Jornada de Protesta Popular del 4 de agosto de 2011:

Movimientos sociales, memoria y praxis soberana.

Nicky Cerón, Diego Quintana & Gabriela Ramírez

Introducción

El desarrollo del escenario político chileno en las últimas décadas se ha visto marcado por, al menos, dos procesos fundamentales. De un lado, en el plano institucional, podemos distinguir una doble crisis que ha afectado, en primer lugar, a la clase política civil y que tiene que ver con su incapacidad para representar los intereses ciudadanos y acoger satisfactoriamente sus demandas1. Esta crisis de representatividad se ha venido acentuando en los últimos años fundamentalmente a raíz de la serie de casos de corrupción que han salido a la luz pública (por señalar algunos: “caso PENTA”, 2014; “caso Dávalos”, 2015; “caso SOQUIMICH”, 2015; y no olvidemos el escandaloso cohecho destapado a propósito del “caso CORPESCA”, que en junio pasado llevó a un senador UDI a la cárcel). Y, asimismo, una crisis de legitimidad tanto del modelo político de democracia representativa como del económico neoliberal. Decimos que sólo se ha acentuado en los últimos años, puesto que los problemas de representatividad y legitimidad del sistema político son de larga data: “17 años de dictadura y 25 años de una democracia regida por una Constitución Política del Estado heredada de la dictadura”2.

Por otro lado, el escenario político se ha visto signado por un proceso que se podría caracterizar como de repolitización de la sociedad civil, que se ha podido evidenciar con mayor nitidez a partir del potente salto a la palestra de los denominados Movimientos Sociales (MS), los que en estos últimos años se han situado en la escena político social a través de una amplia gama de demandas de diversa índole: ecológicas (por ejemplo, en contra de los megaproyectos energéticos de HidroAysén o Alto Maipo); territoriales (el caso de la comunidad de Freirina que se enfrentó al gigante empresarial Agrosuper); indígena (la histórica lucha mapuche y sus demandas relativas a la recuperación de sus tierras ancestrales y por la autodeterminación); diversidad sexual; feministas; y el más mediático y masivo: el Movimiento Social por la Educación.

Este último, en particular, ha tenido la capacidad de generar hondas repercusiones en nuestra sociedad: la recuperación del espacio público como espacio político (de planteamiento de demandas y propuestas programáticas), que permitió tanto visibilizar una serie de reivindicaciones ciudadanas (hasta hace poco sin tribuna pública, como la exigencia de educación gratuita), como también darle al movimiento que encabezan los estudiantes mayor anchura y espesor social3.

Sin embargo, es necesario señalar que estos movimientos sociales que han ‘estallado’ en el escenario político nacional en los últimos años no son un fenómeno reciente, sino que, por el contrario, forman parte de un proceso histórico de larga data y que, más bien, han continuado sus pasos hasta hoy4. Y es que, pareciera que, porque las movilizaciones estudiantiles del año 2011 permitieron que el término “movimientos sociales” se instalase en el debate político nacional (siendo utilizado transversalmente por medios de comunicación, en el discurso de la clase política, por dirigentes de organizaciones sociales y en el vocabulario de la sociedad civil en general)5, el resto de los MS que se han movido históricamente en la realidad misma, no habrían existido anteriormente (sino desde el momento en el que el término adquirió tribuna pública).

Generalmente, los MS que han remecido nuestra historia reciente, ya sean estudiantiles, territoriales, ambientalistas, de género o de otro signo, han sido puestos en la palestra por los medios de comunicación masivos a raíz de su irrupción – no pocas veces violenta – en el espacio público. Desde esa exposición mediática, que habitualmente dura el tiempo en que el movimiento despliega su movilización callejera, los MS suelen sufrir la crítica criminalizadora de la prensa monopólica. Por otro lado, y aunque con objetivos distintos, los medios independientes y/o de contrainformación suelen rescatar también, mayormente, su capacidad de lucha y de negociación con el poder central, es decir, sus momentos de mayor visibilidad6.

Sin embargo, esta forma de abordar los MS no es privativa de los medios de comunicación. Teóricos y teóricas de los movimientos sociales también suelen centrar su enfoque en los períodos en que los movimientos rompen los breves momentos de calma con los que cuentan nuestras desprestigiadas autoridades. Esta breve reflexión pretende hacerse eco de otra perspectiva: aquella que considera cruciales –también– los lapsos de aparente inactividad, aquellos que se intercalan entre las ya acostumbradas asonadas movimientistas. Pues si las periódicas explosiones de movilización que vienen remeciendo nuestra sociedad de un tiempo a esta parte han resquebrajado de alguna forma el metálico blindaje de la autoritaria democracia postdictatorial, ha sido gracias al potente corrosivo que ha emergido a través de aquellos intersticios sociales que poco a poco van agrietando la hegemonía del régimen transicional: historicidad popular pura, es decir, memoria, organización, solidaridad y voluntad de la ciudadanía de recuperar el terreno perdido ante la arremetida neoliberal.

Sobre esta base es que, como Núcleo de Historia Social Popular y Auto Educación Popular, vemos la necesidad de presentar la siguiente reflexión con la intención de aportar una lectura comprensiva, desde la Historia Social Popular, que nos sirva para revelar la Jornada de Protesta del 4 de agosto de 2011, no sólo como una jornada de movilización más, sino más bien, como expresión de un proceso histórico de mayor profundidad y complejidad, que ha tenido lugar en nuestra sociedad. En este sentido, el texto está organizado en función de cuatro ejes. El primero tiene que ver con abordar, desde la vereda de la Historia Social Popular, la interrogante sobre qué entendemos teóricamente por MS, dejando en evidencia sus dimensiones políticas externas e internas. El segundo hace referencia a la necesidad de reflexionar sobre la dimensión interna de los MS. En la tercera sección, abordaremos la discusión sobre los límites y tensiones que hemos podido identificar en los MS. Por último, finalizaremos con una lectura (sobre la base de los tres puntos anteriores) de la jornada de protesta del 4 de agosto a modo general, y en particular, destacando la importancia histórica de este evento, para analizar algunas de sus posibles proyecciones.

Movimientos Sociales e Historia Social Popular

Los MS constituyen un producto histórico de la modernidad7. En la década de los ’60 del siglo XX, la sociología comenzó a hacer sus primeros esfuerzos por interpretar fenómenos sociales que, con las herramientas teóricas previas, que se enfocaban en las estructuras y los sistemas, no era posible explicar. Esto porque, en aquellos años, emergieron en la escena política (y fundamentalmente, en la calle) diversas manifestaciones de acción colectiva cuyas características desafiaban las explicaciones vigentes acerca de la protesta y la acción colectiva8; la rebelión obrero-estudiantil de París de 1968, el movimiento afroamericano por los derechos civiles en EE.UU., la irrupción del movimiento feminista, ecologistas, etc. De modo que se fue perfilando la teoría de los MS para comprender este fenómeno tomando diversos y variados caminos9.

Uno de estos caminos fue aquel que centró su atención en las relaciones establecidas entre los MS y el entramado del sistema político y la estructura social, en general, y en las ‘oportunidades políticas’ que tienen éstos en el plano de la política estatal, en particular. Esta orientación en el análisis de los MS es lo que aquí entenderemos por la centralidad de la “dimensión externa”10. Al respecto, y en términos generales, se puede señalar que este enfoque considera al Estado como una variable explicativa central, en la medida que contribuye a marcar las pautas de las relaciones socio-políticas influyendo en la acción de los actores de la sociedad civil11. En este sentido, este marco interpretativo permite fijar la atención, de un lado, en las características propias del sistema político institucional analizado, y de otro, en las relaciones que se establecen entre los MS y la política institucional.

