender que había que generar un relato convocante, una sensibilidad colectiva que le diera un norte político a la intervención, y sin más empezamos a agradecer las acciones, a recalcar la realidad chilena en su versión más cruda, tal como lo describí recién. Los servicios públicos en la desgracia, la vida cotidiana llena de estrés, las fuerzas de ‘Orden y Paz’ provocando a la ciudadanía, y en el medio de todo esto, los estudiantes llevando la batuta, en vez de aquellos que más padecen el vivir en Chile, me refiero a la clase trabajadora.

En cierto momento ocurre lo más lindo que he visto en mi vida y que difícilmente volveré a ver: ponemos la famosa canción ‘El Pueblo Unido’ y se siente como un estadio de fútbol cantando un himno que trasciende fronteras. Era realmente emocionante escuchar “El pueblo, unido, jamás será vencido” con sus respectivas pausas entremedio. Era más emocionante aun, porque emergió espontáneamente, y sin invitación de quienes nos movilizábamos y, sobre todo, porque venía acompañado de al menos unos 300 trabajadores y adultos puños en alto que echaron a dos guanacos y tres zorrillos de la Alameda entre Arturo Prat y San Diego.

Si alguien me pregunta con qué me quedo del 4 de agosto, fue con ese gestito de solidaridad y unidad que nos dieron aquellos que no tienen tiempo, ese gestito del pueblo mismo que nos dijo a quienes estábamos observando el fenómeno, “aquí estoy, ténganme paciencia porque siempre llego”. Entre tanta discusión sobre verdades insípidas de la estrategia ya revolucionaria o anticapitalista y muchos etc. bien bonitos, entre tanta dispersión y fragmentación de las organizaciones políticas y las sociales respecto al sentido de movilizarse, me quedo con el mejor cántico colectivo que he escuchado en la vida, más que el himno en el mundial de Brasil cuando nos cortaron la canción nacional. Porque este himno, que no reconoce fronteras, es el himno de la justicia y la igualdad, de los derechos y de la solidaridad. Porque ese gesto fue realmente el Pueblo mismo diciendo presente. Porque, al fin y al cabo, vi con mis propios ojos lo que puede hacer una pequeña muestra de unidad en el sentir y en la acción más allá del gremio estudiantil, vi cómo el pueblo responde.