Sobre este último punto se puede situar la noción de ‘oportunidades políticas’, respecto a la cual, Garcés señala que “los movimientos sociales tienden a actuar en contextos políticos que les pueden resultar más o menos favorables”12. Asimismo, plantea que este marco interpretativo se enfoca en las características de la estructura política institucional, tales como su “mayor o menor porosidad con relación a las demandas sociales, el tipo de relaciones de poder formales e informales, los usos de la represión, etc.”13. A partir de la noción de ‘oportunidades políticas’, Sydney Tarrow define a los MS como “desafíos colectivos planteados por personas que comparten objetivos comunes y solidaridad en una interacción mantenida con las élites, los oponentes y las autoridades”14.

En suma, esta dimensión externa, tiene que ver con la relación (interacción) que se establece entre los MS y la política institucional. Dimensión que guarda sintonía con el planteamiento de Sergio Grez, para quien los MS son agrupaciones que, en el seno de la sociedad civil, enarbolan demandas no procesadas en la sociedad política y que, a partir de su “movimiento”, repolitizan esta misma sociedad civil (en una especie de socialización de la discusión política en diversos espacios sociales), generando así correlaciones de fuerza favorables para, vía representación en el plano de la política institucional, procesar dichas demandas15. Al respecto, si aterrizamos esta dimensión teórica sobre el problema real que vive el movimiento estudiantil en nuestros días, Grez hace un llamado a no caer en el rechazo irrestricto de las mediaciones y conflictos de la política “realmente existente”, es decir, del Estado y las correlaciones de fuerza entre los actores sociales y políticos, de modo que el movimiento no se “aisle” y pretenda una “quimérica” construcción de poder a espaldas de aquella “política real”16. Y, por el contrario, señala que los estudiantes “deberían ser capaces de dotarse de sus propias formas de representación política que, en conjunto con otros movimientos sociales, les permitan proyectarse sobre el escenario nacional, sin descartar alianzas con referentes políticos contestatarios del actual modelo de economía y sociedad imperante en Chile”17.

En este sentido, el autor abre el debate interpelando al movimiento en cuanto a su capacidad, tanto de generar sus propias formas de representación política como de ampliarse con, y desde, otros movimientos para proyectarse sobre el escenario nacional. Además, plantea la interrogante de si efectivamente el éxito de los MS depende de su integración al juego de la “política real”, es decir, de su capacidad para incidir en el Estado para, desde allí, lograr procesar sus demandas. Esto es distinto a que el MS sea capaz de generar una vía política alternativa ‘por fuera de’ el Estado, conservando su plena autonomía, y, por ende, ignorando la política institucional.

Sobre esta base, es necesario reconsiderar un hecho de suma relevancia, y es que los MS no sólo se mueven en una dimensión política externa en la que se relacionan, interactúan e interpelan al Estado –que tiende a expresarse en el espacio público por la vía de las marchas o protestas callejeras–, sino que también se despliegan, desarrollan y se constituyen como tales en momentos que suelen pasar desapercibidos (fundamentalmente, para los medios de comunicación oficiales, y para aquellos actores sociales que, precisamente, no encarnan los movimientos). En este sentido, Garcés señala que:

Los movimientos sociales (…) no solo hay que verlos en su fase de visibilización pública, cuando ocupan las calles y demandan cambios políticos, sino que especialmente en sus fases menos visibles en que cuestionan y modifican por vía práctica el orden existente. En ese proceso de acumulación de experiencias y saberes es que se constituyen los movimientos sociales y por cierto que, cuando se hacen visibles, esa nueva experiencia retorna y potencia los procesos de cambio ya iniciados en la fase de menor visibilidad18.

Fase de ‘menor visibilidad’ que corresponde a la “dimensión interna” de los MS, en función de la cual, es posible reconsiderar la profundidad histórica de estos, es decir, ya no volcando nuestra mirada sólo en su “fase de visibilización pública”, reduciendo con ello su acción histórica a su capacidad de levantar demandas parciales que deben ser procesadas –solamente– por la institucionalidad política, y que, por tanto, el éxito del movimiento dependa exclusivamente de ganar dicha contienda19. Por el contrario, si ampliamos la mirada hacia momentos y rincones más “lejanos” y menos visibles (para los medios y discursos oficiales que no suelen mostrar ni referirse a los sujetos populares si no se presentan como un problema a resolver), relevaremos la complejidad de su acción histórica desde las prácticas colectivas llevadas a cabo por los actores sociales en su quehacer cotidiano. Donde el tiempo se profundiza (se alarga -con recuerdos del pasado y proyecciones futuras- y ensancha –compartiéndolo junto a los compañeros, amigos, familiares, etc.) y se desenvuelve con otros ritmos sobre los cuales los actores sociales se organizan, dialogan y discuten entre sí, fijan sus propias proyecciones (de corto, mediano y largo plazo), sus objetivos y los medios para alcanzarlos; donde se autoeducan, y asimismo, proponen y deciden los qué, los cómo y los para qué actuar en conjunto (sin esperar que otros lo hagan por ellos).

Resumiendo, poner mayor énfasis en la dimensión interna de los MS nos permite fijar nuestra atención, de un lado, en la propia historicidad de estos, y de otro, en su capacidad propositiva y proyectiva20. Al respecto, Garcés, en su balance teórico respecto de qué son los MS, concluye lo siguiente:

La constitución de un movimiento social supone necesariamente el desarrollo de alguna forma de organización y redes de organizaciones sociales, así como de recursos culturales e identitarios que se irán modificando según se desenvuelve la propia acción colectiva. Movilizar recursos propios, en el sentido de la organización y de los repertorios de acción para confrontar a sus oponentes, en contextos más o menos favorables, son los derroteros más frecuentes de los movimientos sociales. En su mayor desarrollo, los movimientos sociales pueden encarnar proyectos de cambio social que afecten parcial o globalmente el sistema de dominación21.

En este sentido, si continuamos por la dirección de la dimensión interna de los MS y nos movemos particularmente hacia su ámbito cultural, nos encontramos -en parte- con la posición de Gabriel Salazar que, sobre la base de la propuesta teórica sociológica denominada “movilización de recursos”, plantea que se habría producido un giro ‘copernicano’ en la teoría de los MS en la medida en que se “dejó de lado la percepción externa (que generaba asombro, miedo y rechazo) para asumir una percepción interna, comprensiva (…) la sociología, a partir de ese momento, se orientó a examinar, por así decirlo, el ‘motor racional’ que contenían los movimientos sociales”. Así, para Salazar, gracias a este enfoque, se pudo privilegiar la categoría de ‘cultura social’22, lo que resulta clave para desentrañar precisamente la interrogante de qué es lo que mueve a los MS. A esto, Salazar responde que la razón histórica que los motoriza sería una cultura propia, que no es ni puede ser la misma del sistema dominante, ya que el MS:

Intenta ajustar por sí mismo, con sus propios diseños y herramientas, los desperfectos sectoriales de ese sistema, o cambiarlo por completo. Por tanto, el movimiento se inicia cuando los sujetos sociales perciben o sufren los dichos ‘desperfectos’, sigue cuando ellos van desarrollando sus recursos culturales estratégicos, y madura cuando, en un momento dado (‘oportunidad política’) el movimiento emerge en el espacio público para realizar los cambios (parciales o totales) que señalan sus objetivos23.

Así, el autor releva la capacidad autónoma de los MS para generar su propia cultura independientemente de su éxito en el plano político institucional, en la medida en que la esencia de su poder sociopolítico radica en la cultura:

Todo movimiento social implica, pues, una vida histórica temporalmente acotada (pasajera), y en él, como quiera que sea el resultado final de su intervención en el ámbito político, la sustancia real de su poder socio-político radica en la calidad y potencialidad histórica de la cultura propia que ha logrado consolidar. Y esto implica un proceso de aprendizaje colectivo24.

De esta manera, el autor nos interpela sobre cuáles han sido aquellos recursos culturales estratégicos que han desarrollado los MS, de modo que podamos dilucidar si, efectivamente, se está (hoy) cultivado una cultura popular propia que esté perfilando y/o dando atisbos de una nueva sociedad. Al respecto, y planteando un primer balance, es importante recalcar que la centralidad que se le otorgue en el análisis a una u otra dimensión –la interna y externa– nos conducirá a posar nuestra atención en niveles distintos de la acción colectiva. Así, por ejemplo, si nos centramos en su dimensión externa, el debate se orienta principalmente, a desentrañar la posibilidad que tienen los MS de procesar sus demandas en el ámbito político institucional; mientras que si nos enfocamos en su dimensión interna, ésta nos conduce a ver las potencialidades que los MS pueden desplegar por sí mismos, su capacidad para autoeducarse, configurar su propia praxis política, perfilando una identidad particular, y en suma, generando su propia cultura. Sin embargo, es necesario precisar que la diferenciación de las dimensiones es sólo una operación analítica, ya que, ambos procesos se conjugan y mueven continuamente en y desde la realidad misma. Sin embargo, como señala Salazar, “jamás la cultura viva, por más vigencia práctica que tenga, puede desechar la reflexión sistemática”25.

Sobre esta base, consideramos que la movilización del 4 de agosto del 2011 no debe entenderse sólo en función de su dimensión externa, es decir, como una protesta callejera más en la que los actores sociales interpelaron nuevamente al Estado -a la clase política civil- desde sus históricas demandas sociales dirigidas hacia la consecución de un nuevo modelo educativo libre de la dictatorial condena mercantil; lectura que lo presentaría como un mero hecho esporádico y coyuntural de ese día en particular. Por el contrario, nos interesa reflexionar dicha jornada como parte de un proceso histórico que han venido cultivando los MS desde su dimensión interna, la cual, si bien no suele ser de fácil visibilidad pública, sí lo es para los sujetos que encarnan el movimiento y que tejen a diario sus procesos de construcción cultural e identitaria, sus formas de acción colectiva y que pueden llegar a constituir proyectos de cambio social.

Por eso, a continuación ahondaremos más en aquella dimensión de los MS, y en particular, del movimiento estudiantil, de modo que podamos leer el 4 de agosto del 2011, no sólo como un hito de protesta más (lo cual no le resta importancia a la movilización) sino también, como parte de nuestra extensa historia social popular.

La dimensión interna de los Movimientos Sociales: vivir la utopía

Los nuevos escenarios planteados por el período dictatorial supusieron procesos de cambios sociales profundos derivados de transformaciones tanto en el plano económico como en el político: un impulso en políticas económicas que privilegiaron al sector privado por sobre el público, además de la desarticulación de un sistema político medianamente capaz de procesar las demandas de los MS, y su sustitución por otro cada vez más alejado de la sociedad civil26.

Esta nueva forma de configurar ambos planos, si bien fue sellada en dictadura, significó la instalación de las bases por las cuales se regiría la sociedad futura. ¿Qué mayor expresión de ello que una salida al período dictatorial mediante una negociación pactada “por arriba”, con la exclusión de los MS y por tanto ajena a la sociedad civil? ¿No estaban dando cuenta con ello, los políticos partícipes de ese proceso, de cómo se configuraría “la política” de aquí en adelante? Así es como la “transición enajenada”27 se expresó en el hecho de que las luchas opositoras al régimen se vieron imposibilitadas de desembocar en espacios de participación efectiva durante el proceso de democratización, trayendo consigo importantes grados de frustración social. Esta sensación de fracaso de las aspiraciones democráticas28 se vio acompañada por la penetración de los valores hegemónicos implantados por el neoliberalismo. Tomás Moulian lo expresa de la siguiente manera:

El gran cambio cultural introducido en estos años de autoritarismo mercantilizador ha sido el debilitamiento de ese espíritu o ánimo societal […] En el nuevo contexto se privilegian las estrategias individuales, el volcamiento hacia lo privado… el desligamiento de lo público, la compulsión por la competencia y el éxito material, la transformación del consumo en una fuente de prestigio29.

Es así como el desencanto producido por el carácter que tomó la transición, sumado a esos valores de cuño individualista, provocaron importantes grados de desmovilización y debilitamiento de los lazos asociativos, generando con esto mayores dificultades al momento de regenerar el tejido social dañado por la implantación de las transformaciones políticas y económicas.

Aun así, los MS no pudieron ser arrancados de raíz de la fértil tierra nutrida por su propia memoria histórica. Frente al nuevo escenario se vieron en la necesidad de reinventarse a sí mismos y ensayar los rumbos que tomaría su accionar. Es así como el sistema político deslegitimado que trajo consigo el período transicional, provocó que los MS comenzaran a cuestionar su tradicional base de acción anclada en la orientación al Estado y en la dinámica partidista, para comenzar a recuperar la estrechez de sus lazos sociales y darles, con esto, una categoría nueva: la horizontalidad como forma de dar respuesta -de manera colectiva y autónoma- a las problemáticas sociales de las cuales el Estado se había desvinculado. En este sentido, la acción colectiva de los MS tiende a efectuarse desde el diagnóstico de un problema común y hacia la búsqueda de soluciones autogestionarias. Pero ¿qué es lo que acontece entre ese principio y ese fin?

En respuesta a la imposición de una forma de hacer política distanciada de la sociedad civil, estos actores -en el camino para resolver sus demandas sectoriales como vivienda, salud o educación- fueron construyendo nuevos modos de hacer política30, o más bien, revitalizando antiguas prácticas asociativas del movimiento popular que habían sido relegadas, durante las décadas anteriores, debido a la preponderancia de las formas organizativas de los partidos de masas. La “Asamblea” como espacio donde, basándose en la democracia directa, se toman decisiones colectivas cuya ejecución está en manos de encargados responsables ante sus compañeros/as; los “colectivos” como expresión de rechazo del verticalismo propio de los partidos políticos, y de su sustitución por formas organizativas basadas en la horizontalidad. Estas nuevas prácticas organizativas fueron acompañadas por una sustancia valórica que nutrió al movimiento y le otorgó su sello distintivo: la solidaridad. ¿Qué importancia tuvo la configuración de esta forma de relacionarse con los otros? Pues que frente a valores hegemónicos como el individualismo y la competencia -que brotan de la médula capitalista- se posicionó un valor contrahegemónico y que – ¡ojo! – no sólo está en contra de sino que utilizó esa negación para servirse de otro valor que se ajustara más a las necesidades cotidianas que entraña la realidad de los sujetos.

Este valor fue utilizado por el movimiento estudiantil para la definición de su accionar en su dimensión interna, y en el período que va desde 1987 a 2001, fue acumulando una serie de saberes asociativos y organizacionales, principalmente en el sector juvenil -tanto en el ambiente universitario como poblacional- en el que se vio una tendencia al colectivismo y a constituir espacios de democracia directa. Así, estas nuevas dinámicas organizativas, que ya estaban siendo trazadas desde el movimiento juvenil (desde la población y el movimiento estudiantil) se expresaron fundamentalmente en la modalidad organizativa escogida por los secundarios el año 2000: la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (ACES)31. ¿Cuál fue el giro que significó la constitución de ésta? Pues que en la decisión de tomar distancia de las dirigencias universitarias, se estaba tomando -en el fondo- una decisión de mayor importancia política: el distanciamiento de los partidos políticos con los cuales acostumbraba a relacionarse la dirigencia universitaria, dando paso a un nuevo modo de hacer las cosas: la deliberación en Asamblea.

En contraste con el preponderante centralismo democrático de la izquierda tradicional, la colaboración mutua que despertó la tendencia a recuperar los lazos asociativos fue garantía de procesos más agudos de intercomunicación, fruto de la dinámica asamblearia en donde, de manera horizontal, se ampliaron ostensiblemente las dinámicas democráticas: se dialoga/delibera/decide y se trabaja colectivamente para fines comunes, constituyendo una nueva forma de hacer las cosas. Es por esto que el volcamiento hacia el espacio público ocurrido en el año 2001 posee un correlato que se manifiesta en los espacios no visibles del MS, que ostentan la característica de estar configurando nuevas formas de hacer política. ¿Podría, la dinámica asamblearia del movimiento, constituirse como un nuevo modelo político basado en la primacía de lo colectivo, la horizontalidad y la deliberación directa? La praxis de los movimientos basados en estos principios nos otorga una respuesta optimista en tanto que lo que propone no viene dado desde la teoría pura, sino que va configurándose en su dimensión interna con la constitución de nuevos saberes que, al posicionarse como una alternativa al modelo político dominante, va impulsando desde ya procesos de transformación social.

Lo anterior tiene relación con el pensamiento de Raúl Zibechi, el cual en vez de fijar su atención en cómo interactúan los MS con el sistema político, señala que la transformación social está dada en la construcción de prácticas sociales alternativas que corresponden al tiempo y a la dinámica interna de la movilización social, donde las luchas de “los de abajo” representarían un desafío más profundo que antes al poder, ya que crean “otros mundos” dentro y contra el capitalismo, revelando de esta forma la posibilidad real de un mundo poscapitalista32.

Todas las prácticas cargadas de índole propositiva desplegadas en la dimensión interna, detonarían en el espacio público con el “mochilazo” del 2001, manifestando en las calles aquella “carga experiencial” acumulada en la fase anterior, y que además, significaría un proceso de afianzamiento y fortalecimiento de las prácticas autonómicas en lo político (desde el colectivismo al asambleísmo) y autogestionaria en lo educativo (autoeducación)33. Aun así, este asambleísmo tuvo que sortear las jugarretas desplegadas por la clase política para así tomar otros derroteros. ¿Por qué? Pues porque, expulsada del espacio público -y del Estado- producto de la criminalización de su accionar por intermedio de la prensa monopólica, tuvo que pasar de ser un “asambleísmo nómade” a uno con territorio propio, para encontrar un espacio físico donde pudieran materializarse las nuevas formas del convivir. Así, progresivamente desde el 2006 al 2011, las tomas de universidades y colegios pasaron de ser un ejercicio de presión a las autoridades a transformarse en espacios para territorializar la utopía: encarnaron una resignificación del espacio, y con esto, la solidaridad como valor contrahegemónico pudo encontrar un nido que permitiera tejer con hilos nuevos los lazos sociales que amenazó con despedazar la profundización del neoliberalismo. Como señala Daniel Fauré:

La “toma” permitió a parte importante de los estudiantes (y progresivamente a otros sectores sociales) vivenciar la movilización sin necesidad de trasladarse a un territorio ajeno (el centro de Santiago), palpando el asambleísmo y sentando las bases para una convivencia, al interior de los liceos, de otro tipo, resignificando el espacio y “obligando” a los ocupantes a hacerse cargo de las múltiples tareas que esto implica (recursos, vigilancia, seguridad, cultura, etc.)34.

En esta cuestión es preciso detenerse: ¿Qué puede leerse en la acción de estos ocupantes? Pues que estas actividades de convivencia, en las que se distribuyen las labores que implica la ocupación de un espacio, están mostrando la capacidad de hacer de estos sujetos. Si un grupo se encarga, por ejemplo, de la seguridad al interior; y otro se hace cargo de la cultura, ¿no estarán tomando en sus propias manos las tareas que pretende monopolizar el Estado y el mercado? Si bien esto se encuentra circunscrito en los márgenes materiales de un liceo, ¿podríamos negar que su práctica posea ribetes emancipadores? ¡No es el pueblo demandando que el Estado “se haga cargo” de la cultura, es el pueblo construyendo cultura! Así, la administración de recursos para la organización de actividades sociales y culturales al interior del espacio ocupado supone un ejercicio de autogestión, de autogobierno. De esta manera podemos ver la proliferación de “comisiones de cultura” en los liceos tomados que significaron la profundización de los procesos de autoeducación con control territorial comunitario incluido, lo cual se vio materializado en el levantamiento de foros, talleres y conversatorios donde predominó una lógica de diálogo constante de orientaciones heterogéneas y la consiguiente búsqueda de horizontes colectivos al interior del movimiento35.

De esta manera, y siguiendo a Garcés, se asiste a una refundación de las concepciones y prácticas de la política. Ésta deja de estar monopolizada por el Estado y los partidos para pasar a ser un asunto de todos y todas, lo cual trae consigo la multiplicación de los actores políticos y la profundización de los procesos de democratización de las relaciones sociales. En este sentido, frente a la obstrucción que impone el Estado para la participación política, los MS funcionan como mecanismos de repolitización de la sociedad actual, en donde o político tiende a democratizarse y encontrarse en el espacio cotidiano compartido por los sujetos en movimiento, siendo su dimensión interna el lugar en donde se encarnan los proyectos históricos, se practican las nuevas formas del convivir y por tanto, en donde se configuran las nuevas formas de hacer política.

No obstante, esta refundación significa, además, abordar otra cuestión insoslayable: la aceptación del conflicto y la disputa de alternativas en la construcción del orden social36. Pues bien, si en la dimensión interna de los MS se va configurando en lo particular algo susceptible de proyectarse hacia lo general como alternativa de modelo político, ¿qué tan decisivas son las herramientas con las que cuentan para vencer en la correlación de fuerzas de un modelo político hegemónico y uno nuevo que se levanta en las prácticas asamblearias y de control territorial? ¿El despliegue de estas nuevas dinámicas organizativas en los espacios construidos por estos sujetos, son garantía de permeabilidad hacia el resto de la sociedad civil?

Movimientos Sociales: límites y tensiones

En el análisis de la materialización de estas nuevas formas de hacer política37 que han desarrollado los MS recientes en el escenario nacional (y latinoamericano) saltan a la vista ciertas limitantes que la praxis sociopolítica de estos movimientos ha dejado ver a la hora de concretar sus demandas en el ámbito institucional. Dicho de otra forma, es necesario problematizar las dificultades que los MS han mostrado para traducir la masividad de sus movilizaciones y la legitimidad acumulada, en alternativas políticas nacionales o de mayor alcance y representatividad. No se trata solamente, por cierto, de explorar cuáles serían los mejores caminos que los movimientos podrían transitar en pos de encarnar un rol protagónico en la “política realmente existente”, es decir, abrirse al “juego de la política”38 en los espacios delimitados por la Constitución ilegítima de 1980, sino, y reflexionando desde el campo de la dimensión interna de los MS, pensar en torno a la tarea de construir formas organizativas que aseguren la continuidad en el tiempo (más allá de las coyunturas de visibilidad pública) de los mecanismos democráticos de elaboración programática, de salvaguarda de autonomía y de construcción de instancias de representatividad política que no sean subsumidas por el armatoste político estatal y sus apéndices partidistas. En este sentido, la búsqueda de las fortalezas necesarias para asegurar mejores y mayores perspectivas para la acción transformadora de los MS no deben buscarse sólo a la hora de traducir la movilización en alternativas político-programáticas; en este punto, los procesos de constitución asociativa de los movimientos, de despliegue de relaciones sociales que tiendan a la superación –en el presente– de las diluidas y resquebrajadas formas de expresión “democrática” de la actual institucionalidad, son de importancia capital para el futuro de cualquier movimiento. El fortalecimiento de las capacidades realmente democráticas de las organizaciones populares, la consolidación de una praxis soberana, es un factor de su solidez política ulterior.

La construcción de esta política popular, ciertamente está dada por el carácter de las relaciones establecidas entre los sujetos que le dan vida. La institucionalidad actual se ha caracterizado por reproducir un sistema político vaciado de todo sustento democrático, deliberante. La progresiva expropiación de la soberanía política ciudadana –condición de nacimiento de la actual democracia autoritaria–, y su cosificación en los raquíticos mecanismos representativo-electorales, ha llevado a la constitución de un sistema político que sintoniza más con los manuales de marketing que con los principios de una sociedad civil soberana39. Una de las respuestas que el movimiento popular ha dado a esta situación (y que se expresa en algunos MS) ha sido la construcción, lejos de los reductos del poder, de dinámicas de asociatividad popular que responden a la voluntad de diversos tipos de comunidades (urbanas, territoriales, identitarias, étnicas, etc.) para enfrentar los embates del neoliberalismo. Esta asociatividad ha estado signada por un tipo de relaciones sociales comunitarias que se podrían definir como “una forma de sociabilidad que tiende a la apropiación consciente por parte de sus integrantes de sus medios de existencia, a la deliberación y al consenso de los propósitos colectivos”40.

De esta manera, desde diversos espacios de asociatividad, como las Asambleas Territoriales (Aysén, Freirina, Chiloé, y un largo etc.), Asambleas Estudiantiles, Organizaciones Feministas, Agrupaciones de Pobladores, Comunidades Mapuche y otras orgánicas, distintas porciones del campo popular y de sectores medios han contrarrestado los efectos de la alienación política irradiada desde el marco constitucional vigente. En esta reapropiación soberana, que en la práctica se expresa a través de la acción colectiva de comunidades, movimientos y organizaciones que se movilizan contra la precariedad y autoritarismo característicos de la democracia neoliberal (como la mercantilización de derechos básicos, la flexibilidad laboral, y en general, la prioridad de las lógicas del capital por sobre los intereses de la mayoría y del resguardo del medioambiente); en esta praxis soberana, decíamos, los MS construyen, cotidianamente, nuevas formas e instituciones sociales, donde se autoeducan y se dotan de mecanismos democráticos que, en el hoy, nutren la lucha concreta y proponen una alternativa para una sociedad mejor. Estas “proyecciones prefigurativas de la nueva sociedad”41 son parte constituyente de una cultura política popular.

En la historicidad concreta de los MS, ciertas dificultades han operado como factores disolventes de su potencialidad transformadora. Tensiones que suelen mostrarse de manera más diáfana a la hora de la negociación con el Estado y los partidos políticos tradicionales: la integración y/o cooptación de las dirigencias u organizaciones por aquellos (como hemos visto en el movimiento estudiantil); la incapacidad de unificar las instancias representativas a la hora de la negociación con el Estado (como vimos en la última movilización territorial chilota); o las dificultades para generalizar –hacer hegemónicas– las prácticas deliberativas democratizantes al interior de los movimientos y que son fraguadas en sus períodos de latencia (situación muy patente en el movimiento estudiantil universitario y secundario, donde la democracia suele esfumarse en los niveles cupulares de toma de decisión durante las coyunturas álgidas).

Para Garcés, las limitantes o problemáticas a resolver de los MS tienen que ver, a grandes rasgos, con dos aspectos principales relacionados con la autonomía de los movimientos: el problema de la representación política y la necesidad de fortalecer la estructura organizativa interna. Respecto del primero, está la necesidad de la “constitución de sus propias formas de representación social y política”42. En cuanto al movimiento estudiantil, en el aspecto coyuntural, es decir, durante sus fases de irrupción en el espacio público, para el autor “sería deseable una ‘conducción política’ que sea capaz de traducir el actual movimiento estudiantil en una propuesta política (lo que antaño hacían los partidos) que haga viable la negociación con el gobierno y asegure de este modo, algunos logros y deje para mañana lo que hoy no se consiga”43. En este punto, la posición de Garcés confluye con la de Grez, en cuanto a la necesidad de no obviar la relevancia de luchar por conquistar posiciones al interior del sistema político institucional.

Sin embargo, aunque la necesidad de instancias de representación política es sentida con mayor intensidad durante los procesos de movilización de los MS, la detección de esta falencia no responde sólo a la pulsión teórica “estatista”, o centrada en la dimensión externa de los movimientos, sino que está en directa relación con la dimensión interna, o en otras palabras, con las dinámicas asociativas embrionariamente desplegadas durante los períodos de latencia y que configuran un “desplazamiento de la política”, desde los lugares habituales y consagrados por el sistema (y que legitiman y/o reproducen la alienación política y la desigualdad), hacia afuera y hacia abajo, repolitizando “lugares sociales o conjuntos de estructuras y relaciones sociales que habían sido neutralizadas o despolitizadas”44.

En este sentido, y siguiendo con Garcés, la segunda tarea a resolver por los MS tiene que ver con el fortalecimiento de sus estructuras organizativas internas, proceso que tiende a asegurar ciertos niveles de autonomía y capacidad de acción sobre todo durante las coyunturas de enfrentamiento y negociación:

Los movimientos que no desarrollan capacidades propias para producir cambios en las relaciones de poder – local, sectorial, regional o nacional – terminan siendo dependientes del poder político institucional y pueden agotar sus energías en esa confrontación. Sin embargo, los movimientos que pueden sostener sus luchas por largos períodos son aquellos que desarrollan capacidades propias para producir cambios sociales aun antes o independientemente de las instituciones políticas dominantes45.

La capacidad para “sostener luchas por largos períodos”, en el contexto político chileno actual, es una cualidad indispensable con la que los MS deben contar si pretenden producir reformas sectoriales o estructurales en el sistema institucional. Esa capacidad se fortalece, por cierto, con la amplitud del despliegue de lo que concebimos como relaciones sociales comunitarias. Y este tipo de asociatividad tiene como marco natural e inmediato el espacio local y cotidiano.

Estas cuestiones plantean la necesidad de articulación de la diversidad de actores sociales que hoy son aglutinados por demandas sectoriales, pues, ¿acaso no tienen relación las demandas de las agrupaciones ambientalistas, producto de la producción descontrolada de la sociedad capitalista, con las demandas de “fin al lucro” del movimiento por la educación? ¿Acaso no tienen relación la precarización de la vivienda con la insuficiencia de medicamentos en los consultorios?

De todo lo anterior, emerge la necesidad de construir y desplegar fuerza social para contrarrestar la ampliación del ámbito de acción del capital y su democracia neoliberal en todos los planos donde su pulsión alienante se presente. Para ello, y refiriéndose al movimiento social popular, Goicovic plantea que éste “debe resistir en torno a sus prácticas cotidianas de construcción y preservación de vida, rescatar los rasgos que fortalecen y proyectan la identidad local y avanzar en la resocialización de las situaciones, los espacios y las demandas”, todo esto en orden a la ampliación horizontal e integración de los demás MS y expresiones de resistencia popular, con el horizonte de “crear un consenso popular alternativo respecto del poder político”. Y, como se deduce de lo expuesto, para construir esta unidad político-programática y afrontar con proyecciones de éxito el desafío de la subversión del actual régimen de dominación, “es necesario tomar el poder primero en la sociedad civil”46.

Como señalara Luis Emilio Recabarren, refiriéndose a las tareas del movimiento obrero de su época, “socialismo significa armar al pueblo de inteligencia para que sepa conquistar la felicidad”47. Y en esa inteligencia – la “fuerza de las fuerzas” del movimiento social – adquirían centralidad el “cooperativismo popular y la autoeducación”48, es decir, las tareas asociativas que las organizaciones sociales-obreras debían desplegar en su territorio inmediato. Nutriendo su “inteligencia”, o sea, desarrollando sus capacidades de administración de recursos (materiales y organizativos), sus conocimientos técnicos y teóricos, sus mecanismos de deliberación y su potencial propositivo, en fin, cultivando su autonomía y construyendo su poder, el movimiento social popular se prepara de mejor manera para enfrentar los desafíos que tiene por delante.

La Jornada de Protesta Popular del 4 de agosto de 2011: lecciones y proyecciones

La jornada del 4 de agosto marcó un hito en la memoria popular reciente. Las multitudinarias marchas protagonizadas por el Movimiento Social por la Educación que antecedieron a ese inolvidable jueves de agosto, sumadas a la intransigencia del gobierno empresarial de Sebastián Piñera, hacían presagiar jornadas combativas. La gota que rebalsaría el vaso la puso el gobierno, a través de la decisión del ministro del interior Rodrigo Hinzpeter y de la entonces intendenta de Santiago, Cecilia Pérez, de no autorizar la marcha convocada por la CONFECH para ese día. Durante la mañana de aquel jueves y ante la persistencia del movimiento para ejercer su derecho a manifestarse, el vocero de gobierno y primo del presidente, Andrés Chadwick Piñera, sostuvo que “los estudiantes no son dueños de este país”49, dejando entrever –¿cómo no pensarlo?– su concepción patrimonial de la nación y la política. De ahí en más, la respuesta del gobierno sería el despliegue de cerca de 1.300 funcionarios de fuerzas especiales de carabineros en el centro de la capital, quienes desatarían una represión brutal50.

Frente al virtual estado de sitio, las vocerías de la CONFECH ofrecieron una conferencia de prensa durante la tarde de ese jueves, evaluando la respuesta estatal y llamando a la población a responder con movilización a la represión. La en ese entonces presidenta de la FECH, Camila Vallejo, dijo:

Hemos sido muy enfáticos y nos hemos planteado de manera responsable con nuestras demandas, proponiendo de manera concreta, abriéndonos al diálogo con el gobierno. Sin embargo, éste nos ha respondido reafirmando su visión ideológica respecto de la educación, y por tanto, reafirmando un modelo que hoy día ha demostrado estar en crisis […] una crisis general de la institucionalidad política que está demostrando no dar el ancho a las demandas sociales51.

Por su parte, Sebastián Farfán, a la sazón presidente de la FEUV, hizo el siguiente llamado:

Lo que ha sucedido el día de hoy toma un carácter histórico, es un día de vergüenza nacional y un día de vergüenza para esta supuesta democracia… los derechos más básicos de las personas, los derechos más básicos de los chilenos, el día de hoy han sido vulnerados. Se nos está quitando el derecho a la manifestación, el derecho a la reunión… como CONFECH creemos que es una vergüenza que no estamos dispuestos a aceptar y por lo tanto el día de hoy hacemos un llamado a todos los compañeros a movilizarse con todas las fuerzas que sean necesarias, a pasar por encima de estas barreras que nos están poniendo52.

Posteriormente, la presidenta de la FECH convocó a todo el país a un “cacerolazo en repudio a la represión contra los estudiantes”53, para el mismo jueves a las nueve de la noche. Al atardecer, las cacerolas repiqueteaban por todo Chile. Y al caer la noche, la luz de la luna fue opacada por el destello de las miles de barricadas que se levantaron en diversos puntos del país, pero con mayor intensidad en las comunas populares de Santiago. La legitimidad y masividad de la protesta nacional de aquella tarde-noche hizo rememorar a los sectores populares las Jornadas de Protesta Nacional contra la dictadura que sacudieron al régimen militar entre 1983 y 1987; por su lado, los pensamientos de la elite pinochetista en el poder fueron atravesados por el fugaz recuerdo del “cordón de fuego” que rodeó el centro capitalino durante aquellas veintidós jornadas de dignidad54.

¿Por qué el 4 de agosto fue un hito? Pues además de la masividad y legitimidad ciudadana alcanzada por la protesta, los cientos de miles que por todo Chile se movilizaron echaron mano de su identidad y su memoria, como no se había visto hasta ese momento durante los más de 20 años de democracia neoliberal. Pues esta vez el repertorio de acción del movimiento se amplió: a la marcha por el centro y la subsecuente autodefensa callejera se le sumaron otras formas de protesta, cuyo principal aporte fue la integración de otros sujetos a la movilización. Caceroleo, cierre de comercios y familias que no mandaron a sus hijos/as a la escuela, entre otros gestos de adhesión, le dieron un carácter transversal a la jornada. Y por supuesto, los niveles de combatividad desplegados en las poblaciones periféricas de Santiago, de tal masividad que la policía fue incapaz de controlarlos, hicieron recordar al pueblo movilizado que en sus territorios es más fuerte, y que la vía para visibilizar la incapacidad estatal para resguardar su metálica gobernabilidad, como método de presión contra el gobierno, es el copamiento territorial y la multiplicación de las barricadas.

Por otro lado, este recurso a la memoria popular demostrado por la manifestación territorial de las protestas durante la noche de aquel jueves no comporta sólo un ejercicio evocativo. Dicha masividad y confluencia de otros actores sociales expresó la cristalización de un proceso de reconstrucción organizativa autonómica de la sociedad civil, sobre todo popular, que aguijoneada por la individuación, precarización y mercantilización de la vida que la democracia neoliberal ha traído consigo, ha acelerado la conformación de espacios de despliegue de relaciones sociales comunitarias y solidarias. Salazar, analizando la explosión social del 2011, señala:

Las nuevas tendencias del movimiento social-ciudadano apuntan, sin duda, a subrayar la cartografía de lo que rechaza (el inventario de los ‘NOs’) y, por contraste, a bosquejar la cartografía de lo que propone. Es decir, está echando las bases de un proyecto constitucional alternativo. A eso contribuyen, y no poco, todos los proyectos autogestionados que se realizan en la base social, sobre todo por parte de la juventud popular55.

En este sentido, la irrupción en el espacio público y comunitario (territorios populares/periféricos) de la movilización por la reforma a la educación mercantil responde no sólo a la coyuntura política del momento sino también a la praxis soberana popular y de ciertos sectores medios (asambleas territoriales, colectivos políticos, espacios autoeducativos, etc.) que la sociedad civil ha venido desplegando durante la postdictadura. Éste es el sustento político cultural que explica, desde la dimensión interna del movimiento ciudadano y popular, dicha irrupción56.

La “democracia protegida” y las demandas sociales: la lección del 4 de agosto.

Una de las lecciones que nos dejó la jornada del 4 de agosto, y que nos continúa dejando la historia del Movimiento Social por la Educación en general, es la evidencia de la incapacidad que tiene la institucionalidad heredada de la dictadura para procesar las demandas sociales. No sólo por sus oxidados y limitados mecanismos democráticos, sino además y como ha quedado burdamente explicitado en el último tiempo, por el contubernio entre el empresariado de la educación y la clase política.

La administración de los gobiernos postdictatoriales ha legitimado, en el ámbito institucional, lo que el régimen militar impuso a través del terror. Pero como hemos visto, dicha legitimación no ha permeado profundamente a la sociedad civil. Ejemplo de eso son los múltiples y masivos MS que hemos observado en el último tiempo, símbolos de resistencia ante el avance del modelo. Sin embargo, esos MS no tienen una tarea transformadora fácil por delante. La movilización nacional del Movimiento Social por la Educación de 2011 lo dejó claro: en ausencia de un despliegue macizo de movilización popular, los sectores más reaccionarios de la clase política civil no darán su brazo a torcer; antes de eso, ensayarán la represión hasta sus últimas consecuencias con el objetivo de dilatar los procesos y desmovilizar a la ciudadanía, como lo expresa el asesinato del joven poblador Manuel Gutiérrez durante el paro nacional convocado por la CUT el 25 de agosto de 2011, así como las muertes del obrero forestal Rodrigo Cisterna (2007) y del minero Nelson Quichillao (2015), asesinados también por carabineros durante la represión de movilizaciones sectoriales.

La respuesta represiva dice relación con el carácter de nuestra institucionalidad, que como dijimos, es incapaz de procesar las demandas sociales de manera democrática, pues la Constitución pinochetista la dotó de variados mecanismos que blindaron legalmente las imposiciones del régimen. Al mismo tiempo, las demandas sectoriales de los MS derivan rápidamente, fruto de la radicalidad del neoliberalismo en que vivimos, al cuestionamiento estructural del sistema político y económico (desalojo del mercado de la Educación; responsabilidad estatal frente al problema de la vivienda popular; democratización de la administración pública, etc.). Esta situación –demandas demasiado radicales para una democracia autoritaria versus una clase política civil aferrada con uñas y dientes al statu quo y a sus lazos con el capital nacional e internacional– lleva a los MS una y otra vez a golpearse con la muralla de la terca negación estatal (vestida de verde y con accesorios de última tecnología) y a la imposibilidad de dirimir los conflictos sociales más sentidos por la vía institucional. Sistema que niega la posibilidad de hacer plebiscitos y que requiere de mayorías parlamentarias inalcanzables para modificar las leyes orgánicas. De esta manera:

Nos acercamos de este modo a un “empate catastrófico” en que el gobierno cuenta con todos los medios institucionales para bloquear al movimiento estudiantil [y a los demás] y apostar a su desgaste en el tiempo, y los estudiantes [trabajadores, mapuches y pobladoras] están obligados a mantenerse movilizados y sumar apoyos sociales para no perder visibilidad y lograr reformas significativas en el actual sistema […] o contribuir a que la crisis de legitimidad se transforme en crisis política. O sea, obligue al ejecutivo y al Parlamento a modificar el sistema político para hacer posible procesar las demandas que provienen de los movimientos sociales. Un enorme desafío57.

Empero, y trazando como objetivo no sólo generar una situación de ingobernabilidad que obligue a la clase política a negociar, sino también llegar a esa negociación con un MS capaz de imponer sus soluciones, creemos que son necesarios otros pasos complementarios.

Vivir la nueva sociedad, construir horizontes comunes.

Las prácticas emancipatorias esgrimidas en la dimensión interna de los MS pueden ser vistas como procesos de construcción de horizontes comunes, en los que prima la tendencia a asociarse para resolver problemáticas a través de mecanismos de deliberación directa y resolución colectiva y autogestionaria, con los consecuentes lazos de solidaridad que despierta el ejercicio de trabajar en comunidad.

Ahora bien, ¿cómo se enfrentan estas prácticas, y toda la dimensión política que encarnan, con el aparataje estatal y su intento por neutralizar a los movimientos? En este sentido, una limitante que podemos encontrar en los MS es la dificultad que han tenido para materializar dichos horizontes comunes; es decir, para utilizar esa forma de concebir lo público como fundamento ideario para la construcción de programas disputables en el sistema político, enraizados en sus prácticas político-culturales internas.

En este sentido, y utilizando como ejemplo al movimiento estudiantil, se atisba una suerte de distanciamiento entre las prácticas ejercidas en su propia organización interna y las consignas que se instalan con mayor fuerza: mientras en su dimensión interior se están configurando dinámicas asamblearias, control territorial y autogestión educativa, en las calles se grita ¡educación pública, gratuita y de calidad!, haciendo un llamado a que el Estado se haga cargo de lo que hoy está en manos del mercado. ¿Cómo pensar esta contradicción? Aun cuando los procesos de creación de nuevas formas de hacer política vividas en lo micro sean susceptibles de proyectarse hacia lo macro, esta cuestión no es pensada así por la totalidad de los sujetos movilizados. Un hecho que da cuenta de ello es que la mayoría de las agrupaciones movilizadas por la educación utilizó como consigna principal la anteriormente mencionada, siendo sólo la ACES quien proyectó su accionar autogestionario de los espacios tomados hacia una propuesta que incluyó en su formulación el principio de control comunitario.

Una lección que podemos sacar de esto es la necesidad de que los horizontes que plantean los MS puedan ser sistematizados en programas que, acompañados de una elevación en los índices de movilización, puedan ser impuestos al Estado y convertidos en ‘principios generales’, siendo los MS, como amplificadores de los anhelos de la sociedad civil, los que den respuesta –desde sus “proyecciones figurativas”– a cuestiones tales como ¿qué educación, vivienda y salud queremos? ¿Cómo se organizará? ¿Cómo se distribuirán los recursos? Sin embargo, es necesario apuntar aquí que la sociedad futura no pertenece necesariamente al futuro, sino que sus posibilidades de existencia están íntimamente relacionadas con la capacidad que la sociedad tenga de construir, en el presente, relaciones sociales que encarnen el porvenir que queremos.

Referencias bibliográficas

Libros:

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Artículos:

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Garcés, Mario. “El movimiento estudiantil y la crisis de legitimidad de la política chilena”, en Pensar Historia. Revista de estudiantes de historia, Universidad de Antioquía, Medellín, N°2, 2013.

— “La política chilena: el descrédito de la clase política, los nuevos movimientos sociales y la ausencia de alternativas políticas nacionales”, ECO, Santiago, 2016.

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NOTAS

1 Crisis de representatividad diagnosticada hace ya diecisiete años. Véase: Gabriel Salazar y Julio Pinto. Historia Contemporánea de Chile Vol. I Estado, legitimidad y ciudadanía, LOM, Santiago, 1999. Con respecto al concepto de ‘clase política civil’ y un examen de sus expresiones históricas en la historia republicana chilena del siglo XX, véase: Gabriel Salazar. La enervante levedad histórica de la clase política civil (Chile, 1900-1973), Penguin Random House, Santiago, 2015.

2 Mario Garcés. “La política chilena: el descrédito de la clase política, los nuevos movimientos sociales y la ausencia de alternativas políticas nacionales”, ECO, Santiago, 2016, p. 2. En: www.ongeco.cl/la-politica-chilena-el-descredito-de-la-clase-politica-los-nuevos-movimientos-sociales-y-la-ausencia-de-alternativas-politicas-nacionales (Visitado el 2 de julio de 2016).

3 Daniel Fauré. “Territorialización y autoeducación en el movimiento social por la educación chileno. Hacia la construcción de una nueva matriz analítica para leer los movimientos (2001-2013 y más allá)., Trabajo para rendir examen de calificación, Programa de Doctorado en Historia, U. de Chile, 2014, p. 3.

4 Por dar algunos ejemplos de procesos de acción colectiva de inicios del siglo XX que persiguieron demandas sectoriales y estructurales muy similares a los MS de hoy, y que sin duda, constituyen sus antecedentes históricos, podemos señalar: las Ligas de Arrendatarios, primera expresión del movimiento de pobladores urbanos en la lucha por una vivienda digna; la Asociación General de Profesores de Chile, que junto a la FECH y a la FOCH lucharon por una educación al servicio y controlada por la sociedad.

5 Ibíd., p. 8.

6 Por cierto, esta orientación de los medios independientes/populares/contrainformativos tiene que ver con la necesidad coyuntural de cubrir las manifestaciones públicas de los MS con el objetivo de romper el cerco informativo de los medios afines al poder. Por otro lado, los medios alternativos cumplen la necesaria función de vigilar la acción de las fuerzas represoras, denunciando los casos de abuso policial, lo que puede disuadirlas, en ocasiones, de ejercer una violencia desproporcionada o violar sistemáticamente los derechos humanos.

7 Ayder Berrío. “La perspectiva de los nuevos movimientos sociales en las obras de Sydney Tarrow, Alain Touraine y Alberto Melucci”, Estudios Políticos, Medellín, N°29, julio-diciembre de 2006, p. 219. En: www.ses.unam.mx/docencia/2016II/Berrio2006_LaPerspectivaDeLosNuevosMovimientosSociales.pdf (Visitado el 7 de julio de 2016).

8 Nos referimos fundamentalmente a las teorías de corte psicologista, que leían las manifestaciones colectivas en términos de la irracionalidad de las masas; y al enfoque de la elección racional, que fundamentaba su explicación casi exclusivamente en los beneficios/costes atribuidos a la participación en organizaciones colectivas, desde la lógica de la racionalidad instrumental.

9 Al respecto, es necesario considerar cuatro enfoques teóricos fundamentales; la teoría del comportamiento colectivo (Smelser, Turner y Killian), la teoría de la movilización de recursos (McCarthy y Zald, McAdam, Sidney Tarrow), la teoría de la oportunidad política o del proceso político (Tilly) y la teoría de los nuevos movimientos sociales (Alain Touraine, Alberto Melucci). Para una completa revisión de la teoría contemporánea sobre los movimientos sociales, véase: Mónica Iglesias Vásquez. Rompiendo el cerco. El movimiento de pobladores contra la dictadura. Ediciones Radio Universidad de Chile, Santiago, 2011, capítulo I; Mario Garcés. El despertar de la sociedad…,cap. II.

10 Daniel Fauré. “Territorialización y autoeducación…, passim.

11 Al respecto, Sydney Tarrow señala que el sistema político influye en el ‘cuando’ de la acción colectiva de los movimientos sociales al momento de movilizarse, por ejemplo, en la elección de la estrategia, la forma organizativa adoptada, la escala de movilización y el impacto de los movimientos en sus contextos sociopolíticos. Ayder Berrío. “La perspectiva…, p. 226.

12 Mario Garcés. El despertar de la sociedad. Los movimientos sociales en América Latina y Chile. LOM, Santiago, 2012, p. 35.

13 Ibíd. Pág. 39.

14 Ayder Berrío. “La perspectiva…, p. 228.

15 Daniel Fauré. “Territorialización y autoeducación…, p. 14.

16 Sergio Grez. “Chile 2012: el movimiento estudiantil en la encrucijada”, Le Monde Diplomatique, Santiago, Enero-Febrero, 2012.

17 Ídem.

18 Mario Garcés. “Presentación”, Cal y canto: revista de movimientos sociales, ECO, noviembre de 2015, p. 2. Negritas nuestras.

19 Daniel Fauré. “Territorialización y autoeducación…, p. 7.

20 Ibíd., pp. 6-7.

21 Mario Garcés. El despertar de la sociedad…, p. 45. Negritas nuestras.

22 Gabriel Salazar. Movimientos sociales en Chile. Trayectoria histórica y proyección política, Uqbar, Santiago, 2012, pp. 413-414.

23 Ibíd., p. 414.

24 Ibíd., pp. 414-415.

25 Ibíd., p. 406.

26 Hugo Villela y Mario Garcés. “Las Trancas” Análisis de tres coyunturas significativas y las cuestiones estratégicas (1983-1989), ECO, Santiago, 2012, p. 62.

27 Este concepto fue acuñado por el sociólogo Hugo Villela, y se refiere a la reorganización de la clase política chilena para retornar al control del Estado con la exclusión de la participación de la sociedad civil, sobre todo del movimiento popular, quedando los movimientos sociales al margen del proceso de democratización. Así, la salida al período dictatorial vio el protagonismo de los partidos de derecha y centro izquierda que monopolizaron la negociación desde arriba y que, manteniendo el diseño político trazado por la dictadura, perpetuó el cercenamiento de los canales de participación política para la sociedad civil. Ibíd., passim.

28 Hugo Villela señala que la constitución política y la economía neoliberal serían los soportes para que esas aspiraciones democráticas fueran convertidas en una ilusión. En este sentido, la “Ilusión Democrática” sería el nombre de la crisis del sistema político que le ha tocado experimentar a la derecha y a la Concertación. Ídem.

29 Tomás Moulian. “Limitaciones de la transición a la democracia en Chile”, Proposiciones, SUR, Santiago, 1994, N°25, p. 31.

30 Mario Garcés. “La política chilena…, p. 6.

31 Daniel Fauré. “Territorialización y autoeducación…, pp. 44-45.

32 Raúl Zibechi. Autonomías y emancipaciones: América Latina en movimiento, U. Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 2007, p. 11.

33 Daniel Fauré. “Territorialización y autoeducación…, p. 43.

34 Ibíd., p. 48.

35 Ibíd., pp. 49 y ss. También: Colectivo Diatriba-OPECH/Centro Alerta. Trazas de Utopía. La experiencia de autogestión de cuatro liceos chilenos durante 2011, Quimantú, Santiago, 2011.

36 Mario Garcés. “El movimiento estudiantil y la crisis de legitimidad de la política chilena”, en Pensar Historia. Revista de estudiantes de historia, Universidad de Antioquía, Medellín, N°2, 2013, p. 93.

37 Ibíd., p. 91.

38 Sergio Grez. “Chile 2012…, p. 7.

39 Para un análisis de largo aliento del desarrollo autoritario y antidemocrático (“anomias anticívicas”) del sistema político chileno y de las respuestas sociopolíticas ciudadanas, véase: Gabriel Salazar. Movimientos sociales en Chile…; Para un sucinto repaso de las coyunturas constituyentes de la historia republicana chilena, véase del mismo autor: En el nombre del poder popular constituyente (Chile, siglo XXI), LOM, Santiago, 2011; también: Sergio Grez y Foro por la Asamblea Constituyente. Asamblea Constituyente. La alternativa democrática para Chile, Editorial América en Movimiento, Santiago, 2015.

40 Mónica Iglesias Vásquez. “Volver a la “comunidad” con Karl Marx. Una revisión crítica de la dicotomía comunidad-sociedad”, en Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, Universidad de Sevilla, año 17, Nº 34, segundo semestre de 2015, p. 130.

41 Raúl Zibechi. “El pensamiento crítico en el laberinto del progresismo”, en OSAL, CLACSO, Buenos Aires, Año XII, N° 30, noviembre de 2011, p. 22.

42 Mario Garcés. El despertar de la sociedad…, p. 145.

43 Mario Garcés. “El movimiento estudiantil y la crisis de legitimidad…, p. 92.

44 Luis Tapia. “Movimientos sociales, movimientos societales y los no lugares de la política”, Cuadernos del pensamiento crítico latinoamericano, CLACSO, N°17, febrero de 2009, p. 2.

45 Mario Garcés. El despertar de la sociedad…, p. 143.

46 Igor Goicovic. “Movimientos sociales en la encrucijada. Entre la integración y la ruptura”, en Última Década, Centro de Investigación y Difusión Poblacional (CIDPA), Santiago, N°5, 1996, p. 11.

47 El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 06/09/1914. Citado en Gabriel Salazar. “Luis Emilio Recabarren y el municipio popular en Chile (1900-1925)”, en Revista de Sociología, U. de Chile, N°9, 1994, p. 71.

48 Ibíd., p. 72.

49 “Hinzpeter transforma marchas estudiantiles en protesta nacional”, The Clinic online, 05/08/2011. En: www.theclinic.cl/2011/08/05/el-4a-chileno-jornada-represiva-termino-con-cacerolazos/. (Visitado el 18 de julio de 2016).

50 Véase el Informe sobre violencia policial en Chile. Periodo agosto a octubre de 2011 publicado por el Grupo de Observadores de DD.HH. Chile, pp. 10-19. El informe consigna un total de 874 detenidos durante el día. En: www.observadoresddhh.org/wp-content/uploads/2012/07/ODH-Informe-periodo-agosto-octubre-2011.pdf (Visitado el 10 de julio de 2016).

51 Camila Vallejo. Conferencia de prensa, 04/08/2011. Registro audiovisual realizado por Radio Uchile TV. En: www.youtube.com/watch?v=WRZpIHai_K4. (Visitado el 16 de julio de 2016).

52 Sebastián Farfán. ídem.

53 “Minuto a minuto: 133 detenidos por disturbios”. El Mercurio online, 4/08/2011. En: www.emol.com/noticias/nacional/2011/08/04/496123/minuto-a-minuto-133-detenidos-por-disturbios-finalizado.html; “Camila Vallejo llama a un “cacerolazo contra la represión”. Diario Uchile, 4/08/2011. En: http://radio.uchile.cl/2011/08/04/camila-vallejos-llama-a-un-%E2%80%9Ccacerolazo-contra-la-represion%E2%80%9D/ (Visitados el 18 de julio de 2016).

54 Para un análisis a este respecto, véase la entrevista a Gabriel Salazar en CNN Chile (4/08/2011). En: www.youtube.com/watch?v=DJRoFmc7qk8; También: Daniel Fauré. “De estudiantes, cacerolazos y memoria histórica”, El Ciudadano, 7/09/2011. En: www.elciudadano.cl/2011/09/07/40537/de-estudiantes-cacerolazos-y-memoria-historica/ (Visitados el 17 de julio de 2016).

55 Gabriel Salazar. Movimientos sociales en Chile…, p. 45.

56 Cfr. Daniel Fauré. Territorialización y autoeducación…, pp. 19-24 y 48-51.

57 Mario Garcés. El despertar de la sociedad…, p. 21.